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“Crucita y yo” es una novela que escribí hace años y en la que se cuenta la vida de dos hermanas, Nastasia y Crucita, que se llevan veinte años; como su madre se ha muerto, Nastasia hace de madre de Crucita. En el trozo que pongo más abajo aparecen algunos personajes, como el Rockero, el Rockero solitario, también conocido como Monticola solitarius, que es el novio de Nastasia y quien, por lo tanto, representa el papel de padre de Crucita, o Quimera, una señora cubana que hace de chacha para todo y cuidó de la niña mientras fue pequeña.

La novela tiene 650 páginas, y, por lo que yo sé, se lee de un tirón, o la gente la lee de un tirón y luego me dice, ¡pero qué burro eres, macho…!, porque a todo el mundo le gusta mucho y se lo pasan en grande con las aventuras de esta elementa, de la que en la contraportada se dice lo siguiente:

Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca…; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas…

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido…

¿Aún me escuchan…? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo

Pero me dejo de rollos y pongo un trozo de este escrito, un monólogo de la niña cuando tenía cuatro años. Ahí va:

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En la época que cuento vivíamos en una casa muy grande. No tanto como la del pueblo, la de los abuelos, pero sí bastante buena. Ocupábamos casi una planta entera de un lujoso edificio, la planta alta, la de arriba del todo. El edificio era tan bueno que tenía hasta jardineras de cemento llenas de flores, y en uno de los lados vivíamos Maná, Quimera y yo, y en el otro Maná tenía instalada su oficina. A mí, al principio, no me dejaban entrar en él, pero luego empecé a ver por la terraza que algunas gentes se aposentaban en ella, al otro lado. Como había un plástico medio transparente en mitad, algo se veía, algo se intuía, y una vez vi a uno de corbata, ¡qué raro es eso!, mucha gente lleva corbata y yo no sé por qué..., pero mis investigaciones no duraron mucho porque un día llegaron unos señores con aparatos y ladrillos y cambiaron el plástico por una pared. Lo hicieron muy rápido, pero Quimera se enfadó porque manchaban. ¿Manchaban? La verdad es que no mancharon casi nada, pero Quimera, así y todo, se enfadó un poco.

–Y ahora, ¿quién limpia esto...? Quita, niña, quita, que te vas poner hecha unos zorros. ¡Ay, Dios mío!

... y otras veces, cuando está algo cansada porque revuelvo mucho, ¡claro, qué voy a hacer!, es ley de vida, lo que dice es,

–Niña, mi amor, vete a ver la televisión –pero esto sólo me lo dice Quimera, porque Maná no quiere que contemple la pantalla de los mil colores.

Cuando era pequeña lo que hizo fue abrir el aparato por detrás con un destornillador –nunca hagas eso, te puedes quedar pegada para siempre, me lo dijo una vez el Rockero, pero ella lo hizo– y quitó una de las piezas. Desde entonces allí sólo se veían rayas y los mil colores se convirtieron en unos diez o doce. A veces la encendía, pero me aburría en seguida. Yo le decía,

–Maná, lleva a arreglar la televisión.

–Pero si no tiene arreglo, mujer.

–¿Cómo no va a tener arreglo? Seguro que todas las cosas tienen arreglo.

–Pues esta no.

... y Monticola el Rockero, una tarde que estuvo en casa haciendo cigarros de los suyos, me dijo lo mismo.

–Me parece que ese asunto, en efecto, no tiene solución.

El Rockero, y esto lo sé desde pequeña, se expresa como un libro abierto.

–¿En efe qué...?

–En efecto, niña, en efecto. ¿Tú no sabes lo que es en efecto?

–No.

–Bueno, pues siéntate ahí y acábate el batido.

–¿El batido...? ¡Oye, si no es un batido, que es un plátano...!

–Bueno, pues da igual. Acábate el plátano.

A mí siempre me ha parecido que los telediarios son el mayor acto de propaganda de los ricos. Allí salen unos señores repeinados representando el guión de los ricos. Los señores que salen son los locutores y los políticos, que también son locutores, locutores del punto de vista de los ricos, no hay más que oírlos. Yo empecé a darme cuenta de esto cuando era pequeña, muy pequeña, en cuanto oí diez o doce de aquellos telediarios.

–Maná.

–Qué.

–¿No te aburres?

–No, mujer. ¿Por qué?

–Pues por eso que dicen...

–Bueno, es que esto son cosas de mayores..., y baja los zapatos del sofá, niña.

Pero lo que digo no se para en los telediarios, el periódico parlante de los ricos, qué va. Ahora resulta que al recreo lo llaman no sé cómo, de una forma rarísima. Yo sólo tengo cuatro años, pero ya me parece que aquí alguien se ha vuelto loco, y si esto es así, cuando sea mayor, ¿qué pensaré? Yo quería tener un recreo como el de los niños de siempre, y un día se lo dije a Maná.

–Oye, Maná, que yo quiero tener un recreo como el de los niños de siempre. En ese colegio es un rollo...

–¿Por qué?

–Es que lo llaman no sé qué...

–¿Cómo lo llaman, mujer?

–Pues no sé... Mira, pero lo tengo aquí apuntado, en este papel –y le enseñé uno que nos habían dado en el colegio para que, a guisa de información, se lo diéramos a nuestros padres, y allí lo ponía.

–¿Qué pone aquí?

–¿Dónde?

–En lo grande.

–Pues pone, SEGMENTO DE OCIO.

–¿Ves? Eso decía yo... Oye, Maná...

–Qué.

–Que qué significa eso.

–¿Cuál?

–Pues lo de segmento no sé qué... –y Maná, porque yo creo que la estaba mareando, me dijo,

–Bueno, pues si quieres, no vayas más al colegio, ya buscaremos otro. Total, allí no os enseñan más que tonterías... –pero yo protesté.

–No, Maná, porque si no voy, ¿cómo aprenderé lo que significan las letras? –y ella me dijo,

–Pero tú, ¿para qué quieres saber lo que significan las letras? –y yo, la verdad, me quedé un poco atascada, pero al final dije,

–Pues... pa leer eso..., lo de eso... Es que no me acuerdo ya.

... de forma que fue Maná, bueno, y Quimera y Rosa y tantas otras personas, hasta el Rockero, quienes pasaron por allí y me explicaron lo que significan esos signos negros sobre fondo blanco. Lo que me dijo Rosa fue,

–Yo no me llamo Rosa. Me llamo Rosa Rose. ¿Lo entiendes? –y yo..., por supuesto que lo entendía.

También me dijo,

–La erre con la o... –y yo, contentísima, gritaba,

–¡Rrróooo! –y ellos se reían, claro, porque a todos nos gustan los niños que hacen monadas.

Luego decía,

–Y la ese con la a... –y yo me aceleraba.

–¡Sáaa...! –y todos gritaban.

–¡Eso, hija, eso! ¡Rrrró...!, ¡sáaaa...!

Menudas juergas nos trajimos con lo de las letras durante una temporada, el Rockero de los que más.

–O sea que quieres aprender a leer.

–Sí.

–Pues ya puedes empezar a comprarte libros.

–Me los compra Maná.

–¿Te los compra Maná?

–Sí, los que yo le digo.

–Ya, pero eso son libros de dibujos y tú necesitas libros de letras. ¿No te has fijado en que las letras son dibujos?

... y me hizo mirarlas con una lupa y la verdad es que sí, las letras son dibujos, son rayas y puntos. Las letras son sólo dibujos trazados por manos humanas y los perros no saben escribir... ¡Huy, qué risa!, no, ¡cómo van a saber...! Los perros no saben escribir ni creo que aprendan en la vida. ¿Y las gallinas...? Bueno, las gallinas a lo mejor sí pueden aprender.

–¿Tú podrías enseñar a leer a una gallina?

–Pues no sé, pero una vez vi en el circo a un caimán que cantaba canciones mexicanas.

–¿Síi...?

–Sí. Y a un mono que adivinaba el futuro.

–¿Síiiii...? ¿Tú vas al circo?

–Claro. ¿Tú no?

–No, yo no he ido nunca.

–¿Quieres que te lleve un día?

–Bueno, pero contigo, ¿eh? Tú también vas...

–Sí, mujer, claro. ¿Qué te creías, que me iba a quedar en la puerta? Vamos los dos como unos señores.

–Eso. Y llevamos a Maná, ¿eh?

–Hombre, por supuesto; y a Quimera, si quieres, también –y yo lo pensé un poco pero no me pareció lo más acertado.

–No, a Quimera mejor no.

–¿Por qué, mujer? Si seguro que le gustaba... –y yo lo pensé de nuevo.

–¿Está sucio el circo?

–¿El circo...? Qué va, está limpísimo.

... pero si Crucita la parlanchina, que soy yo, comenzó hace poco su andadura, resulta que su hermana Anastasia no le va a la zaga. Ella nació hace cierto tiempo y ya ha corrido mucho por la superficie terrestre, pero tampoco se para en barras. Véanlo ustedes.

 

*        *         *

 

Un día tía Conchita me llamó y me dijo... Bueno, no, mejor lo voy a contar de esta otra forma: resulta que en el país de los ciegos el tuerto es el rey... Bueno, no, tampoco.

 

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(... y de tal forma continúa la historia durante muchas, muchísimas páginas y movidas de todo tipo...). FIN por hoy.

 

 

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Sábado, 17 de Octubre de 2009 12:22 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

CURIOSIDADES DE LA VIDA

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CURIOSIDADES DE LA VIDA: una verdad contrastada con números

(Esto no es un trozo de una de mis novelas, pero da igual, sirve lo mismo).

Si en enero de 2005 hubieses invertido 1.000 euros en acciones de Nortel Networks, una empresa de las que llaman "gigantes del sector de las telecomunicaciones", hoy tendrías 59 euros.

Si hubieses preferido invertir esos 1.000 euros en acciones de Lucent Technologies, otro "gigante del sector de las telecomunicaciones", hoy tendrías 79 euros.

Ahora bien: si en enero de 2005 te hubieses gastado 1.000 euros en SIDRA (en la bebida, no en acciones), te la hubieses bebido toda y hubieras revendido solamente las botellas vacías, hoy tendrías 90 euros.

Conclusión: en eso que llaman actual escenario económico, pierdes menos dinero esperando sentado y bebiendo sidra todo el día.

(Extraído de un correo de un amigo, y lo traigo a este lugar porque es la pura verdad. Como se puede deducir de lo anterior, lo que dicen los banqueros, los políticos, etc., o sea, los que hacen como que nos gobiernan, acerca de las virtudes del trabajo, el crecimiento, el estado del bienestar y otras zarandajas con que intentan enredarnos, es mentira. Los números demuestran que es mejor no hacer nada, o, en todo caso, nada de lo que ellos aconsejan).

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Lunes, 07 de Septiembre de 2009 13:38 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Nastasia va con su madre a la playa (1979)

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Este es un trozo de la novela denominada "La efímera vida de Nastasia", que está algo después de la mitad del libro, más o menos. Como se supone que sucede en agosto, me parece buena ocasión para ponerlo.

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Aquel año aprobé todo, aprobé la reválida, hasta con buenas notas, y mi madre me dijo,

–¿Te acuerdas de lo que te prometí? ¿Quieres que nos vayamos tú y yo a ver el mar? –y el corazón me dio un vuelco.

–¿De verdad?

–Pues claro. No podremos ir mucho, pero unos días sí.

Mi madre me miró divertida y añadió,

–Pero no se lo digas a tu padre. Le decimos que nos vamos al pueblo y ya veremos lo que hacemos, ¿vale? –y así fue la cosa.

Primero estuvimos con los abuelos unos cuantos días, y luego, en autobús y en tren, nos fuimos a un pueblo que se llamaba La Antilla. No eran Las Antillas, ¡qué más hubiera querido yo!, que estaba deseosa de emigrar a cualquier sitio que me hubieran propuesto –aunque con mi madre al lado, claro está, de la que no me hubiera separado por nada del mundo–, pero aquel lugar al borde del Atlántico, con su mar azul, su enorme playa de blanca arena –aquella sí, y no la que había visto en mi viaje en vespa–, sus embarcaderos de madera, sus barquitos que iban a pescar todas las tardes y su perenne buen tiempo, me pareció el colmo de las maravillas, y los primeros días los pasé en la playa sin querer moverme de ella.

–Pero, mujer, que tenemos que comer...

... y yo, sin levantarme de la arena, decía,

–Ya, pero es que no tengo gana... ¿No quieres ir tú sola? –y ella se iba y volvía al cabo de un rato con bocadillos y cocacolas.

–¡Jo, mamá, qué buena eres! –y mi madre se reía.

–Pero, niña, ¿eres tonta...? ¡Come, venga, que estás en los huesos!

... y allí comíamos las dos tan contentas, y luego nos pasábamos toda la tarde bañándonos, dándonos crema y aprovechando los rayos de sol hasta el final, y si yo no quería salir de la playa era porque mi madre, al llegar, me compró un bikini, mi primer bikini, y estaba aprovechando para ponerme morena en condiciones, por la tripa y por todas partes, cosa que nunca había hecho.

Nosotras llegamos para pasar diez días, pero algo debió de suceder que yo no sabía, porque al cabo de una semana, un mediodía, ella me dijo,

–Ven conmigo, vamos a ver a un antiguo conocido tuyo –y fuimos a uno de aquellos bares que había en la playa en donde nos encontramos a Juanito, sí, el macizo de Europa, que me dijo,

–Pero, chavala, ¡cómo has crecido...! –porque hacía bastante que no nos veíamos y yo estaba muy grande, casi tanto como de mayor.

Él nos invitó a comer allí mismo, y durante la comida estuvieron hablando de negocios. Lo que Juanito quería era que mi madre se quedara a trabajar allí todo el verano.

–¿Todo el verano? No sé si podré... –y él pareció quedarse muy desilusionado.

–¿No? ¡Pues no sabes la faena que me haces! Bueno, si no puede ser, ya buscaré a alguien... –pero yo, que ya me veía pasando las vacaciones en aquel lugar paradisíaco, intenté animarla.

–Mamá, ¿por qué no te puedes quedar? Así nos quedamos las dos...

–Sí, pero es que no sé qué va a decir tu padre... Esto no estaba previsto... –y al final todo se arregló, o medio arregló, porque mi madre era de lo más hábil y persuasiva.

Estuvo hablando por teléfono con él varias veces y le convenció. Supongo que le diría que allí se ganaba bastante dinero, que para mi padre era un argumento definitivo, pero el caso fue que nos quedamos todo el verano, y yo, algunos días, estuve haciendo de camarera, sirviendo platos de mesa en mesa como uno más, sobre todo los fines de semana, que era cuando iba más gente. Los domingos iba tanta gente que se acababa todo lo que había en el bar, y los que trabajábamos, mi madre, la cocinera, los de la barra y los demás, acabábamos derrengados y a las nueve de la noche echábamos el cierre, poníamos un cartel en la puerta y nos íbamos.

Mi padre, no obstante, llamó varias veces para que volviéramos, y por lo visto llamaba cabreado, claro, pero mi madre le toreó durante una temporada.

–Le he dicho que hay muchísimo trabajo y que ahora no puedo ir, ¡estamos en plena temporada!, y que tú, pudiendo estar aquí, allí no pintas nada. Porque tú no querrás ir, ¿verdad? –y yo, sorprendida, exclamé,

–¿Yo...? ¡Ni hablar!

Luego dijo,

–Ya verás como aparece por aquí. Seguro que viene el fin de semana –y así fue.

Mi padre vino a ver qué sucedía y si era cierto lo que mi madre le había contado, porque se presentó un viernes por la tarde de sopetón y sin avisar, como si nos fuera a coger en alguna mentira. Seguro que él pensaba eso, pero mi madre, cuando llegó, estaba en el bar dando órdenes a diestro y siniestro y organizando todo para el fin de semana, y yo en la playa, aprovechando hasta el último momento, y se tuvo que callar. Vamos, callar tampoco. A mí me dijo,

–Estás demasiado morena. ¿Tú has visto esto...? Esta niña está negra como un tizón. ¿Tú no sabes que eso no es bueno?

... como si le importara algo lo que me sucediera a mí, y a mi madre la intentó convencer para que dejara todo y se volviera a casa, pero ella, muerta de risa y sin hacerle ningún caso –porque mi madre no se enfadaba nunca, ni aun con mi padre, que era muy pesado–, le dijo,

–Bueno, bueno, tranquilo. Ya ves que esto se acaba en septiembre y hasta entonces no puedo volver. ¿No dices que no trabajo nada y que todo lo que hago son tonterías? Pues mira, ahora estoy ganando tanto y cuanto –y como lo que dijo era bastante más de lo que él ganaba, se tuvo que callar.

Le sentó como un tiro y se puso a rutar, según costumbre, pero se calló, y aquella noche me mandaron a dormir a otro lado. Como en donde nos quedábamos no había sitio para los tres, le tuve que dejar la cama a mi padre e irme a casa de una señora. Era la que nos vendía las verduras para el bar, que vivía sola y me dio cobijo aquellas dos noches.

–Si no son más que dos noches, no hay inconveniente. Ya sabe usted que yo no hago estas cosas, pero una emergencia es una emergencia. Además..., ¡si el que viene es su marido...!

... y por la noche la señora me dijo,

–¿No quieres salir? Vete a dar una vuelta, mujer, que este es un sitio muy tranquilo –y yo, que no las tenía todas conmigo, salí después de cenar.

Anduve sola un rato por allí, me comí un helado y volví adonde iba a dormir, y la señora, que me estaba esperando, se interesó mucho por mi paseo nocturno. Me preguntó,

–¿Te ha gustado? Este pueblo es muy bonito, ¿verdad? Además, ahora hay mucha gente y está muy animado.

Eso fue el viernes, y el sábado repetí. Como había estado todo el día trabajando como una negra –observada por mi padre desde la barra, de la que no se separó ni un momento, porque la playa ni la pisó–, estaba muy cansada, pero por la noche volví a salir. Di otro paseo por el mismo sitio que la noche anterior y observé que la gente me miraba. Algunos hasta me dijeron cosas, pero no les hice caso porque no me gustaron, y en seguida volví a casa porque al día siguiente tenía que trabajar otra vez y aquello era bastante cansado, y al final mi padre se fue sin despedirse, clara señal de que se había ido cabreado; cogió el coche y desapareció. El domingo por la tarde, que estábamos las dos trabajando en el bar, mi madre, desde su mesa de control, me preguntó,

–¿No ha venido tu padre a despedirse? –y como yo, que pasaba por allí con una pila de platos sucios, negara con la cabeza, añadió–. Pues se ha debido de ir porque mañana por la mañana tenía que trabajar. ¡Paciencia, mujer! –y mi madre, en el fondo, lo decía un si es no es risueña; en realidad no se reía, pero sólo le faltaba hacerlo.

Así estuvimos todo lo que quedaba de verano, hasta septiembre. Cuando el bar se cerró nos fuimos unos días al pueblo, con los abuelos, y a mediados de aquel mes volvimos, las dos con gran pesar en el corazón, a nuestra casa de la gran ciudad, en donde Kraka nos esperaba como agua de mayo y con todo hecho un asco. No había barrido ni una sola vez, y por el baño y la cocina parecía que había pasado un ciclón. Ninguno de los objetos que contenían estaba en su sitio, pues la mayoría se aposentaban en las mesas, las sillas, el suelo y, sobre todo, el fregadero, que rebosaba, y no sólo de platos y toda clase de cacharros sucios, no, sino también de amplios cultivos de las más selectas variedades de hongos.

 

 

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Sábado, 15 de Agosto de 2009 17:29 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Referencia externa a Camargo Rain

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Hoy pongo la dirección de un señor que se refiere a uno de mis libros. Me hace gracia el texto que ha elegido, que está en "Las estaciones", una de mis novelas, y aún más gracia que me haya puesto el primero de la lista, lo que quizá indique que es lo que más le ha gustado, aunque suene un tanto inmodesto. Bueno, pues desde aquí se lo agradezco.

Este señor (Ángel Romero) está en Canarias, creo que en Tenerife, en donde mantiene algo relacionado con la informática, y las direcciones que se refieren a un servidor son

 

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/index.html

 

y

 

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/camargo-rain/index.html

 

 

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Sábado, 01 de Agosto de 2009 18:17 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Cuento del gabardinoso y su perseguidor

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Puesto que este es un blog literario, es decir, dedicado a contar cuentos chinos, y puesto que el cuento que quería contaros hoy es bastante largo y ya lo tengo alojado en otro lugar, en vez del cuento os pongo la dirección, a la que no tenéis más que ir para leer el famosísimo

 

cuento del gabardinoso y su perseguidor

 

¡Ay, pobre gabardinoso!, que la vida le llevó por estrafalarios caminos, y pobre también el capitán del equipo de hockey de veteranos de la Real Sociedad de Tenis en su justiciera y dificultosa aventura..., aunque ahora que lo pienso, no sé por qué digo «pobre gabardinoso», ya que al final, y contra lo que pudiera esperarse, todo se resolvió a su entera satisfacción...

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Sábado, 13 de Junio de 2009 18:00 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Enlaces a mis películas

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Para los que queráis saber algo más acerca de estos libros que escribo, de los que en este blog he puesto algunos trozos, pongo ahora los enlaces a dos peliculitas (en plan vídeo clip) que he hecho y tratan de ellos. Son:

 

peli sobre Europa barroca

peli sobre los libros de Juan Evangelista

 

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Sábado, 16 de Mayo de 2009 17:39 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Desenterrando el tesoro

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Nueva página de la muy extraordinaria tetralogía de Juan Evangelista, personaje que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y vivió alguno más de trescientos años (o sea, que se ha muerto antes de ayer, como quien dice). Y, claro, como vivió tanto tiempo le dio tiempo a recorrer el planeta Tierra en casi toda su extensión y estar presentes en una cantidad de movidas que no se imagina sino el que lea estos libros, libros de aventuras sin fin, por supuesto, y de los que se pueden tener cabal y cumplida noticia yendo a la siguiente dirección, en donde se intenta explicar lo inexplicable:

 

Tetralogía de Juan Evangelista

 

El fragmento que hoy traigo a esta página pertenece al tercero de los libros, el denominado "Era de las máquinas", que se desarrolla durante el siglo XIX.

 

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Mi único acompañante de los meses que cuento fue un viejo asno que hizo la mayor parte del trabajo, pues era él quien a duras penas arrastraba el mugriento carro en que me desplazaba y en cuyo interior se agolpaban baratijas sin fin que, para mayor disimulo, yo vendía en las alhóndigas y plazas de los lugares que atravesaba durante los largos días de camino. La caridad de las gentes del campo me dio cuartel en aquellas tierras extrañas que mediaban entre la ciudad de París y la renombrada región de Champagne, puesto que durante los viajes me permitían guarecerme de las inclemencias y dormir en cuadras y portalones. Con el correr de las mañanas y de pueblo en pueblo me dejaba caer por los lugares de reunión, y luego, una vez finalizado el mercado y cuando los labriegos recogían sus pertenencias, acudía a las tabernas y daba en ellas nuevas muestras de mis habilidades, mientras los parroquianos, ignorantes de lo que acontecía, me arrojaban monedas de cobre que yo recogía dando muestras de agradecimiento... Al fin, llegado con los días a mi meta, los bosques que rodeaban la casa de Champagne, simulando seguir el camino me internaba en lo más profundo de los bosques, y tras una noche de trabajo apartando piedras y volviéndolas a colocar, habiendo provisto mi oculta bolsa daba media vuelta y emprendía el camino de regreso.

El nombre de guerra que adopté para tal lance fue el de Pascual Bailón, como en anterior asiento me conocieron los monjes en el convento de Úbeda, y ocasiones sobradas tuve para demostrarlo, pues uno de mis fuertes eran los embustes, las leyendas medievales y los cuentos chinos, los pretendidos malabarismos, los trampantojos y los groseros juegos de magia que había almacenado en el magín durante más de cien años. Cuando en ello era rechazado y grupos de desenvueltos mozos pretendían tomarme a chacota o apedrearme, que de todo hubo, me convertía en santón, en humilde anacoreta, en dulce e inofensivo eremita venido de la lejana Bohemia, que bien a las claras lo mostraba en la luenga barba que me dejaba crecer y en mi desmesurado hábito, y no se extrañen por ello, pues hubiera llevado hasta el gorro frigio si necesario hubiera sido, pero entonces ya no era moda entre los paisanos y me contenté con lucir ostentosamente la tricolor, que era algo que respetaban todas las facciones. Mis discursos, por otra parte..., había que escucharlos. Acompañado de una campanilla, la flauta en la diestra, la mirada punzante, el atabal cruzado en la espalda..., clamaba cuando me convenía y con chillona voz acerca de la hora Prima, de la hora Sexta, de los sagrados árboles de la libertad de época anterior, del sistema métrico decimal –entonces en ciernes, pero del que tenía ciertas nociones por mis abundantes lecturas–, y hasta de los cuatro jinetes del Apocalipsis, por lo que con el tiempo llegaron a conocerme en la mayor parte de los establecimientos del camino y mi presencia celebrada en plazas y mercados cuando en ellas hacía aparición.

Realicé de esta guisa dos o tres viajes haciendo acopio de lo que allí me llevaba, el oro escondido, excursiones nocturnas entre bosques que nunca me depararon ninguna sorpresa, pero durante la que juzgaba que iba a ser la última tuve un inopinado encuentro que no acabó mal por pura casualidad.

Un atardecer, al llegar al lugar en que estaban enterradas las monedas, descubrí con sorpresa en el barro huellas recientes de lo que me pareció un perro, y no me confundí, pues aquella misma noche, cuando tras varias horas de trabajo me disponía a cerrar el túmulo, oí detrás de mí un sonido inconfundible. ¡Era el familiar gruñido de Sansón!, que, quién sabe cómo, había dado conmigo.

Me volví como un rayo y vi que sus llameantes ojos me observaban desde la linde de los árboles; la lengua le colgaba de la boca agitada. Le silbé amigablemente, pero el perro gruñó de nuevo y levantó tierra con las patas como si se dispusiera a atacarme. Yo, con movimientos lentos y sin perderle de vista, tomé del suelo la espuerta de grueso cuero que utilizaba para cargar las monedas y me la enrollé en el brazo como pude. Luego tenté el arma que llevaba en la cintura...

El perro dudaba sobre qué hacer, pues seguramente no confiaba en sus fuerzas, de forma que le azucé simulando emprender la huida, y en cuanto le di la espalda noté que corría en mi dirección. Me volví, y cuando tras un par de brincos saltó sobre mí rugiendo sordamente, dejé que clavara los dientes en el brazo en el que me había enrollado el cuero, y cuando él creía que me tenía preso y comenzaba a revolverse, enarbolando un afilado cuchillo de cocina que solía portar por lo que pudiera suceder..., con la mano que me quedaba libre se lo clavé en el vientre. El mordisco se aflojó al instante, y el perro, herido hasta lo más profundo, exhaló un hondo gruñido y rodó entre las hierbas agitando las patas al aire; al fin, tras un último y sonoro estertor, se derrumbó inmóvil, aparentemente muerto.

A continuación me vi en la necesidad de esconderle, pues su cadáver resultaba muy acusador en aquel lugar, de forma que lo arrastré lejos, y como el cuerpo era pesado y yo no podía perder el tiempo porque pronto iba a amanecer, con una gran piedra atada precariamente al cuello acabé tirándolo al río en un lugar que me pareció adecuado, una poza que parecía ser de cierta profundidad y se enseñaba aguas arriba, en la que confiaba que los peces llevaran pronto a cabo su cometido.

¡Pobre Sansón, y en qué mala hora apareció en donde no debía!, pero él era ya un perro viejo y artrítico y poco pudo hacer ante mi cruel engaño, que sin duda no esperaba. Yo no hubiera querido hacerle mal, pero no me quedó más remedio que llevar a cabo lo que relaté, pues sus ladridos y correrías por el lugar podían haber puesto a sus amos sobre la pista de lo sucedido.

La mañana me cogió en el camino, saliendo de los últimos bosques, y en la entrada del pueblo detuve mi alocada huida y simulé estar durmiendo debajo del carro. Los niños que me descubrieron me despertaron con gritos alusivos a mi nueva circunstancia, ¡Pascual Bailón!, ¡ha venido San Pascual Bailón!, y aquel día no lo dediqué a recorrer el mercado y las tabernas, como había hecho en viajes anteriores, sino a huir avizorando con los dos ojos las personas que encontraba a mi paso, pues quién podía saber si alguien me iba a reconocer...

Nada de ello sucedió, y con mi preciada carga escondida bajo las desbaratadas tablas del carro procuré alejarme cuanto antes de aquella región, a la que esperaba no tener que volver jamás. Al fin, al caer la noche, cuando me vi lejos, entre las personas absolutamente desconocidas de la posada en que me alojaron, con un vaso de vino en las manos respiré con un alivio como pocas veces recordaba haber sentido.

¡Ay, los franceses! ¡Si ellos supieran a quién habían socorrido y lo que ante sus narices había tenido lugar!, porque, como he contado, durante casi un año mi presencia fue harto conocida y celebrada en la región de que procedía Isabelle, ¡aquí llega Pascual Bailón!, bohemio arrojado de su país por el opresor absolutismo que lo gobierna y camina junto al destartalado carro en el que porta sus pretendidas riquezas de papel rizado, hilos de colores y cacharrería diversa, hacedor de largas y frecuentes caminatas a lomos de su borrico, entendido en juegos malabares y virtuoso en las difíciles artes de los sacamuelas y tañedores de caramillo...

Aquella bien pudo haber sido una exacta definición de mi persona entre los paisanos de la Champagne, y muchos así lo creyeron, pues las apariencias resultan a veces incuestionables y pocos poseen el discernimiento para desenmascararlas..., pero había que ver también a Juan Evangelista en París, ocupante de una de las mejores y más soleadas boardillas que al Sena se asomaban, lobo solitario que en los atardeceres entra pulcramente vestido en los cafés, aquellos cafés que antaño –aunque tampoco muchos años atrás– fueron nido de revolucionarios jacobinos y hoy apacibles salones en donde se discute sin alzar la voz sobre la conveniencia del Directorio o del Imperio... Sí, Juan Evangelista, perulero renombrado, quizás agente enmascarado de alguna sociedad del casi extinto imperio español o foráneo que trabaja para los odiados ingleses, pues tales son sus opiniones; rico atildado, desde luego, y amigo de sus amigos, como siempre lo fue, aunque pertenezcan al país de los franceses... Juan Evangelista, además, que se disfraza para entrar en las instituciones crediticias, pues sus artes de disimulo no se restringen a las correrías campestres sino que se extienden a las respetables casas de cambios que a pocos aceptan, tocado de levitón, sombrero y bigote postizo, él, que nunca fue amigo de faramallas pero ahora convertido a los nuevos usos por mor del correr de los tiempos y las circunstancias, de las que tantas y tan diferentes pudo ver...

 

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Yo me llamo Cacho Madera

 

 

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Miércoles, 15 de Abril de 2009 10:32 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

La moderna picaresca

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Algunos ejemplos de la moderna picaresca que acompaña a los concursos convocados por organismos públicos y no tan públicos.

 

Ejemplo 1- el de una conocida editorial.

Cuando yo comenzaba a escribir tuve noticias de uno de esos concursos que hay en el mundo editorial, y como entonces era totalmente novato y había escrito una novela de la que pensaba que era el no va más, me apresuré a hacer cuatro copias (cuatro pedían, nada menos) y enviarlas a la dirección que allí se decía. Sin embargo, al empaquetarlas, me llegó un soplo venido de lo alto que me dijo: intercala un pelo entre las páginas y observemos qué sucede.

No sé cómo se me ocurrió aquello, puesto que entonces era por completo ignorante de los turbios manejos de determinadas instituciones (quizá había oído campanas...), pero el caso fue que así lo hice. Me arranqué unos cuantos cabellos de mi enmarañada cabellera y los coloqué cuidadosamente cogiendo bastantes páginas por la parte de abajo y bien pegados con Pritt, pegamento, como se sabe, muy endeble y sólo a propósito para papel.

Pues bien, cuando al cabo de varios meses reclamé mis libros, y bien que me costó que me los devolvieran, observé que los pelos seguían religiosamente en su sitio; es decir, que nadie los había abierto, ni siquiera hojeado, pues los citados apéndices capilares hubieran volado.

 

Ejemplo 2- Concurso de fotos convocado por la consejería de Cultura de cierta comunidad autónoma.

Ídem del lienzo me sucedió en un concurso de fotos. Las envié dentro de un gran sobre de Ilford, y bien pegado (el sobre) con cinta de embalar, y para que no hubiera duda, en ella escribí con un grueso rotulador mi nombre. Cuando me las devolvieron comprobé que la cinta de embalar seguía intacta y en su sitio, y nadie había abierto el sobre.

 

Ejemplo 3- Concurso de fotos en un ayuntamiento.

Dado lo antedicho, habrá quien piense que nadie me ha dado nunca un premio... Pues nada más lejos de la realidad, puesto que he ganado alguno de estos concursos, todos de la misma manera, y como para muestra basta un botón contaré lo que me sucedió en cierto ayuntamiento que había convocado un premio menor dentro del ramo de la fotografía.

Cierto día me telefoneó un conocido, concejal del antedicho organismo, y me dijo, oye, no tendrás por ahí alguna foto..., porque vamos a dar un premio y había pensado que... Tú pon tu nombre por ahí que ya me ocuparé yo de todo, y del premio no te preocupes; no es mucho, pero para una buena cena ya nos dará.

Y, en efecto, sucedió como el edil me había dicho. Al poco tiempo me enviaron una historiada carta con muchos membretes y matasellos, en la que se me anunciaba que yo había sido el afortunado ganador de tal y cual (y esto y lo otro), y que podía pasar a recoger el premio etc., etc., etc.

La cena tuvo lugar al poco tiempo, y el concejal, por decirlo ya todo, no se cortó ni un pelo: pidió angulas, aunque se las darían congeladas, puesto que era en junio.

 

MORALEJA: en este mundo del que hablamos, el que no tiene padrinos, no se bautiza.

 

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Miércoles, 01 de Abril de 2009 11:55 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

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Este es un trozo del legendario "Viaje al verano", narración que tiene la escalofriante cifra de veinte o treinta años a sus espaldas.


 

 

 

Al principio había una especie de tapias, unas ruinas y tres o cuatro gallineros, sólo que sin gallinas. Luego unas construcciones más serias, y delante de una de ellas un objeto que podría ser un farol encendido iluminando un letrero. Aunque no se lo crea, ponía, "bar", pero así, con las tres letras, y nosotros, claro, entramos, saludamos, que había dos o tres clientes, y pedimos unas cañas. "Botellas tienen que ser...", nos dijo el de detrás de la barra haciéndose el despistado, como si no supiéramos que era uno de los bandidos, pero nosotros, que tampoco íbamos a levantar la liebre, le contestamos del mejor humor, "pues venga, botellas", que hay que ver cómo te ponen los tripis.

"Qué..., acampando, ¿eh?", nos soltó el de la barra sin mirarnos ni darle importancia (debía de ir mucho turismo por allí), pero nosotros hicimos como que no nos enterábamos del rollo, como si no supiéramos que... "Y..., sí...", le dijimos al mismo tiempo que libábamos cerveza de pirata y pedíamos unos puros y unos chicles, que era lo único que estaba claramente a la venta. Encendimos los puros mientras mascábamos furiosamente los chicles ante las miradas atónitas (o sea, me figuro) de quienes estaban allí, que nunca debían de haber visto a alguien viajando, todo muy deprisa y sin dejar de movernos, que es que resultaba imposible. Dimos un par de vueltas a la habitación mirando los carteles, que eran como sobras de la civilización anterior, algo ecléctico y con todos los colores corridos, y en el entretanto otro perro entró, se acercó, nos olió y marchó a continuar la ronda, y tal y como sucede a veces salió a relucir el tema meteorológico, es decir, nos enteramos de que hacía trescientos diecinueve días que no llovía, y no menos de siete años que no repicaba la campana de la cisterna grande (se debían de referir a la mayor), que era lo que sucedía cuando se llenaba.

Casi siete años de sequía llevábamos nosotros también, y así se lo hicimos saber al tabernero, quien en un fugaz y acertadísimo momento de lucidez nos cogió la onda, o sea, la segunda intención, y fue y nos puso otras cervezas, que el otro no sé pero yo estaba seco, no sé si sería aquella cosa de la actividad activa u otra. Pero el tema, el meteorológico, era acertado, porque yo creo que se trataba de romper el hielo e hilar una cierta cháchara, que debían de tener ganas de palique el tabernero y los dos de allá atrás en la sombra, monjes perfectamente caracterizados. A saber, porque el disfraz de monje ha sido harto utilizado durante la historia por toda clase de bandidos, malhechores y otras gentes de similar o parecida catadura moral para llevar a cabo sus fechorías, digamos, y digamos bien, y además, si querían hablar, que hablasen.

Una voz rugió desde el fondo, "... un vino!!!", y el de las gafas de sol contestó con un eructo majestuoso y el aire se heló durante una fracción de segundo..., (debían de ser muy finos allí dentro), pero nosotros no hicimos ningún caso. Yo di medio paso de baile (que es cuando te das media vuelta y te pones a mirar hacia el otro lado), el de las gafas redobló con ambas manos sobre la barra y masculló, "hum..." –lo cuento para que se vea de qué iba la cosa–, y el tabernero fue hasta atrás y sirvió unos vinos a los monjes. O sea, nada, una escena de bar normal le hubiera parecido a cualquiera, cuando la realidad... Total, que para no quedarnos atrás o ser menos ilegales que los bandidos, va el de las gafas de sol hasta en la cama y anuncia –que me lo debió de decir a mí, pero resonó allí dentro como un trueno–, "vamos a tirar un cohete", una idea originalísima.

Bueno, muy fácil solía ser de todas formas. Se cogía un cigarro, a ser posible rubio, y se vaciaba sobre una mano, el mostrador, una mesa o lo que fuera; dentro del bar si el dueño estaba de acuerdo, y fuera en caso contrario. Luego se sacaba una especie de cosa que algunos llaman piedra, otros china y aun otros tanganazo (aunque esta última acepción se suele aplicar bastante indiscriminadamente), y se le daba candela por uno de sus extremos, bordes o zonas fronterizas con el fluido aéreo, a ver si me explico; o sea, por el lado de fuera. Total, que cuando lo tienes medio en pista y humeante, coges y, chaca chaca, deshaces una cantidad variable de material, cantidad la cuál lo mejor es que sea inversamente proporcional a la calidad del producto objeto de la presente y pormenorizada descripción. El pellizco, que tal suele ser, se mezcla más o menos cuidadosamente con el tabaco, que esto depende de las aptitudes de cada uno, y ya tenemos hecha lo que en jerga claramente grifota se conoce como "mezcla". Entonces llega la segunda parte de la operación, que consiste en buscar (y encontrar, claro es) uno de esos papeles blancos, finos y pequeños, que suelen venir en librillos de cien (¿o de cincuenta?) y a los que el pueblo llano conoce como "papel de fumar", una pasada, una vez encontrado el cuál, que se puede decir que es para el farias...

(en los bares de carretera, claro, no allí, porque los bandidos no son tontos y los monjes menos, y menos aún vista la cara que ponían aquellos)

... se procede a realizar la última parte de la operación: se acomoda la mezcla dentro del papelillo; éste se enrolla con un movimiento bastante curioso y que podría describirse como doble torsión de los dedos pulgar y anular con movimiento de tonel, y luego, ras, ras, sendas chupadas en la mismísima juntura y aparece el cohete como por arte de magia en las manos de quien todo esto hizo posible, en aquel caso el de las gafas, el cuál, para acabar la descripción sin dejar detalle, está moralmente obligado a pasárselo al de al lado, nada de prenderlo él, da mala suerte; o es que la trae, no sé, no me acuerdo. Y en ello estábamos, yo controlando a ver cómo se colocaba la gente, o sea, el de las gafas en relación con los demás, y poniéndome en el sitio bueno –dado que el cohete se lanza hacia la derecha–, y todo estaba discurriendo según lo previsto, es decir, que lo acabó, le metió el filtro...

(porque en esta historia también interviene un filtro, pero eso lo dejo a la imaginación del lector, lectora, perro o árbol que me sigue)

... efectuó un par de contorsiones extras y que no hubieran hecho ninguna falta y me tendió el cohete, blanco y blanco. Por un instante algo flotó allí dentro, una onda blanca, y todas las miradas convergieron en el mismo punto, imaginarse..., y fue precisamente entonces, en el momento que describo, que con gran estruendo se abrió la puerta y un ser totalmente nuevo en esta historia (aunque no en otras), vestido de oscuro, la pistola al cinto, apareció en el umbral. "Estamos perdidos...", oí farfullar al de las gafas de sol, que se había quedado trabado en mitad de la habitación, de pie y con la mano extendida, "¡un cazador de recompensas!". Aquella vez sí que se heló el aire. Yo tosí y carraspeé escandalosamente, quizá para llamar la atención hacia mi persona, pero el autor del cigarro, que debía de ser malabarista, cerró la mano, recitó una letanía ininteligible (corta, eso sí) y volvió a abrirla: nada, había desaparecido el cuerpo del delito. Sin embargo, me parece que fue un número innecesario, porque el recién llegado no nos hizo el menor caso, que entró, barbotó un saludo tenebroso, fue hasta el fondo, se sentó ante una mesa de las varias que había y, volviéndose hacia los parroquianos, va y les dice, "¡qué...!, ¿para cuándo esa partida...?", y se pusieron los cuatro (con el tabernero) a jugar a las cartas; lo último.

Total, que en vista del éxito alcanzado por nuestras actividades, que yo creí que iba a haber cañonazos para ver quién pegaba fuego al asunto, al principio, o que ya entreveía movida con la autoridad competente, luego, cuando se abrió la puerta como empujada por un cíclope, pasamos de todo, pedimos nueva ronda (líquidos para todo el mundo, que esto ya no lo hace casi nadie pero la gente lo agradece) y prendimos el ya famoso –¡y qué digo famoso!, sino célebre a estas alturas del relato– cigarro de mezcla soporífera, y nos lo fumamos sin más, sin decir nada a nadie y casi sin darnos cuenta, porque tú vas, te metes un tripi, como decíamos, y luego vas, pillas un cohete, lo enciendes, y como su mismo nombre indica de repente te das cuenta de que se ha ido al cielo, como los angelitos.

Bueno, pues henos aquí en pleno viaje en aquella guarida en donde se daban cita no sólo bandidos y contrabandistas sino tipos aún más siniestros, que se debían de estar jugando las mujeres, los caballos y las pistolas allá atrás, tales eran las expresiones y denuestos que se percibían, algo del tipo de "paso", "envido", "hasta allá" y similares, y en el exterior una sola luz iluminando un solitario letrero en lo que podría haberse denominado plaza lateral de aquel poblado como del neolítico, "bar"; siempre hay un bar tras la próxima esquina, por lo menos en algunos países.

Un entorno muy apropiado, como digo, el presente, a nuestros quehaceres: una plaza, un farol, un bar en un islote, una partida de cartas de final impredecible, un campamento de piratas en la playa vecina...

 

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Acopio aquí las últimas entradas en mis blogs, por si a alguien le entra la curiosidad:

 

El ataque de los demonios

Viaje a Marte

Últimos paseos en transatlántico

Foto de ballet

La negra sale del fondo

Los piratas de las gafas de sol van a tomar unas cañas

Patatas a lo pobre

A mí no me desvirgó mi padre...

 

 

 

 

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Lunes, 16 de Marzo de 2009 19:05 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Nastasia va a una manifestación

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Pongo hoy un fragmento de otra de mis novelas, que se denomina "La efímera vida de Nastasia, polifacética muchacha de la Ínsula Barataria que murió joven". Este libro cuenta los veinte primeros años de la vida de una chica que nació en la época de los Beatles en algún lugar de La Mancha, y con su madre al lado (y su oso Sososo) emigró a la capital de la nación en busca de fortuna..., ¿o del legendario País de la Bella Durmiente del Bosque? Sea como fuere, y por si alguien quiere enterarse de cómo es la aventura completa, el tal libro, una novela de unas 280 páginas, diré que se puede conseguir impreso en la dirección que hay más arriba.

 

 

NASTASIA VA A UNA MANIFESTACIÓN

 

A los diez años, los niños, entre otras cosas, aprendemos a dividir, es justo el año en que te enseñan a dividir, la última de las cuatro reglas. En años anteriores nos habían enseñado a sumar y a restar, lo que me resultó muy fácil, y luego a multiplicar. La tabla de multiplicar, como nos la enseñaron cantando, tampoco me pareció difícil, únicamente eso de poner los números en filas y columnas se me atragantó un poco, aunque al final pudiera con ello, pero lo de dividir me costó más, y ello se debió a que no nos dijeron lo primero que hay que decir en estos casos. Puede que nos lo dijeran y yo no me enterara, no sé, pero el caso fue que lo descubrí yo sola, y a lo que me refiero es a las dos primera cifras, la del dividendo y el divisor, porque una debe preguntarse, ¿es mayor la primera cifra del dividendo o es mayor la del divisor...? Bueno, a lo mejor esto es muy lioso para la mayor parte de la gente. A la mayor parte de la gente no le gustan nada los números y se arman muchos líos en la cabeza, pero si uno sabe este truco la cosa es mucho más sencilla... Sin embargo, lo dejo aquí, y de los decimales no voy a decir nada, que no quiero asustar a ninguno de los que me leen.

Yo tenía una amiga..., vamos, tenía varias..., pero tenía una que se llamaba Natalia, con la que discutía estas cuestiones.

–¿Tú sabes lo del dividendo y lo del divisor?

–¿Cuál?

–No, que si sabes lo del dividendo y lo del divisor.

Natalia me miraba incrédula. Yo creo que aquel asunto no le interesaba absolutamente nada.

–¿Vamos a mi casa?

–Bueno –e íbamos.

Su casa estaba muy cerca de la mía y no se parecía en nada. Era muy grande, y todos los muebles eran oscuros y antiguos y aparatosos.

–¡Jo!, vaya armario...

A Natalia, como lo conocía desde pequeña, no le llamaba la atención.

–¿Qué le pasa?

–Pues que es grandísimo.

–¿Grandísimo...? ¡Qué va! Tenías que ver el del cuarto de mis padres. Ese sí que es grande. Bueno, ¿jugamos a algo?

Natalia tenía muchísimos juguetes y muñecas.

–Esta es mi preferida. Antes era esa otra, pero ahora es esta. Se llama Lucrecia, pero yo la llamo Lucre. Tiene un montón de vestidos y algunos se los ha hecho la costurera. ¿En tu casa hay costurera? –y luego, cuando estábamos enfrascadísimas con lo de las muñecas, se abrió la puerta y asomó la cabeza una señora muy peripuesta.

–¡Tía Natalia!

Natalia se levantó corriendo y fue a darle un beso mientras por detrás asomaba la cabeza de su madre.

–¿Y quién es esta amiga tuya? ¡Qué guapa...! Ven, dame un beso –y yo, obedientemente, fui y se lo di.

La señora era medio joven y bastante guapa. Además iba muy bien vestida, y olía también muy bien, bastante fuerte pero bien. Debía de usar algún perfume de esos caros, de los que le gustaban a mi madre. Estuvieron allí un rato y la tía nos dijo,

–¿Me vais a acompañar el día de la manifestación? –y Natalia contestó,

–¡Pues claro! ¿Tú quieres venir? –y yo, que no tenía ni idea de qué era aquello de la manifestación, por no parecer grosera dije,

–Bueno –y la señora se deshizo.

–¡Qué simpática! Bueno, pues ya hablaremos –y se fueron y allí quedó la cosa.

A los pocos días, Natalia, a la salida de clase, me dijo,

–Oye, ¿te quieres venir a casa a probar? –y yo contesté,

–¿A probar qué?

–Pues el uniforme.

–¿El uniforme? ¿Qué uniforme? –y Natalia me puso en antecedentes.

–Es que a la manifestación hay que ir de uniforme, todos vamos de uniforme. Además es muy bonito, ya lo verás, tiene una gorra roja.

–¿Una gorra roja?, ¿sí? –y allá fuimos.

Subimos a su casa y su madre nos dijo,

–¡Ah!, ¿ya estáis aquí? A ver, Natalia, enséñale a Nastasia su uniforme y os lo ponéis, que os quiero ver, ¿vale?

–Vale.

Total, que fuimos a su cuarto y nos los pusimos. El uniforme era azul marino. Era una falda como de palas y un jersey normal. También tenía medias del mismo color, pero esas no nos las pusimos, y la gorra roja era una especie de boina que tenía bordadas con hilo amarillo dos letras, efe y ene.

–Y esto, ¿qué significa?

–Ni idea.

–Bueno, da igual.

Salimos, y su madre nos pasó revista.

–¡Hijas mías!, ¡pero qué bien os queda...! A ver, Nastasia, date la vuelta... ¡Pero, hija, si parece que te lo han hecho a medida! –y con aquello hasta a mí me convenció.

Me quedé muy ufana y orgullosa y no me lo quise quitar, y la gorra menos, hasta que me fui, por la noche, cuando volví a casa.

La manifestación era un sábado por la tarde. Yo salí de casa y no dije nada. A mi padre por supuesto, pero tampoco se lo dije a mi madre, no sé por qué. A mí me daba la impresión de que estaba haciendo algo prohibido, de forma que no dije una palabra.

–Oye, que me voy a casa de Natalia.

–Bueno, hija. Si no estoy cuando vuelvas, vete a buscarme al bar.

–Vale –y me fui.

En casa de Natalia nos disfrazamos entre risitas histéricas y nos estuvimos mirando en el espejo. Yo me ponía la boina ladeada, que me quedaba mejor, pero su madre dijo que no era así.

–No, mujer, póntela bien que tenéis que ir muy guapas, ya verás. Ahora vendrá la tía Natalia, que os va a llevar –y, en efecto, al cabo de un rato llegó su tía, que no iba de uniforme sino de normal, de calle, y nos dijo,

–Muy bien, estáis muy bien. Ahora vamos a buscar a los otros chicos, y cuando acabemos nos vamos a merendar. ¿Queréis ir luego a merendar conmigo? –y Natalia dijo,

–¡Huy, sí, claro! –así que nos fuimos con ella a donde se celebraba la manifestación, que era allí al lado, unas manzanas más allá.

Todo el mundo nos miraba, pero es que pocas veces se ve a dos niñas de uniforme raro. Imagino que pensarían que éramos de algún colegio, no sé, y en seguida llegamos y resultó que había muchos niños más, todos vestidos igual que nosotras. Entonces, un señor bastante raro, uno calvo, con camisa azul marino como las nuestras, bigotito y gafas negras, nos hizo formar, como los soldados de las películas, y nos dijo que íbamos a ir a un sitio que no entendí, nos hicieron ir a todos en fila por la acera otras dos manzanas hasta el sitio que ellos decían. Los mayores iban como desfilando, medio haciendo el tonto pero como si desfilaran, y nosotras los imitábamos muertas de risa, así hasta que llegamos a una calle bastante ancha en donde, al parecer, tenía lugar aquello. Era enfrente de un bar que se llamaba no sé qué 47. A mí eso de los nombres nunca se me ha dado bien, y además aquel sólo lo vi una vez, pero de los números sí que me suelo acordar. ¿Cómo no me voy a acordar del 47? Es facilísimo. Bueno, pues estábamos allí, en una calle ancha que estaba cerca de casa, todo lleno de coches y autobuses y gente, porque era la hora en que todo el mundo sale a la calle, cuando algunos de los mayores que iban con nosotros se pusieron a gritar. Sacaron unos altavoces muy raros, unos aparatos con forma de altavoz y que se agarraban con la mano, y se pusieron a dar voces. Qué decían, no lo sé, no se entendía nada; desde donde nosotras estábamos sólo se oía un ruido muy raro y las palabras no se entendían. Era como una letanía, y algunos de los niños contestaban. Debía de ser que ellos sabían lo que había que contestar, pero a nosotras no nos lo habían dicho y nos limitamos a mirar, y en esto estábamos, en lo de la letanía, cuando aparecieron algunas furgonetas de la policía que aparcaron por allí cerca, unas a la derecha y otras a la izquierda, y de ellas se bajaron muchos guardias que se colocaron en fila en la acera de enfrente a la que ocupábamos nosotros. Se pusieron todos allí y nos miraban pero no hacían nada. Los guardias eran los de siempre, los que veías por la calle. Iban vestidos con unos abrigones grises muy grandes y aparatosos que no sé cómo les dejaban moverse, y desde que llegaron se redoblaron los gritos que daban los que estaban con nosotros. Gritaba todo el mundo, hasta la tía de Natalia, que estaba allí detrás. Bueno, más que gritar, resulta que se transfiguró. De la que yo vi el primer día en su casa no quedaba nada, seguro que ya no debía ni oler bien. Se puso hecha un basilisco, toda colorada, encendida; yo creo que se puso hasta cardíaca. Gritaba a voz en cuello, aunque no sé qué decía porque tampoco se la entendía, pero una vez, en lo más alto de su exaltación, sí le entendí una cosa, ¡policía comunista!, y luego lo decían todos, ¡policía comunista!, ¡policía comunista!, y los guardias de enfrente nos miraban con no muy buena cara. Estaban tranquilos y no se movían, pero estaban allí enfrente, todos tiesos y con las manos atrás...

Nosotras nos encontrábamos bastante asustadas, yo desde luego, y Natalia por un estilo, pero algunos niños de los que había alrededor hacían bromas.

–No, si no pasa nada.

–Sí, tú fíate de la Virgen y no corras.

–¿Has visto lo que dice este?

–¿Qué dice?

–No sé. A ver, dilo otra vez.

–Pues que te fíes de la Virgen y no corras.

–¡Jo!, ¿y eso qué es?

–Pues no sé; lo dice mi padre.

–¡Jo...! –y de repente se oyeron sonar unos pitos, ¡pi pi piiiii...!

Miramos y vimos que un grupo de guardias con las porras levantadas venían a todo correr hacia nosotros, y allí se organizó la desbandada.

Todo el mundo salió corriendo hacia donde pudo, unos hacia arriba y otros hacia abajo. Yo agarré de la mano a Natalia y le dije,

–Venga, corre, vámonos –pero Natalia se había quedado paralizada.

Ni me oía ni me escuchaba, se había quedado de pie con la boca abierta y parecía que estaba alelada, así que como los guardias estaban ya muy cerca, y a los que estaban en el extremo, que eran mayores, les estaban dando palos, no lo pensé más y salí pitando hacia donde parecía que había menos gente. Guardias había por todas partes, pero yo hice unos cuantos regates y no me tocó nadie, aunque era difícil salir de aquel tumulto. Todo estaba lleno de gente que se caía y se levantaba, sobre todo los mayores. Yo no sé cómo los guardias podían pegar a todos aquellos viejos, pero el caso era que lo hacían, les pegaban unos porrazos que no veas. ¿Serían comunistas de verdad? Vaya usted a saber, y en mitad de la refriega me encontré al lado de un guardia con la porra en la mano. Yo le miré como con miedo y sin saber qué hacer, pero él se dio la vuelta y se fue corriendo a pegar a otros. Yo también me di la vuelta para salir huyendo, pero había tanta gente que me tropecé con alguien y me caí al suelo. Me hice bastante daño en una rodilla, o sea, me hice hasta sangre, aunque de eso no me di cuenta sino cuando llegué a casa. De lo que sí me di cuenta fue de que allí, en el suelo, ante mí, había una cartera de cuero de las que se llevan en el bolsillo, que seguro que con todo el lío se le había caído a alguien. Era una cartera muy lujosa, muy buena, y tenía grabados unos dibujos que parecían un montón de flechas. Yo la vi y pensé, ¡ahí va!, ¡una cartera! La cogí, me levanté y eché a correr otra vez, esta vez hacia arriba, porque los guardias se iban en sentido contrario persiguiendo a otros grupos, pero como yo corría muchísimo, y más en aquellas circunstancias, en seguida estuve fuera de su alcance y me metí por la primera bocacalle que pude, luego por otra..., y al cabo de un momento resultó que estaba sola.

Iba a toda velocidad por una calle en la que ya había poca gente. Las personas me miraban al pasar y se apartaban, pero allí ya no había guardias ni nada. Yo iba con la cartera en la mano, y cuando me di cuenta de que nadie me perseguía paré un poco, miré a mi alrededor y volví a casa dando un rodeo. Durante todo el trayecto no vi a nadie que fuera vestido como yo, ni guardias, así que con el susto en el cuerpo, mirando sin parar por mis cercanías, sobre todo desde las esquinas, por si acaso, y apretando la cartera todo lo que pude, llegué al portal, subí la escalera como un meteoro, entré y cerré de un portazo.

Una vez dentro respiré y entré en mi cuarto. En casa no había nadie porque mis padres estaban trabajando, así que lo primero que hice fue cambiarme de ropa. Me despojé de aquel uniforme, que se había ensuciado bastante, y me vestí como siempre, y al hacerlo vi que tenía sangre en una rodilla, pero me la lavé un poco y se me quitó en seguida. Luego fui a mi cuarto, cogí la cartera y la abrí. Dentro había billetes, había mucho dinero, y papeles, pero los papeles no quise ni mirarlos. Saqué el dinero y lo conté. Allí había más de dos mil pesetas, lo que me pareció un capital, claro, porque para mí era muchísimo, pero ni se me ocurrió devolverlo. Después de lo que había sucedido yo no pensaba volver a ver a ninguno de aquellos. A Natalia ya la encontraría en el colegio, pero eso me daba igual, así que lo escondí en el armario debajo de todos los jerséis. Estuve un rato dando vueltas por casa para que no se me notara lo que me había pasado, me peiné y me fui a buscar a mi madre al bar. Me daba un poco de miedo salir a la calle, pero como ya no llevaba el uniforme pensé que no importaba, y al salir del portal miré hacia los lados pero allí no ocurría nada. La gente era la misma de siempre y todo parecía estar en calma, y la cartera, hasta con los papeles, la tiré en una papelera y salí corriendo; yo creo que no me vio nadie.

Yo, por supuesto y del susto que me quedó en el cuerpo, no volví a casa de Natalia nunca. Ella me trajo mi ropa al colegio, que, por cierto, el lunes tenía un moratón en la cara bastante aparente. Yo le dije,

–¿Te pegaron? –y ella me dijo que no.

–No, es que me tropecé con alguien.

–¡Jo, vaya aventura!, ¿verdad?

–¡Jo, desde luego! –y yo le devolví el uniforme, aunque con la gorra me quedé y le dije que se me había perdido en el tumulto; como era roja y tenía insignias, me pareció bonita y la guardé en el armario.

La pensaba poner en mi cuarto, pero luego la escondí, porque si mi padre la veía seguro que tenía algo que decir y a mí no me apetecía oír las cosas que decía. Mi padre a todo le sacaba punta, y de aquello cualquiera sabe lo que hubiera dicho; mejor ni enterarse.

 

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Martes, 03 de Marzo de 2009 15:05 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

A la negra la rescatan del fondo del mar

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Aprovechando que el post anterior habla de las aventuras de la negra, protagonista de dos de mis novelas, traigo hoy este trozo de la segunda, pues el anterior era de la primera. La cosa va así:

"La aventura de las luces azules" es la continuación (y final) de "Europa barroca" , novelas en las que se describen aventuras sin fin en escenarios de todas las clases, desde la tierra firme y sus humeantes ciudades al más profundo de los océanos. Como dice la negra (la protagonista) al final del libro,

"... pero ahora ya acabo porque sé que lo que ustedes querían era que les narrara lo que sucedió con esta historia, cómo acabó esta historia, misión cumplida, y esto lo digo excusándome por haberme ido tantas veces por las ramas. Todo ello se lo dicté a la máquina, y espero que no haya puesto muchas faltas de ortografía, aunque si las ha puesto, ¿qué importa?, se entenderá lo mismo porque este fue un grandioso drama per música profusamente orquestado, una historia complicada y sinuosa sobre criaturas que heredaron diversas clases de sabidurías, un tipo confuso y contradictorio aunque cabal habitante de su tiempo, un cachalote del océano Atlántico, un dentista que vivía en un cometa y yo misma, una negra como cualquier otra. También aparecían las familias y los novios y novias de todos, y las pasiones incontroladas; aparecían hasta los extraterrestres, y dicho así parece de risa...".

(Espero que la parrafada anterior sea una buena descripción de lo que más arriba dije).

A esta chica, que ha pasado quince años en el fondo del mar, la sacan de su cárcel los extraterrestres, puesto que los humanos son incapaces de ello, pero –no nos confundamos– unos extraterrestres muy particulares, puesto que nunca se les ve. Hacen un par de milagros y para de contar, y quien se tiene que enterar, se entera; los demás no se dan cuenta de nada, como de costumbre. Pues el caso es que cuando tal sucede, mientras acontece este episodio del rescate, aparte de otras muchas cosas se dice lo siguiente:

 

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Mi pánico era tal que me caía y me levantaba sin saber por qué ni cómo. Durante un buen rato algo o alguien pareció perseguirme y asaetearme con sus flechas luminosas, pero luego los chispazos se ordenaron siguiendo patrones en movimiento continuo y se concentraron en puntos que giraban y giraban alrededor del centro del Universo; todo esto sucedía en medio de la habitación. Al final sólo era un punto, y todo giraba alrededor de él. ¡Aquel sí que era el Centro del Universo, y todas las luces confluían en el lugar que ocupaba! ¿Era uno de los legendarios agujeros de gusano de que hablaban los físicos...?

Yo estaba en el fondo del mar, tan tranquila, y ahora, de repente y merced a fuerzas que nada tenían que ver con los terremotos, aunque puede que sí con el fin del mundo, ¿alguien me llevaba hacia uno de los más insondables misterios de la materia...? No, yo no creía tal, sino que la explicación debía de ser mucho más sencilla, pese a que el tobogán de fosforescencias se extendiera hasta el infinito..., porque eso fue todo lo que pude ver durante un instante, aunque luego también se borró y el fragor de las sierras mecánicas decreció simulando irse hacia el horizonte de sucesos y esconderse tras él. Las tinieblas, el silencio y la desaceleración más cruda y repentina parecieron adueñarse del lugar en que me encontraba, y tan sólo aquel punto brillante ...

Esto era lo que yo pensaba, allí, flotando, al fin sentada en el suelo, con las manos apoyadas atrás y mirando confiada y atentamente al centro de la habitación, un lugar en lo alto, el Centro del Universo...

–Ven ahora, Salvador de los Gentiles... ¡Cristianos, grabad este día! –me dije por último y con admiración, porque esta fue otra de las muchas ocurrencias que tuve en momentos tan críticos.

Aún hubo un rato de oscuridad total en el que el estruendo que me había acompañado desapareció por completo y mi cerebro pudo volver a estabilizar sus funciones, y luego, en medio del repentino silencio, un extraño resplandor grisáceo comenzó a extenderse por las inmediaciones y el agua negra que había más allá del cristal se tiñó de azul oscuro. Era difícil verlo porque la nueva luz era muy tenue, pero como aumentaba y aumentaba, al cabo de un momento no me quedó duda: mi camino me llevaba directamente a los dominios de Pedro Botero, la más cercana a mis latitudes orilla de la laguna Estigia. ¿Aparecería de un momento a otro Caronte con su barca y su pértiga de gondolero más allá de la ventana, o aparecería algo peor...?, pero quien apareció no fue Belcebú con su tridente, su rabo y sus patas de cabra, sus cuernos y su mirada de psicópata. Las que repentinamente aparecieron fueron las plantas, los bulbos, los racimos oscuros y marrones, el mundo vegetal, las algas rojas. Aparecían como antes los peces, pero muy despacio y reposadamente. Trozos de algas teñidas de rojo se asomaban por la pared de agua y permanecían allí colgando durante un instante. Los racimos entraban y salían y yo las miraba sin entender qué era aquello ni qué estaba sucediendo, aunque de repente me dije,

–¡Las algas...! Sólo hay algas por encima de quinientos metros y hace un momento estaba tres kilómetros por debajo de la superficie. Sí, ya sé que vamos hacia arriba, lo noto en todas las articulaciones. Vamos hacia arriba, pero ¿tan rápido? ¿Cuánto tiempo ha transcurrido...? Da igual, esto son algas y no hay algas en el fondo del mar. Las primeras deben ser rojas, oscuras, y éstas lo son... –y entonces, como si la revelación llegara descendida de lo alto, lo entendí .

El resplandor que creí anuncio del Infierno no era tal, sino la escasa luz del sol que podía penetrar hasta aquellas profundidades. Lo había olvidado, pero todo acudió impensadamente a mi cabeza.

–Si esto fuera así, negra, si esto es así –me dije–, y parece que lo es, ¿qué va a suceder ahora...? La luz será amarilla dentro de un momento... No, antes será verdosa, y mira, ya lo es, ya tiende a clarear, y dentro de muy poco tendrá un tinte anaranjado... ¡Levántate, no te quedes ahí tirada! No sabes el cómo ni el porqué, pero La Luz se está haciendo –y como la velocidad decrecía y casi me sentía flotar, me puse en pie sin dificultad y me preparé, temblorosa y expectante, para asistir al último acto del retablo de las maravillas.

Luego ya no sucedió nada más. Sólo que, de repente, tras todos aquellos cambios de color, la luz aumentó tanto que la boca se me abrió involuntaria y me tuve que tapar los ojos con las manos, y de la única manera que pude, es decir, entre mis dedos y por el cenagoso cristal, a través del turbulento observatorio, mi gran ventana al mundo exterior, observé cómo lenta y tenuemente la gran masa de agua verde y luminosa volvía a salpicar el cristal y a chapotear en las paredes, y aquella línea blanca, fina y burbujeante, la por tanto tiempo esperada línea de la superficie, el lugar en donde el agua y la atmósfera se abrazan, pausadamente comenzaba a atravesarla, y aparecía entre nieblas y manchones de turbios y adheridos materiales cenagosos el inconfundible azul, el antiguo color azul, el casi olvidado azul del cielo terrestre.

 

 

EL MÓDULO TRES SURGE DE LAS AGUAS

Los altavoces de la plataforma voceaban como nunca lo habían hecho. ¡Ahí va!, ¡ahí va nuestra prisionera marina de tantos años!, ¡elevemos los ojos a lo alto!, ¡aleluya!, ¡¡aleluya...!! El pánico colectivo en la superficie se desató de tal modo que todos aquellos seres ateológicos, los científicos, todos aquellos seres que decían creer sólo en lo que medían, rendidos ante la evidencia cayeron de rodillas en sus respectivos lugares y unos se pusieron a temblar, otros comenzaron a reír y la mayoría empezó a rezar a toda velocidad. Esto me lo contaron luego algunos, una vez que hubo transcurrido cierto tiempo.

–Yo, cuando vi todo aquello, cuando vi al módulo tres salir del agua lentamente y elevarse por los aires, abrí la boca, me caí al suelo sentado y me eché las manos a la cabeza sin poder apartar la mirada. ¡Adiós, Newton!, me dije, ¡adiós, Einstein!, ¡adiós todo! ¿Qué es esto...? Yo buscaba y rebuscaba porque por algún lado tenía que haber algo, por algún lugar tenía que haber una grúa o por algún lugar tenía que haber un avión, pero es que allí no había nada, no había nada, y si lo hubiera habido yo habría estado enterado. Yo nunca he creído en milagros, esas cosas siempre me han hecho mucha gracia, pero es que aquello..., y después empecé a reírme, al principio flojo pero a cada momento más fuerte, más alto, y me quedé allí sentado, en el suelo, con las manos pegadas a la cabeza, durante diez minutos, sin pestañear, sin poder dejar de reírme, sin poder apartar la mirada de aquel objeto que nos sobrevoló y luego se alejó hacia occidente mientras el griterío generalizado, y la mayor parte de la gente gritaba de pánico, aumentaba y aumentaba...

... sí, mientras los turistas que habían ido en el mega tour, desde sus barcos de colores, atónitos ante un espectáculo por el que no habían pagado, veían surgir de las aguas en aquella primera mañana del nuevo verano, y elevarse sobre ellas, a mi autobús, mi módulo tres, al que colgaban excrecencias marinas por todos los costados, casi oculto por los sargazos y las caracolas, escamas fósiles y restos de minerales, chorreante cieno de los fondos marinos, dientes de todos los peces que a mi lado murieron... ¡Qué espectáculo no les daríamos...! ¡Se debieron de hartar de hacernos fotos!

 

(continuará, pero de momento puede echar una ojeada a esto ).

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Domingo, 15 de Febrero de 2009 11:43 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

La negra a los once años

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Pongo hoy un nuevo trozo de "Europa barroca", novela a la que ya nos hemos referido en esta página. Como se recordará, es la historia de tres personajes, un blanco, una negra y un cachalote telépata y habitante del océano Atlántico, historia que comienza el 1 de enero de 2001, justo con el milenio, y durante la cual nuestros protagonistas llegan a hacer amistad. El texto que va a continuación se compone de ciertas disquisiciones de la negra, disquisiciones de cuando era joven, muy joven, recién llegada a la para ella desconocida civilización de las máquinas...

 

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A mí me pegó el telele a los once años, eso sí que era un acontecimiento para todas nosotras, y el telele cualquiera se imagina lo que es. A mí me pegó a los once años, pero tuve suerte porque tenía una hermana mayor que se llamaba Liria y me explicó todo. En fin, todo tampoco se puede explicar, en esto no hay reglas, a unas les toca de capitanas y a otras sólo de sargentas, pero cuando me llegó la hora yo ya sospechaba lo que iba a suceder porque llevaba unos días con el estómago revuelto y aquello no me había sucedido nunca. Además, me pesaban las piernas y tenía la cabeza a pájaros. Los pájaros eran tucanes y guacamayos de colores como los que mucho más adelante Eduguá había de contarme que tenía su abuela en casa. Los pájaros revoloteaban, subían y bajaban y todo el día los tenía ante los ojos. Cuando ves tucanes azules quiere decir que el negocio va a ir mal, que te vas a pasar quince días embobada y sin poder ni silbar, pero cuando los ves colorados, o verdes o amarillos, lo que sucede es que no va a ser tan grave; el azul es el peor color para estos casos, y si son multicolores es que ni te va a doler. Yo los vi al principio colorados, pero luego se tornaron en unos pájaros gigantescos y policromados que parecían cóndores más que tucanes... Yo sólo sé que aquello me vino de repente y una mañana tenía un montón de sangre entre las piernas, ¡Dios mío, qué es esto!, porque como yo siempre he dormido desnuda, puse todo perdido, pero Liria me dijo que no me preocupara.

–La sangre es lo de menos. Si no te duele, mejor; eso es que estás de suerte. Ahora, lo que sucede es que vas a tener que empezar a ir con cuidado. ¿Tú has hecho el amor alguna vez?

–¿El amor...?

Yo sabía de sobra lo que me estaba diciendo porque en la televisión casi no hablaban de ningún otro asunto, pero una cosa es haberlo oído y otra muy distinta haberlo experimentado, haberlo hecho. Mis amigas decían que sí, que alguna ya lo había probado.

–Yo, a los diez años, me tiré al ciego de la esquina. Mejor, como era ciego no se enteraba de lo que estaba sucediendo ni de quién era yo. Por el olfato no creo que lo notara porque yo siempre le había rehuido, nunca pasaba a su lado. Un día, cuando tenía diez años y me había enfadado con mi padre porque no me dejaba salir de casa, me escapé por la ventana, me quité las bragas, iba sólo con la falda, agarré al ciego por una mano y lo arrastré hasta el corral, allí no nos veía nadie, y él menos. Como era ciego le costó entender, pero en cuanto notó un par de tirones en la bragueta me cogió por la tripa con manos de hierro, me puso de espaldas y contra la pared, me mordió en la nuca y me la metió por donde pudo. Menos mal que acertó, que si me la llega a clavar por detrás me desgracia. La tenía como un hierro al rojo, o por lo menos a mí me picó muchísimo, y no te digo nada del semen, debía de ser como salfumán. Cuando noté todo aquello intenté salir corriendo, pero no hubo forma. Me tenía tan cogida por las tetas que no me pude escapar, y menos a los diez años. Él se puso a vociferar, pero yo no podía abrir la boca porque no quería que supiera quién era, y no aflojó lo más mínimo. Cuando se corrió casi me desmayo, me quedé totalmente bloqueada, pero no me soltó, ni me soltó ni se le bajó, sólo se le bajó un poco y yo creí que ya iba a poder irme, pero ¡que te crees tú eso! Acto seguido le volvió la locura, se le volvió a poner dura y me tuvo allí otros diez minutos p’alante y p’atrás, y aquella vez sí que vociferó y pataleó. Yo creía que los tíos sólo se podían correr una vez, pero ya ves; a lo mejor es que era un superdotado. Al ciego todo aquello le debió de parecer un milagro. Luego me dio tanto asco que me estuve lavando un mes con jabón del fregadero y agua de Getsemaní, y menos mal que no sucedió nada.

Todo esto lo decía Rosa, que era mulata y las cosas le venían muy adelantadas. Rosa no se llamaba Rosa, se llamaba Generosa, pero eso es lo de menos.

Hay gente que se trastorna y no sabe ni lo que hace con su cuerpo, pero yo no soy tan bruta. Yo, de eso, lo único que sé es que cuando un tipo te empieza a llamar hija, malo, malo malo. Eso quiere decir que te ha tomado bajo su protección y a lo mejor lo único que pretende es casarse contigo, pero a lo peor lo que quiere es ponerte a trabajar en un burdel o cualquier otro lado, una mercería, una agencia de exportación-importación o incluso una mina de sal. Cuando un tipo te protege deberás pagar el impuesto revolucionario, esto no tiene vuelta de hoja y sucede todos los días, sucede a cada momento aunque no nos demos cuenta ni pensemos en ello, y si cuando un tipo que no tiene nada que ver contigo te empieza a llamar hija, el negocio es para echarse a temblar, que he escrito, no digo nada de si lo que sucede es que te da su saco para que te lo pongas, para que lo huelas. Cuando un tipo te dice, ¿tienes frío?, toma, ponte mi saquito, a ti seguro que te queda mejor que a mí..., entonces ya puedes darte por perdida y lo mejor es que salgas corriendo y no te detengas hasta que el horizonte haya borrado su presencia. Lo siguiente suele ser la vicaría, eso los que se casan, y menos mal que yo no suelo tener frío.

Algunas de mis amigas, y no voy a decir quiénes, no voy a decir sus nombres porque a nadie le interesan, se dedicaban a meterse mano. Lo hacían a menudo y lo contaban, o bueno, lo medio contaban, y a veces, cuando no había mucha gente, iban hasta agarradas. Luego, en cuanto crecieron y empezaron a fijarse en los pavitos, dejaron de hacerlo, aunque aquello era más o menos lo que hacíamos todas; lo que ocurría es que no le dábamos publicidad, lo hacíamos más a escondidas.

Andrea se enrollaba mucho conmigo cuando teníamos diez años, y no sé por qué me eligió a mí porque ella era blanca; sería que le gustaba mi piel negra. Su especialidad era darme crema en la playa. La primera vez que lo hizo me sobresalté pero no dije nada, algún aspaviento sí se me debió de escapar, aunque procuré permanecer inmóvil, y luego, otro día, me dio un beso y se puso toda colorada, me miró a los ojos y, mientras lo hacía, se puso roja como el tomate. Luego bajó la mirada y no se atrevía ni a mirarme. A mí me dio tanto apuro que le acaricié una mano, una mano que se había quedado suelta por allí, se la acaricié un segundo, o dos, pero ella me entendió. En realidad no me disgustó porque las niñas nos besamos mucho –esto no lo sabe casi nadie, pero es así–, y luego el negocio fue ya más rodado y tuvimos una temporada de inocentes magreos a escondidas. Aquello era amor, claro, aunque no ese del que nos hablan los místicos o los poetas, no, ni mucho menos el de las instituciones eclesiásticas. Era la natural curiosidad humana, las ansias de exploración tan de moda hace muchos años, incluso siglos. Debió de ser en el Barroco, la Era del Iluminismo, aunque yo creo que esto lo he leído de mayor.

También resulta que Paula, o Paola –la llamábamos indistintamente–, tuvo un niño. Un día nos dijo que estaba embarazada y todas nos lo creímos, y a la mayoría nos ilusionó mucho. Además, nos contó cómo había sido. El padre de la criatura era un amigo de su familia, pero aquello era un secreto.

–Por lo que más queráis, no se lo digáis a nadie; si mis padres se enteraran... ¿Sabéis lo que me ha dicho? Pues que no me eche más perfume porque su mujer ya lo ha notado. Ahora, con lo del niño, me parece que se va a acabar. Bueno, la verdad es que una se siente tan rara... Yo cambio esto por lo del colegio... –y al cabo de seis meses tuvo un niño con los ojos redondos y los labios como un negrito, aunque en realidad era cobrizo.

A Paula no la volvimos a ver. Sólo venía de vez en cuando, una vez cada dos meses, más o menos, y traía al niño, que se llamaba Jesusín, y nosotras lo acunábamos. Yo lo tuve mucho tiempo en brazos y las demás igual, pues a veces incluso nos lo disputábamos, pero a Paula no la volvimos a ver, se esfumó, fue tener al niño y desaparecer del espacio-tiempo, ¡hay que ver los azares que nos depara la existencia! La maternidad está bien pero sus efectos suelen ser imprevisibles, sobre todo para las niñas de once años, aunque Paula, ahora que lo pienso, quizá fuera ya un poco mayor.

Algo después de aquello, cuando ya teníamos once o doce y habíamos cruzado la primera de las fronteras de la vida, íbamos a los bodegones, es decir, a las pizzerías, y a veces bebíamos tanto ron que acabábamos las cinco cogidas por los hombros alrededor de una mesa y cantando, al principio bajo pero luego a voz en cuello. Cantábamos muy mal y muchas veces nos echaban, y entonces nosotras salíamos corriendo, chillando histéricamente y tirándolo todo, y en aquellas ocasiones, como los camareros se quedaban pasmados y sin saber qué hacer, aprovechábamos para irnos sin pagar, pero en otros lugares les hacía más gracia y no decían nada –aunque esto solía suceder más en el extrarradio–, y en algunos hasta la marchantía cantaba con nosotras.

Una de aquellas tardes, que nos habíamos pintado aún más que de costumbre, fuimos a una discoteca. Yo iba como un semáforo, con la frente blanca, los ojos verdes y rojos y los labios azules, pero de un azul rabioso, un azul añilado, y las demás por un estilo. Andrea se había pintado los pezones con una barra de labios encima de la camiseta, se los pintaba como si fueran dos ojos y en el sitio justo porque decía que así no había pérdida, el que quiera mirar que mire, se me ponen tan duros, se me notan tanto, que es casi mejor pintarlos, para qué vamos a andar con disimulos. La discoteca a la que fuimos no era a la que íbamos siempre, en donde nos daban a oler aguarrás en la puerta. Fuimos a otra muy grande que había en un barrio distante, y fuimos a ella porque a alguna de nosotras, ya no recuerdo a quién, le habían dado invitaciones con bebidas gratis. Cogimos un ómnibus, y en él ya tuvimos la primera bronca con el conductor, que quería que pagáramos. Nosotras entramos por la puerta de atrás atropellando a los que bajaban, porque así el conductor no sabía quiénes eran las que se habían colado, y él se levantó de su asiento y vino a ver qué ocurría, pero como éramos todas muy altas, no lo debió de ver muy claro y nos dejó en paz, se volvió a su sitio y arrancó. En la discoteca estuvimos toda la tarde. Había una promoción de ron y nos bebimos casi toda la cosecha. También una piscina de superlujo en la que no se bañaba nadie, y a su alrededor mucha gente mística que nos miraba como si estuviéramos locas, pero a mí me faltó tiempo para desnudarme y tirarme al agua. Bueno, todo no me lo quité, me quité casi todo y me metí dentro, al tercer ron no me importaba nada lo que pensara la gente, y cuando salí, al cabo de un cuarto de hora de chapuzones, se me había corrido toda la pintura y ya no tenía la cara como un semáforo sino como uno de esos cuadros modernos que se ven en las consultas de los médicos o los vestíbulos de las instituciones respetables, un montón inconexo de manchas de color sin orden aparente, pero mis amigas dijeron que aquello me sentaba todavía mejor y allí se quedó. Me volví a vestir toda mojada, pero hacía mucho calor y al rato estaba otra vez chorreando de sudor, y las demás igual. Entonces fue cuando descubrimos que había una pista de baile de esas que se mueven, que se inclinan. Nos fuimos a ella, y al que ponía la música le debimos de gustar porque estuvo todo el rato poniéndonos máquina y dando grititos ridículos por el micrófono, dijo unas simplezas que prefiero no repetir, y moviéndonos la pista a lo bestia. Nosotras seguimos dándole al ron y al cabo teníamos todas un guayo guapo. Entonces a mí se me ocurrió, no sé por qué se me ocurrió pero estos pensamientos llegan siempre sin avisar, de repente surgen en tu cabeza y ya no te los puedes quitar, pues de repente me acordé de mi madre, la pobre, que se murió para que yo naciera. Esto a lo mejor es decir mucho y lo que sucedió fue inevitable, porque si no hubiera habido un terremoto no se hubieran roto las carreteras y las ambulancias habrían podido pasar, a saber, pero yo me acordé de mi madre, de cuando mi madre me tuvo a mí, la pista se movía como si hubiera un terremoto, y yo, en mi estado, me caí al suelo y no me podía levantar, así que me puse a representar el teatro de la parturienta abriendo las patas, dando gritos y demás. Fue un homenaje a mi madre. Me subí las faldas hasta la cintura e hice todas las contorsiones que se me ocurrieron mientras las demás me jaleaban hasta lo indecible. Mis amigas estaban tan descompuestas como yo y gritaron y chillaron histéricamente hasta la extenuación. Estábamos todas metidas en faena hasta el culo cuando vinieron los guardias, los de seguridad, y nos echaron a palos de la discoteca. Al final nos encontrábamos en la calle, en aquel gran paseo marítimo lleno de palmeras, todas chorreando y muertas de risa, y nos volvimos a casa andando porque era muy tarde y ya no había guaguas. Pasaban autos que nos tocaban la bocina, pero nosotras no les hacíamos ningún caso sino que les tirábamos cortes de mangas, y ellos tocaban aún más la bocina y aceleraban... A aquella discoteca nunca más volvimos. A mí no me quedó buen sabor de boca, sobre todo al día siguiente, pero de todas formas no creo que nos hubieran vuelto a dejar entrar.

Esto, y cosas peores, era lo que mis amigas y yo hacíamos, ejemplar conducta, en la América central durante aquellos años arrebatados. En aquella época todos estuvimos muy locos, y lo que habíamos de estar, y mis amigas tampoco eran tan malas, eran muy pequeñas, todas éramos muy pequeñas y nos comportábamos como tales. De mis amigas ya he dicho mucho, pero he hablado muy poco de Andrea, la catira de Maracaibo, la maracucha. Esta era la mejor. Era blanca y con el pelo rojo y siempre nos llevamos muy bien. La verdad es que luego me he acordado mucho de ella. ¿Dónde estarás ahora? Ha pasado tanto tiempo y sucedido tantas cosas... ¡A lo mejor ha oído hablar de mí...! Tanta gente ha oído hablar de mí en este planeta...

 

 

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Domingo, 01 de Febrero de 2009 10:39 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Vacaciones de Semana Santa

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Este es un trozo de "Las estaciones", una novela de la que ya puse algún trozo y en la que un chaval de trece años cuenta lo que sucedió en su casa durante cuatro estaciones completas, cuando les pusieron una institutriz mulata que estaba como un pan. 


A los pocos días nos dieron las vacaciones de Semana Santa, pero antes nos dieron las notas, y como a Azucena le suspendieron no sé cuántas, mamá le dijo que de irse con Rosana y sus padres a la costa, nada, que mi hermana ya se las prometía muy felices y se quedó bastante triste, y entonces, al día siguiente, Patricia dijo que ya estaba bien de desgracias y de malas caras y de jugar con el ordenador –sobre todo a aquello de Némesis del Espacio Profundo, aunque seguía sin poder dejar a mi gusto a la mulata que allí salía y mucho menos ganar, que era lo bueno y cuando podías desvestir a la que habías elegido–, que me iba a quedar tonto y lo que teníamos que hacer era irnos a algún lado, a la playa o a cualquier otro sitio que estuviera lejos de casa, que andando por esos caminos se aprenden muchas cosas que vosotros no sabéis, así dijo, y ya que estás ahí, ante esa máquina, busca algún sitio al que podamos ir, y estuvimos mirando en internet y encontramos muchísimos, todos con fotos, y entre ellos uno que se llamaba El Confital, Azucena decía la confitería, la Casa de los Coroneles, una casa que, según Patricia, era como alguna de su pueblo, allá en Jamaica, en el Caribe.

 

–¿A que no sabes lo que es el Caribe?

–¡Hombre, no...! Un mar. El mar de tu tierra.

–Muy bien, Pipo, muy bien... Bueno, y ahora, ¿a que no sabes lo que es la ruta del románico?

–¿Del qué?

–¡Ah! ¿Ni siquiera sabes lo que es el románico?

–No. ¿Qué es?

–Pipo, no me extraña que te suspendan... Es un estilo arquitectónico del siglo XII.

–¿Y qué?

–Nada. A ver, busca la ruta del románico.

... y yo lo busqué y encontramos muchas cosas que a Patricia le interesaron, incluso montones de fotos con el cielo muy azul, y entonces ella se puso de acuerdo con mamá y al día siguiente por la mañana nos montamos en el coche los tres y nos fuimos de viaje, aunque no a la playa sino a aquello de la ruta del románico que yo no sabía lo que era, a Castilla la Vieja, que es muy grande y muy ancha y hay muchísimos sitios bonitos para ver. ¿Tú crees...?, le dijo Azucena, que no quería ir y separada de su amiga Rosana estaba bastante enfurruñada, y Patricia le contestó, pues claro, mujer, ya verás a qué cantidad de pueblos y sitios nuevos vamos a ir, y Azucena dijo, ¡jo, pues vaya rollazo!, y Patricia, que no quería discutir, dijo, bueno, bueno, ya veremos, y como mi hermana llenó una maleta de ropa Patricia le dijo que ni hablar, ¿quieres ir cargando con todo eso por el campo...?, porque nos vamos al campo, ¿eh?, y allí no te va a ver nadie; no, déjalo todo ahí, ponte unos zapatos buenos y unos vaqueros, coge unas camisetas y andando, y entonces Azucena dijo, ¡sí, anda, todos los días con lo mismo!, pero Patricia la convenció, y durante aquellos días, que no fueron muchos, sólo cinco o seis, Azucena fue vestida igual, que era raro, pero aquella vez lo hizo, y como de todas formas los vaqueros eran apretados y un poco cortos, o sea, que se le veían los calcetines y un trozo de pierna y le quedaban bien, estuvo todo el tiempo mirándose en los escaparates y en los cristales de los coches que estaban aparcados y casi no protestó en todo el viaje. Luego resultó que lo que más le gustaba era un jersey de Patricia que le quedaba bastante grande, le sobraba por todas partes, sobre todo de largo y por las mangas, pero dijo que era lo que más le gustaba y que no se lo iba a quitar, y luego le preguntó que si se lo regalaba y Patricia se quedó sorprendida, ¿lo quieres?, pues para ti, mujer, ¡ay, sí, sí, gracias...!, ya verás, no me lo voy a quitar en todo el camino, ¡jo, es que es más guay...!, y no hacía más que mirarse en el espejo de la habitación y darse vueltas.

Patricia quería conocer Castilla porque decía que era el sitio en donde se había desarrollado buena parte de la historia de nuestro país, ese país tan grande y complicado que se llama España, la historia que ella estaba estudiando, que le interesaba mucho, y allá fuimos, pero a Patricia no le gustaban las ciudades, que decía que nunca sabía qué hacer en ellas con aquel coche tan grande y que dejándolo por ahí nos iban a romper un cristal y a robar todo lo que llevábamos, que en realidad no era casi nada, y con aquello resultó que a ciudades fuimos a pocas y estuvimos todo el tiempo de pueblo en pueblo. Llegábamos a uno, dejábamos el coche en una calle y nos íbamos a andar por él y a buscar el barrio antiguo y la plaza, y si es mayor, mejor, porque en todos estos sitios hay plaza mayor; fijaos, ayer estuvimos en dos en los que había plaza mayor, hasta una llena de soportales de piedra y con una iglesia muy antigua en un extremo, y hoy vamos a ver otras, ¿no?

En el coche había un mapa y Patricia fue todo el tiempo mirándolo, dando vueltas y diciendo, y ahora vamos a ir a Madrigal, y ahora a Peñaranda, y ahora a no sé dónde, y luego decía otros nombres y fuimos a todos, desde luego hicimos muchísimos kilómetros en aquellos días y vimos varias procesiones de las que hay en Semana Santa, la primera de casualidad porque la encontramos al llegar a uno de los pueblos, un sitio en el que no dejaban pasar a los coches y nos tuvieron bastante rato parados, y luego, buscándolas y preguntando en dónde había las más raras, nos encaminaron a un lugar que estaba por allí cerca y en el que la procesión era en las afueras, en mitad del campo, y además había que levantarse muy temprano, cuando amanecía o antes, y resultó que en aquel pueblo no había ningún hotel ni nada que se le pareciera, pero una señora de un bar nos dijo que si queríamos podíamos dormir en su casa, que tenía un cuarto con tres camas y que si aquello nos convenía que fuéramos, ustedes verán, y Patricia nos dijo, qué, ¿os atrevéis a dormir en una casa de un pueblo de verdad?, y Azucena le contestó, sí, ¿por qué no?, pero cuando entramos lo entendimos porque la casa era viejísima y todos los suelos rechinaban como si se fueran a hundir y tragarnos para siempre. La señora nos llevó a la habitación, que era enorme y muy baja, encendió la luz, una luz que colgaba del techo, y dijo, aquí es, ¿les gusta?, y aunque el sitio era bastante raro nosotros dijimos que sí, que claro, y nos fuimos a pasear por el pueblo, en donde cenamos.

Luego, cuando volvimos, a Azucena y a mí nos extrañó todo, los muebles, los cuadros llenos de polvo, las mantas de las camas, que eran como antiguas, y hasta las mismas camas, que estaban muy frías, y cuando hubimos revisado los objetos que contenía aquella gran habitación, Patricia dijo, niños, cada uno a su cama, y entonces Azucena casi chilló, ¡ah, no, que yo no me desvisto delante de ése!, y Patricia apagó la luz y dijo, venga, que ahora no te ve, y riéndose añadió, ¡venga, niña, que enciendo...!, y se oyó a Azucena desvestirse a toda velocidad y gritar, ¡ayyy...!, ¡oye, no, espera, espera...!, y luego dijo, ¡ya!, y cuando Patricia encendió la luz ella estaba tapada hasta el cuello y yo en mi cama. Entonces Patricia nos dijo, esto sí que es raro, ¿verdad? Fijaos, estamos en medio de Castilla la Vieja, en un pueblo perdido que casi no tiene luz, porque la han debido de poner hace poco, ni carretera ni nada..., ¡oye, carretera sí tiene!, que nosotros hemos venido por ella, bueno, sí, pero no es una carretera importante sino sólo una carretera que viene a este pueblo, o sea que por aquí no pasa nadie y no hay turistas ni nada de eso, sólo los de aquí y los de los pueblos de al lado que han venido a ver la procesión de mañana. Estamos casi como en el siglo XII, o el XIII, cuando aquello de la Reconquista y estas tierras cambiaban de dueño todos los años y los reyes de León y Castilla las repoblaban con gentes que traían de otras partes para que los musulmanes no volvieran a instalarse en ellas... ¿No os habéis fijado en que no se oye ni un ruido?, y nosotros prestamos oído y tuvimos que convenir en que era verdad porque no se oía nada, sólo algún golpe lejano de vez en cuando, que seguramente era la señora de la casa trajinando, un perro que ladró un par de veces y un coche que pasó a lo lejos, aunque casi ni se le oyó. Sí, no se oye nada, dijo Patricia, como en los lugares encantados, y menos ese rumor que se escucha siempre que estás en una ciudad, todos los coches lejanos y los motores de la civilización..., y allá arriba estarán las estrellas como siempre han estado y a nuestro alrededor los enormes bosques, esos pinares llenos de animales salvajes que llevan viviendo aquí desde el principio de los tiempos..., y ahora, fijaos en esto, y nosotros miramos y Patricia abrió las contraventanas de madera vieja, encendió unas velas que había encima de un mueble y apagó la luz, y entonces, con todas aquellas sombras y luces temblequeantes sí que de verdad me pareció que habíamos retrocedido en el tiempo y estábamos en algún lugar de los que aparecen en los programas de ordenador, en los de misterio..., bueno, y en los libros, para qué voy a decir otra cosa, que son de los pocos sitios en donde uno puede encontrar mundos nuevos, más rodeados por todos aquellos muebles viejísimos, y a través de la ventana, que era muy pequeña, vi que parpadeaban unas luces, esas luces que en la ciudad y entre sus nieblas casi nunca puedes distinguir...

Luego Patricia dijo, niño, ponte mirando a la pared, y yo pregunté, ¿para qué?, y ella dijo, venga, date la vuelta que ahora me toca a mí desvestirme, y yo hice como que hacía lo que me mandaba pero procuré no perder del todo el punto de vista, aunque ella se dio cuenta, claro, y dijo, Pipo, ¿quieres ponerte mirando a la pared?, y no me quedó más remedio que hacerlo, y luego, cuando estábamos los tres en la cama, pasamos horas hablando y riéndonos porque las camas eran rarísimas, muy antiguas y llenas de bultos, y ellas no sé, pero yo, desde luego, estuve la noche entera dando vueltas.

Por la mañana, que estaba todo oscuro, Azucena sí que protestó un poco porque decía que casi no había dormido, pero Patricia le quitó las sábanas y ella, aunque se enfadó y gritó, se tuvo que levantar, más que nada porque sólo tenía puesta una camiseta y unas bragas y decía que yo la miraba, y yo, para hacerla rabiar, me puse a mirarla y ella intentó darme, pero yo me aparté, y entonces, de pura rabia, llamó a Patricia no sé qué y Patricia hizo como que se enfadaba y le mandó que se levantara y se diera prisa, que si no nos íbamos a perder la procesión, y al final fuimos, ellas bastante serias, que estaba todo nublado y como si fuera a llover. Nos pusimos al borde de una carretera estrecha, sentados en una tapia, aunque cuando aparecieron los primeros nos levantamos y los vimos pasar de pie, y al cabo de un rato desfiló la procesión entera, que era un montón de señores con la cara tapada, vestidos de negro y descalzos, todos con las velas apagadas y humeando porque hacía bastante viento, y entre ellos varios que tocaban el tambor, unos tambores grandes y en los que sólo daban un golpe, ¡pum!, y al cabo de un rato otro, ¡pum!, y luego otra vez, y todos callados y como mirando hacia el suelo y andando muy despacio, y al final, entre varios, traían una cruz de madera que debía de pesar bastante. Todos pasaron por allí, por la carretera, y se perdieron en dirección al pueblo, y nosotros y más gente que había mirando los seguimos y acabamos en una plaza que estaba atestada y en una de cuyas esquinas había una iglesia viejísima con toda la piedra carcomida por el agua –y por el tiempo; eso, y por el tiempo–, y allí se metieron los que pudieron, aunque la mayor parte de la gente se quedó en la calle, nosotros entre ellos, mientras la campana de la iglesia sonaba a cada poco, como antes los tambores, y luego no sé qué ocurrió que salieron todos otra vez y la gente entró en los bares que había por allí y Patricia dijo, bueno, pues habrá que desayunar, ¿no?, y entramos también nosotros en uno que estaba lleno de gente gritando, incluso algunos de los de la procesión, aunque entonces ya no llevaban la cara tapada, y pedimos cola-caos y unas galletas muy raras y estuvimos en aquella mesa durante mucho rato mirando lo que sucedía a nuestro alrededor, toda la gente bebiendo copas y hablando en alto, y a Azucena, con lo del cola-cao y el griterío, que en vez de las ocho de la mañana parecía que eran las doce, se le pasó todo y dijo a Patricia, oye, perdona, ¿eh?, que es que lo de antes no te lo quería decir..., y luego me miró bastante seria y dijo, y tú cállate, ¿eh?, que no estoy hablando contigo, y yo seguí con mi taza y las galletas e hice como que no la había oído, pero ellas se arreglaron y se pasaron el día entero andando cogidas de la mano, Azucena de lo más cariñosa y haciendo tonterías, que seguramente se había arrepentido de su arrebato y debía de querer hacer méritos, y por la tarde, sin que viniera a cuento, cuando estábamos viendo la puesta de sol en mitad de la llanura infinita y subidos en unas peñas, como ella estaba sentada a mi lado, fue y me dio un beso, yo creo que se lo había dicho Patricia, me cogió por un hombro y me dio un beso en la cara y luego se quedó mirándome mucho rato, seguramente a ver qué decía yo, pero yo no dije nada porque la había entendido de sobra, y es que Azucena es mi hermana, y aunque es bastante bruta, eso me da igual porque es mi hermana.

Luego continuamos aquella excursión tan larga y atravesamos casi todos los pueblos, bosques, páramos y barrancos de Castilla, y cada vez que encontrábamos un pantano o un río Patricia paraba el coche, ¡vaya sitio más bueno...!, e íbamos hasta la orilla, y aunque a veces daba marcha atrás y decía que de bañarse en aquel sitio ni hablar, que nos podíamos ahogar los tres, otras veces, sobre todo en los ríos que tenían piedras en las orillas, decía que sí, y que si no teníamos mucho frío que nos metiéramos al agua, y una tarde, en un sitio precioso y lleno de arboledas sin fin, al borde de un canal, porque aquello no era un río sino una presa pequeña que había en un canal, Azucena dijo que no le apetecía ponerse el traje de baño y que si se podía bañar así, ¿cómo así?, pues me quito la ropa y con la de debajo..., y Patricia dijo, bueno, si a tu hermano no le importa..., pero a Azucena aquello le daba igual, bueno, si le importa que se fastidie, además, ¡como no hace más que mirar...!, y se quitó las botas, luego los calcetines, luego los pantalones, todo esto haciéndose la desentendida, y luego, ya mirándome, también la camiseta, y aunque me miraba a ver si yo la miraba me hice el loco y dije, ah, pues yo también, ¿para qué me voy a poner el traje de baño?, total, los calzoncillos son como un bermudas, ¿no?, ¿no qué?, que los calzoncillos son como unos bermudas de esos y a mí me da igual, bueno, pues báñate como quieras, y le dije, ¿y tú?, y entonces Azucena se rió, ¿lo ves?, ¿lo ves?, si es que no quiere más que verte..., pero Patricia dijo, no, yo así, y se quitó la ropa y ella sí que llevaba debajo un traje de baño, y nos metimos en el agua que estaba helada, vamos, estaba congelada y sólo pudimos entrar y salir, pero mientras estuvimos allí vinieron los pájaros a vernos y estuvieron todo el rato saltando y haciendo ruido en los árboles que había sobre nosotros, y luego salimos y Patricia dijo que no nos vistiéramos con la ropa mojada, que nos la quitáramos y nos pusiéramos la que traíamos, y Azucena le dijo, ¿pero así, sin nada debajo?, sí, qué más da, ahora te secas, y luego, cuando vayamos al hotel, te duchas y te vuelves a poner a tu gusto, ¡ya, pero es que no me voy a desnudar delante de éste...!, y Patricia dijo, no, delante no, os volvéis de espaldas y así ninguno ve al otro, ¡venga, niños!, que os vais a quedar helados, y de aquella manera fue la cosa. Azucena se volvió a encasquetar los vaqueros y el jersey grandísimo y dijo que iba a ir siempre vestida así, sin nada debajo, que era mucho mejor, y como tenía el pelo mojado hasta yo la encontré bien, el día que digo estaba más guapa que en otras ocasiones, cuando se maqueaba y pintaba para ir a la discoteca, aunque fuera poco.

Aquellos días fueron fantásticos, todo el tiempo de pueblo en pueblo y parando en todas partes, recorriendo calles y plazas y castillos y ruinas sin parar y Patricia haciendo fotos de todo lo que veía, algunas veces con nosotros delante y otras sólo el paisaje, comiendo sopas gordísimas y una cantidad de carne como nunca habíamos comido, sobre todo cordero churruscante, que era lo que más me gustaba, y también chuletas enormes, pero es que aquella carne era de la buena porque alrededor de nosotros todo eran mieses y relucientes campos con rebaños de vacas, y hasta Azucena, que al principio no quería venir, cuando el domingo por la mañana Patricia dijo que teníamos que volver a casa, contestó que no le apetecía nada y que prefería quedarse a vivir por allí, y entonces Patricia le dijo, oye, ¿y tu ropa?, porque estarás deseando cambiarte y ponerte algo más elegante, ¿no?, y Azucena dijo que no, que no le importaba nada y que prefería estar así vestida, con las botas y los pantalones vaqueros y el jersey grandísimo, que se estaba muy bien, y luego añadió, ¡jo!, es que ahora..., otra vez, volver a la ciudad, y a casa..., y Patricia movió los hombros, ¿qué pasa?, nada, que se está muy bien aquí, y se puso medio ñoña, se agarró a Patricia y le dijo, oye, ¿para qué vamos a volver?, nos podemos quedar unos días más, ¿no...?, ¡anda, llama a mamá y se lo dices!, pero Patricia dijo que ni hablar, ¡niña, que tienes que ir al colegio!, y tu hermano también..., ¡qué más quisiera yo que quedarme!, pero no puede ser..., y además, ¿no decías que no te gustaba esto y que era una pesadez?, y Azucena tuvo que reconocer que lo había pasado muy bien. Bueno, pero volvemos a la noche, ¿eh?, que hasta la noche aún podemos ir a algún sitio y comer en un bar de esos..., ¿de cuáles?, pues de esos de los pueblos, que la comida de aquí está buenísima, y Patricia se reía aún más, ¡pero, niña!, ¿se te han olvidado ya las pizzas...?

 

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Para ver el libro editado por lulu.com, el enlace es: 

Las estaciones

 

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Domingo, 18 de Enero de 2009 11:24 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Otro año más

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Camargo Rain, fotógrafo, autor de numerosos cuentos chinos y otras narraciones, ala-pívot en los ratos libres, correcaminos, cocinero por obligación y músico por afición, aficionado a la cerveza y otras hierbas, defensor de la gramática y observador de los cielos estrellados... –amén de otros títulos que me callo–, aprovecha la ocasión para desear a todo el personal que lo pase lo mejor posible en este 2009 que nos ha llegado de manera tan discreta, y ya que estamos de recomendaciones, para enviaros estos enlaces (son los de mis blogs) que a lo mejor os divierten.

 

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Música para viajar

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Trozos de mis novelas, para que quien quiera, lea.

Sobre cómo se escriben diez novelas en diez años

La verdadera historia de Juan Evangelista, novela

Otras consideraciones sobre la extensa vida de Juan Evangelista

Desde la terraza de mi transatlántico

Escaparate 1 en LULU.COM

Escaparate 2 en LULU.COM

 

Viernes, 02 de Enero de 2009 19:05 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Cuando nos pusieron una institutriz mulata que era guapísima

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En este blog no he puesto ningún trozo de "Las estaciones", novela en cuatro actos (las estaciones) en la que Pipo, chaval de trece años, cuenta lo que durante un año sucedió en su casa cuando a su hermana y a él, que suspendían demasiadas asignaturas, les pusieron una institutriz mulata que era guapísima. Para remediar tal carencia traigo este texto, que está sobre la página treinta del libro.

 

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PIPO

 

El año anterior había sido un año raro, sobre todo por Charlotte, que fue la primera institutriz que tuvimos, y porque a Azucena le suspendieron cinco –a mí sólo dos– después de largos años de ser aprobados en todo, incluso con buenas notas, y aunque en casa decían que era la edad, cosas de la edad y alguna vez tenía que ser –lo decía el tío Mary y a veces también el tío Arsenio, cuando iba por allí–, mi padre decidió que tenían que ponernos un profesor particular porque Charlotte sólo nos daba clase de francés. Al principio dijeron "un profesor particular", y me parece que buscaron alguno e incluso preguntaron al tío Arsenio, que conocía a muchos jesuitas, pero luego mi madre decidió que era mejor "profesora particular". ¿Un profesor...?, y le miraba, ¿quieres poner a Azucena un profesor?, ¿un chico joven...?, y mi padre, que estaba en un sillón, no dejaba de leer el periódico porque yo creo que aquel asunto no le interesaba nada, de forma que contestó, bueno, o mayor, como tú quieras, y es que seguramente pensaba que era ella, mi madre, la que se iba a ocupar de todo, como siempre.

La pandilla de mi padre, es decir, la pandilla del tío Mary, el hermano de mi madre, que databa de los tiempos en que todos ellos iban al colegio, se componía de cuatro personajes. Habían sido más, porque a veces hablaban de uno al que llamaban "el chino" y del que decían que hacía mucho que no sabían una palabra, y también de otros, pero en aquellos entonces quedaban cuatro que solían ir juntos a todas partes, sobre todo a cazar, y casi todos los jueves por la noche a recorrer y cerrar bares. Estos cuatro, por orden de edad, eran: mi padre; mí tío Mary, que ya sabemos quién es, el hermano juerguista de mi madre; Juanito, el tronco del tío Mary, con el que siempre estaba hablando de las novias que habían tenido a medias, y Victoriano, que era el cuarto en discordia y no se parecía en nada a ellos pues llevaba barba, era serio y cantaba y tocaba la guitarra y el piano muy bien. Victoriano era el más antiguo amigo de Juanito, y eran tan amigos que cuando Juanito se casó, de joven, se fueron los tres de viaje de novios, los recién casados y el amigo del alma, y estuvieron varias semanas en las islas Caimán; claro, que yo eso sólo lo sé de oídas, porque cuando sucedió era muy pequeño o aún no había nacido.

Mi madre también había sido de aquel grupo en su juventud porque era hermana del tío Mary y habían ido al mismo colegio, pero luego se aburrió de verlos –porque como estaba casada con mi padre le veía todos los días– y casi nunca salía con ellos sino con sus amigas, a las que nosotros llamábamos tías. Estaba la tía Teresa, que en cuanto me divisaba, sin perder de vista el juego y con las cartas en la mano, porque se pasaban la vida jugando, decía, ¡este niño...!, ¡pero qué ojos tiene este niño...!, que a mí no me gustaba nada porque me miraban todas y cada vez que se lo oía salía corriendo, y también estaba la tía Esther, mi madrina, que era prima de mi madre y se parecía muchísimo a una actriz americana muy famosa, y como era tan guapa, yo, cuando era muy pequeño, a los siete años o por ahí, me subía encima de ella en cuanto llegaba a casa y se sentaba en alguna silla. Mi madre decía, ¿quieres dejar tranquila a tu tía?, ¡baja de ahí!, pero mi tía Esther se reía y decía, no, no, déjale que haga lo que quiera, ¿verdad, Pipo?, y me apretaba bien, y entonces mi madre decía, ¿por qué le llamáis todos así?, se va a quedar con ese nombre y ya tiene uno, porque yo en realidad me llamo como mi padre, que se llama Carlos, aunque todo el mundo le llame Charli, y a mí Pipo y Charlidós.

La pandilla de mi padre era muy compacta, todos eran muy amigos, pero se empezó a revolucionar cuando nos pusieron una institutriz mulata que era guapísima. Antes teníamos a Charlotte, que era una chica que ayudaba a mi madre a vestirse y a peinarse y a nosotros nos llevaba al colegio y al cine y sitios de esos. Era karateca y a mí me enseñó bastantes cosas. Por ejemplo, que nunca le des un puñetazo a nadie porque te puedes romper la mano, que es mucho mejor dar un tortazo en mitad de la nariz con la mano abierta; yo nunca he dado un puñetazo a nadie, pero no porque me lo dijera Charlotte sino porque no me ha hecho falta, y menos con Pancracio al lado, y tampoco le he dado a nadie una torta, y mucho menos en mitad de la nariz. Bueno, pero Charlotte era mayor y hablaba poco en español, casi siempre hablaba en francés, ¿n´est-ce pas, mes enfants?, y entonces había que decir, oui.

La mulata que era guapísima hablaba a veces en inglés, sobre todo con las visitas, pero casi todo el tiempo en español.

–¡Qué rara es!, ¿verdad, mamá?

–Niño, no digas eso. ¡Si parece una cariátide...!

–¿Una qué?

–Una cariátide.

–¡Pero es que es como negra...!

–No, hijo, es que es mulata.

–¿Y eso qué es?

–Pues mestiza.

Bueno, la mulata que era guapísima y hablaba en un español pulido, aunque con las visitas hablara en inglés porque mi madre no lo dominaba del todo y había cosas que no entendía, se parecía mucho a una que salía en Némesis del Espacio Profundo, que era un juego de ordenador al que yo jugaba con Pancracio y otros. Había muchas chicas y yo casi siempre elegía a una rubia que tenía muchas tetas, bueno, tenía demasiadas tetas, pero eso era porque el juego era americano y a los americanos les gustan las chicas con las tetas muy grandes, o eso decía el tío Mary, aunque en realidad se las podías cambiar, dabas a un botón y se desinflaban hasta que quedaban a tu gusto, y lo demás también se lo podías cambiar, claro, y ponerle la nariz más larga, tan larga como Pinocho, o tripa, o las piernas gordas o muy flacas, y a veces, en vez de jugar, lo que hacíamos era inventarnos chicas a nuestro gusto, y a Pancracio le salían unas horribles, todas gordas y como torcidas; desvestirlas no podías, para eso había que ganar y entonces sí te dejaba que les quitaras la ropa, pero ganar era difícil y sólo lo conseguimos una o dos veces. Bueno, pues yo al principio siempre elegía a una rubia que tenía las tetas muy grandes, pero luego descubrí que había una que era como mulata, y cuando me puse a cambiarle cosas, un día, me salió una que se parecía un poco a Patricia, y luego seguí y seguí, y cuando ya se parecía más, porque era difícil, se me borró y no pude volver a hacerlo. De todas formas dio igual porque nunca conseguía ganar a aquel juego, y lo que yo quería, que era quitarle la ropa, no lo iba a lograr nunca, pero en realidad no importaba porque a Patricia casi no hacía falta quitarle la ropa, y es que ella era de las que no caben dentro, de las que parece que es la ropa la que las lleva a ellas y no ellas a la ropa, y más en verano. Patricia, como decía mi madre, era como una cariátide congelada en el tiempo, sí, aunque yo creo que eso era quedarse un poco corto y ella era más bien como el Partenón entero. Patricia era como una cantante de ópera antiquísima, hacía gorgoritos, desde luego, aunque los entendíamos pocos, y también como uno de esos coros oceánicos, o universales, o como alguna chica de las que salen en las revistas o el mar, que se mueve tan despacio si lo ves desde muy lejos, o incluso como un portaaviones en el océano, que navegan muy armoniosamente, por lo menos en los documentales de la televisión. Patricia era parecida a la mulata del juego del ordenador que llevaba un vestido brillante, aunque en realidad era mucho más guapa, y era tan guapa que desde que llegó, sobre todo los primeros días, casi no se hablaba de otra cosa, y durante una temporada estuve oyendo historias misteriosas acerca de cariátides y atlantes que atravesaban los espacios infinitos para recalar en nuestra casa, que era lo que decía el tío Mary, el más inspirado de cuantos iban por allí. En mi casa casi siempre se hablaba en clave y a veces decían cosas que significaban otras diferentes, como los huevos con tomate, por ejemplo, de los que nunca supe si se estaban refiriendo a los huevos en sí o a algún asunto misterioso del que yo no tenía ni idea, y es que mi madre, cuando lo decía, ponía una cara en la que ya se veía que no hablaba de una cosa cualquiera, o también lo que decía mi hermana de los que montaban en yate...

–¿Y qué decía tu hermana de los que montaban en yate?

–Pues eso, que todas las noches cenaban huevos con tomate –y como yo lo conocía desde pequeño, también me divertía intentando liar a los demás, sobre todo en el colegio, en donde nadie entendía nada.

–No, ahora tengo un juego mejor. Ese de Némesis está un poco pasado y ahora juego al de "Atlantes y Cariátides que se persiguen por el pasillo", pero yo creo que van a ganar las cariátides, sobre todo las que van montadas en portaaviones; se ve venir.

–¿Y eso qué es?

–Pues es como lo de la merluza con mayonesa, ¿no sabes lo que es la merluza con mayonesa?, que cuando la cocinera no sabe qué hacer pone merluza con mayonesa, eso dice mi padre..., o croquetas, bueno, que no tiene más que freírlas, o huevos con tomate, que dice mi madre, ¡mira que están buenos los huevos con tomate!, ¿a ti no te gustan...?, a mí me gustan muchísimo y casi todas las noches los ceno, como los que van en el yate, que dice mi hermana.

–¿Tu hermana es esa del pelo rizado de la otra clase?

–Sí. Está un poco loca, pero bueno. En realidad no es mi hermana, sino la amiga de siempre de Rosana.

–¿Rosana es la de los ojos azules?

–Sí, y además la amiga del alma de mi hermana.

... y como Pancracio me contemplaba dubitativo y no decía nada, yo le animaba.

–Sí, no, tienes que venir a verlo a casa, ya verás que número.

–¿Pero tienes las instrucciones?

–No, bueno, yo que sé..., pero tú seguro que puedes averiguar dónde están, a ti te gustará, aunque a lo mejor le gusta más a Jaimito, porque sale una cosa parecida al Partenón y el Partenón siempre está desnudo, ¿no...?

 

 

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Martes, 16 de Diciembre de 2008 17:30 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

CONCIERTO MARÍTIMO

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"La aventura de las luces azules" es la segunda parte (continuación y final) de "Europa barroca", novela de la que he colocado aquí algunos trozos. En "La aventura..." se sigue con la narración de las andanzas de Eduguá, la negra y el cachalote telépata, pues, aunque parezca raro, ellos tres, al final, llegaron a conocerse. Claro, que si uno es telépata, la cosa no tiene tanto mérito... De todas formas, traigo aquí uno de los episodios en los que se da cuenta de las historias que Eduguá se traía en el océano Atlántico para ir a visitar a su amigo de los mares. 


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Concierto marítimo

Cuando, aquella vez, llegamos Javi y yo al lugar de la cita, un lugar cercano a la costa en un mediodía radiante del mes de mayo, Eudoxio ya estaba allí; fue la primera vez en que llegó antes que nosotros. Estaba con dos congéneres, dos cachalotes tan grandes como él y de los que, por la mañana y con la voz de la abuela, me había dicho,

–No te preocupes, son amigos míos, los conozco desde hace muchos años. Uno de ellos es Crispincín. No es hijo mío, pero le eduqué yo en la manada que fundé. Ahora él tiene la suya propia, aunque al Ártico solemos subir juntos. El otro es el patriarca del grupo más grande que jamás conocí, ¡una manada de más de doscientas hembras!, aunque para manejarla tiene ayudantes, claro es. Él no emite luces azules pero está muy interesado en nuestra relación. Se lo conté, y me pidió que alguna vez le llevara a uno de nuestros encuentros. No te importará, ¿verdad?

Yo contesté,

–No, en absoluto. ¿Son también músicos tus amigos?

–Bueno, en los viajes solemos cantar juntos, pero no se puede decir que conozcan la música de los humanos. Se lo he explicado, y me ha dicho que tomará buena nota de lo que suceda.

Luego yo me acordé de algo.

–¿Has vuelto a tener noticias de los que nos miran desde la estrella?

–No, ya sabes que ellos no se molestan por nosotros. Cuando se manifiestan, lo hacen de manera inequívoca. ¿Por qué me preguntas eso?

–No, en realidad por nada. Yo aproveché aquella ocasión para pedirles un favor y no sé qué habrá sucedido. Fue mi madre quien apareció en su nombre, pero de momento no han dado señales de vida.

–Bueno, hay que tener paciencia, el olvido no entra en sus planes. Si deciden complacerte, te darás perfecta cuenta.

Cuando llegamos al lugar convenido, los tres cachalotes nos hicieron un recibimiento propio de su especie, la denominada Physeter macrocephalus, expresión latina que significa "soplador cabezón". Nos recibieron con un gran concierto de bocinazos, mugidos y resoplidos en todas las frecuencias, y luego nos rodearon y mostraron bien a las claras su alegría, y para que no quedara duda ejecutaron una serie de danzas y saltos, a los que mejor habría que calificar de panzazos, que dejaron al barco y a nosotros chorreando. Javi levantó las manos y gritó, ¡eeeeehhh, quietos, nos rendimos!, y aunque no entienden el español lo comprendieron perfectamente. Bucearon un poco y se colocaron simétricamente, mirándonos con atención y ronroneando como gigantescos gatos. Javi y yo nos bañamos en el mar, un baño siempre viene bien para relajar el cuerpo y despejar la cabeza, y luego empezamos a pensar en comer algo, porque lo que nos había llevado hasta allí, la música, no comenzaba hasta el atardecer. No sé cuál es el motivo de que a los cachalotes les gusten los cánticos vespertinos, pero es así.

Entonces Eudoxio levantó la cabeza, soltó uno de su horripilantes gritos y se sumergió, desapareció bajo las aguas y sus amigos no tardaron en seguirle, desaparecieron los tres. Javi, sorprendido, dijo,

–¿Tú crees que se han ido? –y yo contesté,

–No, en todo caso habrán bajado a comer. Cuando se van, siempre avisan antes. Podíamos aprovechar también nosotros. ¿Qué tenemos por ahí?

–Todavía queda guiso de la marmita de Petra.

–Bueno, pues vete calentándolo.

Yo estaba mirando la superficie del mar cuando uno de ellos apareció de improviso. Apareció lejos, a media distancia, y se quedó allí, observándonos. Yo le hice señas con la mano y luego apareció el otro, que se puso a su lado. Me miraban como si estuvieran muy interesados en algo, yo me preguntaba en qué, y miré a mi espalda..., y en ello estaba, cuando de repente oí un ruido conocido. ¡Eudoxio, y sus inconfundibles trompetazos, emergía junto a nosotros!

Aquello fue como un huracán, y en un primer momento creí que nos hundía. La cabeza del cachalote apareció sobre las aguas tumultuosamente, muy cerca, y de ella salió una ola, o eso me pareció. Salió muchísima agua que me cayó encima, me empapó y llenó el barco, escurrió y volvió a caer por los imbornales a su lugar de procedencia mientras miles de objetos culebreaban en todo lo que me era dado ver, todo se había llenado de pequeños objetos blancos que se movían e intentaban huir desesperadamente. Javi subió las encharcadas escaleras corriendo, ¿qué ha pasado?, ¿qué es esto...?, y yo solté la carcajada. ¿Cómo no se me había ocurrido antes...? Eudoxio nos había llenado el barco de calamares.

Efectivamente, lo que había en la bañera eran unos cefalópodos pequeñitos, maravillosos, de los que yo no había vuelto a ver desde que era pequeño, cefalópodos de verdad, sin ningún cruce genético de tipo industrial, sin conservantes ni colorantes ni atomizantes ni nada de eso, y vivos, a juzgar por el follón que había en la bañera. La gran mayoría había caído al mar, porque el escupitajo de Eudoxio había sido monumental, pero los que habían quedado en el fondo, que Javi y yo, tan estupefactos como es de imaginar nos apresuramos a recoger, estaban vivos; debían de ser abisales y frescos, vamos, recién pescados. Eudoxio, que debía de subir directamente desde abajo, desde varios centenares de metros, a lo mejor más, había cogido un puñado, para él un bocadín, para nosotros un banco entero, y sin más nos los había escupido encima.

–Los humanos prefieren los maganos porque tienen la dentadura sensible, esto ya se apuntó, y ahora vais a saber vosotros, humanos de vuestro tercer milenio, lo que es el pescado fresco; de esto ya no se acuerda casi nadie. ¡Ahí va...!

Acto seguido nos metimos en la cocina con aquel tesoro, y con lo que teníamos almacenado hicimos un guiso de los que poca gente ha conocido. Lo he dicho mil veces, ya nadie se entera de nada, y de aquello tampoco porque Javi y yo, en cuanto la preparación estuvo a punto, media hora después, nos apresuramos a comérnosla, y eso que nos salió una enorme sartén que incluso rebañamos con pan duro. ¡Maganos con toda la tinta!, pimiento verde, aceite de alguna aldea de Zamora, ajos de la ristra, un montón de tomates que previsoramente llevábamos, una gran cebolla roja..., aquello fue todo, y para cocerlos añadimos agua del mar, así que, ¿qué más querrían oír ustedes...? Pues aún diré que guardamos con todo cuidado los sobrantes para ocasión posterior, y que mientras estuvimos merendando aquella maravilla Eudoxio y sus amigos desaparecieron, debieron de irse a merendar ellos también, se sumergieron y estuvieron un rato por allí abajo, y luego, cuando hubimos acabado, con el buen cuerpo que te dejan estos alimentos, volvieron a subir y se dedicaron a dar vueltas alrededor de nosotros muy despacio, como esperando algo, y entonces Javi cogió la gaita y yo la trompeta, y mientras se desarrollaba el crepúsculo, mientras el Sol se ponía allá lejos con sus acostumbradas luces, primero naranjas y luego más rojas, y al fin, cuando desapareció del todo, ante un público formado por dos catodontes adultos y expectantes dimos un concierto como nunca antes oyeron las olas del mar ni ninguna de las ninfas del océano, un concierto marítimo y crepuscular, un concierto en trío para trompeta, gaita y continuo. El continuo lo hacía Eudoxio, que a veces parecía un órgano de tubos y a veces un violonchelo cósmico, ¿o era una viola de gamba cósmica...?, no sé, e incluso a veces el instrumento del continuo por excelencia, el clavicémbalo. A partir de ahora te voy a llamar Juan Sebastián. Para algo tenían que servir las conversaciones de puerta chirriante, y modulas con suficiencia, parece que te ha enseñado alguien. Claro, que después de tanto tiempo ensayando juntos, algo habrás aprendido...

Esta idea se la brindo a futuros músicos, o a músicos del futuro. Yo creo que se puede desarrollar mucho.

 

 

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Viernes, 31 de Octubre de 2008 18:59 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Don José, el cuclillo

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En mi libro "Animales y otros fenómenos eléctricos" se encuentra esta historieta, que es la más corta de las que lo componen.

 

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Don José Cuclillo era un pájaro al que molestaban los ruidos. Le molestaba, claro es, el fragor de los automóviles que de vez en cuando transitaban por la cercana carretera comarcal, y le molestaba el remoto ruido del tren de mercancías que resoplaba allá a lo lejos, sólo un poco más acá del horizonte, así como el de su primo hermano, el retumbo del trueno apartado, anunciador de próximos aguaceros en los bochornosos atardeceres del verano, pero le molestaban también, ¡y de qué manera!, las distantes voces de los labradores, e incluso en determinadas ocasiones, cuando la primavera avanza y parece que va a llegar el estío, las cantarinas risas de las labradoras. Puestos a exagerar, porque don José, para esto de los ruidos, la verdad es que era un poco exagerado, bien podríamos decir que le molestaban los zumbidos de abejas y moscardones en su incesante ajetreo, y hasta el susurrar de las hojas en otoño, que ya es decir..., pero lo que más le molestaba, ¡ay!, lo que más le molestaba de todo, quizá porque era lo que más cerca tenía en aquella campestre paz a que desde pequeño estaba acostumbrado, eran los cánticos de los individuos de su clase, sus parientes cercanos y lejanos, las avecillas.

A don Pepe, el cuco, le molestaba muchísimo el chirriante graznar de la urraca, el "guec guequec" del pardillo común, el cuchichí de la perdiz, el crotorar de mamá cigüeña y el mismísimo cucú de sus hermanos. A don José, a don Pepe, por expresarlo con claridad, le molestaba prácticamente todo.

¡Ah!, no diría eso si hubiera encontrado a un pinzón real, un escribano palustre o un mirlo blanco, esos pájaros cuyos solemnes trinos, tan acordes con la espesura en que se producen, no tienen nada que envidiar al virtuosismo desplegado por algún avezado (¿y enamorado?) flautista. Don José, para mayor inri, ¡qué le vamos a hacer!, tampoco había conocido nunca a un pájaro órgano...

Lo que más le fastidiaba eran las horas previas al amanecer, esos momentos en que el reino alado, cuando aún es de noche, saluda al nuevo día.

–Pero..., ¿será posible? ¡Y todas las mañanas lo mismo!

Don José, puesto que con el jolgorio que se armaba resultaba imposible pegar un ojo, se internaba en la fronda renegando y maldiciendo con las mil y una maldiciones del libro en el que están escritas las más exageradas ofensas.

–¡Tañedores de ruido rosa!, ¡amantes del quodlibet...!, y digo poco: ¡biznietos de Satanás! Así os veáis atravesados por las más negras flechas de Orión, el cazador por antonomasia, y bla bla bla...

... y todo ello acentuado por la temprana hora, porque don José, como no es difícil imaginar, por las mañanas sufría de acidez y otros males estomacales.

Y ya que hablamos de amaneceres, ¿qué decir de los ocasos, la hora preferida por las bandadas de estorninos para expresar sus sentimientos, cuando en su emigrar se posan en las copas de los pinos piñoneros? ¡Bueno!, aquello sí que era superior a su fuerzas...

–No, no puedo, ¡no puedo! –decía don José horrorizado, y tapándose los oídos con las alas corría a esconderse en lo más recóndito de la selva.

–Y además, por si fuera poco..., ¡extranjeros!

 

Don José Cuclillo, que era un cuco serio, un cuco muy puesto en su acallador papel, pasaba el día reprendiendo a sus semejantes para que no alborotasen.

–Señora tórtola, ¿no se da usted cuenta de que...?

–Pero, don José, comprenda usted que tengo que emitir el grito nupcial. Si no, ¿cómo me iba a encontrar mi tortolito?

Don José, para algunas ocasiones, guardaba un mínimo de tolerancia.

–Vale, vale, pero, por favor, modere usted esa dinámica.

Don José, el cuclillo, por aquello de sus aficiones, conocía las voces musicales. Decía dinámica en vez de volumen, y decía también sordina, en vez de silencio. Un piquituerto común, su más próximo vecino, un pájaro que era un poco sordo –o que se hacía el loco, eso no lo sabemos–, con ayuda de un amiguete, un verderón serrano, un verderón bastante descarado –todo hay que decirlo–, intentó un día introducirle en los arcanos de la polifonía.

–Ustedes, jovencitos, ¿nunca oyeron hablar del debido respeto a los mayores?

–Pero, ¡hombre!, don José, no ponga usted esa cara. ¡Si sólo estábamos intercambiando impresiones!

–Sí, sí, impresiones... ¿No conocen, por ventura, las más altas virtudes de la sordina?

Allí se montaba la gran polémica, pues de sobra es conocida la condición polemista de los verderones.

–¿Así que no cree usted en los dominios de la afinación y las proporciones?

Don Pepe, el cuco, los miraba con bastante mala uva.

–¿Querrán estos arrapiezos cachondearse de mí? –pensaba para su adentros.

–Pío pío pío..., pío pío pío...

–¡Fui fui fui...!

–¡Prruit prruit prruit...!

–Pío pío..., pío pío pío pío...

Don José, desesperado, se cambiaba de rama.

–¡Hablarme a mí de polifonía! ¡Atreverse a hablarme a mí de polifonía! No, si cuando yo digo que estamos todos locos...

Luego don José, para tranquilizarse, se echaba unos vuelos, en el curso de los cuales solía mirar de reojo hacia arriba, porque don José nunca descuidaba su cenit. Por allá arriba, muy lejos, sólo un poco por debajo de las nubes, planeaban con todo descaro los piratas del aéreo mundo de las aves, aquellos incansables trotamundos que a su justa fama de bandolerismo unen la de carroñeros, las rapaces..., porque, ¿qué decir de las rapaces, con sus estentóreos gritos de burla? Don José, cuando volvía a arborizar, las miraba desde su alta rama y renegaba por lo bajo, aunque prefería callarse. Don José, después de todo, era muy prudente y se hacía perfecto cargo de sus limitaciones.

–No, con esas no me meto. ¡Que griten, si quieren...! Por si acaso.

 

Así estaban las cosas, cuando un día... Sí, un día, un día en que a intempestiva hora, las cuatro de la tarde, sonó, a lo ancho y largo del bosque, el grito del cuco...

–¡Cú... cú...!

... don José no pudo por menos de estremecerse.

–¡Y un congénere, además!

Don José, que con el paso del tiempo había afinado su oído –aquello fue su perdición–, remontó el vuelo dispuesto a buscar y encontrar al poco discreto cucúlido.

–¿De dónde viene? De allí... No, de allí...

Don José, de aquí para allá, no daba con el escondite del escandaloso pájaro, que una y otra vez...

–¡Cú... cú...! ¡Cú... cú...!

Don José estaba a punto de volverse loco.

–¡Ay, Dios mío..., ay, Dios mío...! ¡Cuando lo encuentre...! ¡Cuando lo encuentre va a ver! ¡Sí, cuando lo encuentre..., que no le pase nada!

Don José voló y voló en todas las direcciones posibles, y al poco rato creyó adivinar la procedencia de los destemplados gritos.

–¡Ahora, ahora sí que te he pillado!

Don José se lanzó en picado hacia aquel grupo de árboles y...

¡Nunca lo hubiera hecho! De la espesura surgió un nuevo ruido, un horrísono ruido, un ruido que de ninguna manera se esperaba. Allí sí que sonó un ruido fuerte, sí, allí sí que se oyó un ruido inesperado, con lo poco que le gustaban los ruidos a don José..., ¡qué horror!, ¡pum..., pum...!

Don José, alcanzado en medio de su justiciero corazón por la redonda posta, no pudo por menos de pensar,

–¡Qué fatalidad! ¡Ahora que estaba casi a punto de...!

Luego cayó como una piedra al suelo y, como dicen por ahí, entregó su alma.

El cazador que le había matado, un cazador anónimo y bajito, un cazador del montón, un cazador que andaba soplando uno de esos reclamos que venden en las tiendas de cazadores, al verlo, cuando se lo trajo su perro, se dijo,

–¡Vaya!, un cuclillo... ¿Y qué hago yo ahora con un cuclillo?

 

 

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Miércoles, 15 de Octubre de 2008 13:44 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

El principio de EUROPA BARROCA, segunda parte

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Continúa el texto anterior, que pertenece a la novela llamada "Europa barroca", de la siguiente manera:

 

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–¡Hay que ver, qué original!

–Sí, ¡vaya manera de recibir al Milenio...! ¡Qué maravilla!

–¿Al Milenio...? Pero ¿usted cree...? ¿No era el año pasado?

Mi tío Eduardo, quien a la postre iba a ser mi padrino, estaba en plena subida.

–Mi querida señora, veo que no está usted muy informada sobre las peculiaridades del calendario.

La tal querida señora, que iba vestida de época y era una de sus más antiguas y afamadas queridas, puesto que si mi tío Eduardo se distinguía por algo, era por lo putero, y eso se le notaba incluso de mayor, no dejó pasar la ocasión. A la tal señora le iba la marcha como a un tonto un lápiz.

–¡Edu!, no me mientas. Tú sabes algo que yo no sé...

Mi tío Eduardo, que con mujeres cerca se transfiguraba y manejaba una cadena de agencias de viajes, conocía el asunto de memoria.

–Pero, mujer, ¿tú sabes la cantidad de dinero que hemos ganado con la historia del Milenio? Chist, calla, no digas nada que esto es un secreto... El año pasado les vendimos el cambio de siglo y de milenio..., (celebre usted en las Maldivas, o en ese sitio al que va todo el mundo..., Waikiki, o como se llame..., o en Indochina, ¿o por qué no en la punta del Kilimanjaro...?, el acontecimiento de su vida..., etc.), y este año hemos vuelto a hacer lo mismo. La idea ha sido de un asesor que tengo que..., ¡ja, ja! Los del Consorcio nunca habían ganado tanto dinero. La gente es que debe de ser idiota, cada vez me lo parece más.

Al lado de mi tío había un ministro que asentía a todo, como tiene que ser. Ya se sabe, poderoso caballero es don dinero.

–Sí, es que es idiota, es idiota, ya lo digo yo...

Mi tío Juan, que era importador de champagne, estaba totalmente de acuerdo. Mientras se dejaba atar al pesebre por un camarero de muy buenas maneras, tres cuartos de lo mismo.

–Me pregunto cuánto vale un número del Almanaque Astronómico Internacional... Así, los que no lo saben saldrían de dudas.

–Calla, hermano, ni una palabra.

–Tiene gracia la ignorancia de la gente. Sin embargo, cuando se trata de pagar a la Hacienda Pública, todo el mundo conoce muy bien la fecha. Nadie dice, que no es este año, que es el que viene... ¿Cómo es posible que se dejen engañar de esta manera?

La cena fue exquisita. Primero sirvieron ostras, ostras con champagne francés, ostras a punta de pala en fuentes descomunales que los camareros dejaban en los pesebres. Luego una cosa verde en copas de fantasía, sorbete de apio o una ridiculez de ese estilo, porque el tío Aldy había traído a un cocinero suizo de renombre para que dirigiera la operación y todo estaba saliendo a pedir de boca. A continuación una ensalada de fábula, que, entre sus ingredientes, si vamos a creer las tarjetas que se imprimieron y yo vi de mayor, contaba con lombarda, remolacha con rábanos silvestres, esterlet mariné, trufas cocidas en champagne, esturión ahumado, filetes de perdiz, caviar, lengua de reno y jamón de alce. ¡Allí no se andaban con tonterías! Después marisco, langostas, cigalas, percebes... Los camareros no paraban de dar vueltas y no se vio ni una sonrisa, aunque imagino que en la cocina el cachondeo sería total. Por fin, lenguas y solomillos de bisonte, para lo que se había hecho una verdadera matanza en la ganadería, pero, claro, una ocasión es una ocasión.

Luego sonó un gong y el tío Aldy se desabrochó la cebilla, que no era fácil, y salió al estrado ante la expectación general. Le trajeron un micrófono en una bandeja y el tío Aldy habló. En su cara se adivinaba una cierta burla, aunque la mayoría de los presentes pensaron, seguramente, que ello se debía a aquel momento tan especial.

–Señoras, señores... –empezó con su habitual sorna, aunque nadie se dio cuenta de nada–, son las doce menos cinco de la noche, o las dos menos cinco en los países civilizados, y, como ustedes saben, vamos a cambiar de milenio de un momento a otro. Yo les ruego que esperen un instante mientras nos traen los postres..., porque ahora viene..., la última sorpresa... ¡La sorpresa del Milenio!

Los invitados, que debían de estar todos muy borrachos, prorrumpieron en aplausos entusiasmados en espera de la anunciada aparición, y mi tío depositó el micrófono en la bandeja. Entonces, con su mejor sonrisa y mientras la mayor parte de los presentes miraba hacia la puerta por donde entraban los camareros, sacó un mechero, se agachó y pegó fuego a media docena de tracas que, en secreto, había colocado el francés de la chistera y corrían bajo los pesebres a todo lo largo de la enorme habitación.

Los invitados, amarrados como estaban, al principio no se dieron cuenta de lo que sucedía, pero cuando comenzaron a sonar las explosiones, y no eran petarditos de feria, no, que eran como bombas de terroristas, el pánico se desató y más de uno estuvo a punto de morir estrangulado. ¡Allí fue Troya! Los gritos, las explosiones, los aullidos, los juramentos, los vanos intentos de desatarse, las patadas al aire, todo era lo mismo...

Mi madre, María, a quien en su juventud habían llamado María la superbuena –y esto por razones obvias–, embarazada de siete meses de su tercer y último hijo, se desvaneció primero, se quedó colgando luego de la cebilla..., y a continuación me abortó, allí, en mitad, ante todo el mundo, aunque tampoco se podría decir que estuvieran todos mirando. Yo, de repente, empecé a salir entre sus piernas como si fuera un monstruo mientras las explosiones se sucedían a mi alrededor, y a lo mejor es por eso por lo que siempre he sido un poco sordo. Mi tío Eduardo, que era una mula, y además médico, aunque no ejerciera, al ver el panorama pegó tal tirón a la cebilla que la arrancó de la pared, y con ella al cuello se quitó la chaqueta, me envolvió y me sacó de allí; debió de ser por eso que le hicieron mi padrino y me pusieron su nombre. De mi madre se olvidó todo el mundo pero no le sucedió nada, perdió un poco de sangre pero no hubo más, aparte de que casi se estrangula. Mi madre estaba hecha de muy buena pasta, se notaba a distancia, y a los pocos días ya estaba como una rosa y dándome de mamar, o por lo menos eso se cuenta.

La gente, los que habían conseguido soltarse, los camareros, en fin, todos, porque aquello no se lo esperaba nadie, corrían e intentaban salir huyendo, y los escoltas de los diversos políticos, que estaban cenando en la cocina y entraron en cuanto sonó la primera explosión, empuñaban sus pistolas mirando a todas partes y corrían de un lado a otro sin saber qué hacer ni qué decir.

–¡Señor gobernador, señor gobernador, por aquí, por aquí...! –o bien– ¡señor ministro, póngase aquí, al suelo, al suelo...!

El señor gobernador, o el señor ministro, enfundados en sus trajes marrones eran llevados en volandas de un lado a otro, los políticos de menor rango huían bajo una lluvia de fuego y los diversos artistas aullaban en medio de la confusión; el cura que salía en la tele se cagó. Yo, todo esto, aunque estaba allí en medio, sólo lo conozco de oídas, claro. Y además, hubo dos heridos. Uno fue un camarero, a quien uno de los policías pegó un tiro en una pierna por moverse a destiempo, y el otro, o mejor, la otra, una de aquellas vedettes televisivas invitadas que casi se descoyuntó con la cebilla al intentar salir por donde no podía ser.

Mi tío Aldy, que lo tenía todo previsto, salió corriendo, se montó en su coche, un todo-terreno descomunal que parecía un camión y en donde le esperaba una de sus legendarias amantes, se subió a la loma de enfrente, apagó las luces y, con unos prismáticos, estuvo dos horas riéndose y observando a distancia las secuelas de su elaborada y pesada broma. ¡Acabaron llegando hasta helicópteros! Luego sacó una botella de champagne –y Dios sabrá qué más cosas–, encendió la calefacción y se pasó la noche cohabitando, por decirlo de una manera fina, pero es que no era para menos, ¡el cambio de Milenio...! Mi tío Aldy, por aquellos tiempos, ya tenía más de cincuenta años pero estaba muy bien conservado, lo que también ha sido siempre de familia.

Como había instalado una cámara de vídeo para filmar lo que sucediera, yo tuve ocasión, de mayor, de ver mi nacimiento en directo, que no le ha sucedido a todo el mundo. La cámara funcionó durante dos horas y nadie reparó en ella. Luego se apagó. Al cabo del tiempo, cuando ya era mayor, el tío Aldy me regaló la cinta.

–Toma, para ti, esto sí que es tuyo. Quédatela tú.

Yo conocía su existencia pero nunca la había visto, sólo había oído hablar de ella, así que aquello me gustó, claro, porque de los sucesos que tienen lugar cuando eres muy pequeño, luego, de mayor, no te acuerdas de nada.

–Vale.

El que más se enfadó fue mi padre, y por lo visto estuvo tres meses sin hablar a su hermano, y eso que mi padre también las había hecho pardas, como cuando cagó en el piano, dentro, que tocaba la abuela, que era un Steinway blanco de cola que casi no cabía en el salón, pero el tío Aldy, que se las sabía casi todas, se las ingenió para que aquello no fuera a más.

–Pero, hombre, ¡qué mala suerte...!, también es mala suerte..., ¡con lo que yo quiero a María! ¿Cómo iba a hacerle eso? ¿Quién iba a hacer algo así...?

... y lo que decía era verdad. El tío Aldy a mi madre la adoraba, y debió de ser una de las pocas mujeres que le gustaron –porque que le gustaba estaba claro– a la que nunca tiró los tejos. Mi tío Aldy era un cafre para algunas cosas, pero así y todo también tenía sus normas. A mí siempre me cayó muy bien.

Y en cuanto a los políticos, las vedettes, los policías y todos los demás, el asunto se saldó de la forma más simple. Al final le pusieron una multa, que para mi tío era una multita, por algún peregrino motivo de esos que genéricamente se conocen como "alteración del orden público". Está claro que no hay como pagar el impuesto revolucionario, y él lo pagaba, lo sé de buena tinta. A la vedette, en cambio, que casi se había descoyuntado y le había puesto un pleito, le echó tres o cuatro polvos y aquí paz y después gloria.

Poca paz, ahora que lo digo, y menos gloria, es lo que nos depara la vida, pero eso no quita para que en toda ocasión y momento nos mostremos optimistas. Sí, porque desde los espacios etéreos, los infinitos espacios de allá arriba, alguien nos mira y de ello no tenemos ni idea. Disimulemos.

 

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De tal forma finaliza la primera parte del primer capítulo de "Europa barroca", novela de aventuras que se extiende a lo largo de cuatrocientas páginas; y no sólo eso, sino que, además, cuando se acaba sigue en otro libro de igual tamaño, lógica continuación del anterior y que se llama "La aventura de las luces azules".

 

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Lunes, 22 de Septiembre de 2008 11:37 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

El principio de EUROPA BARROCA

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Traigo hoy un trozo de otra novela. Se trata de "Europa barroca", una historia que recorre la primera mitad del siglo XXI y está narrada en boca de tres personajes: la negra, muchacha que nació en la selva caribeña, emigró al primer mundo y, contra todo pronóstico, hizo carrera; un cachalote telépata que habita en el seno de una de las innumerables manadas que hay en el océano Atlántico, y Eduguá, español que nació con el milenio, precisamente el 1 de enero de 2001. Este libro comienza así:

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 El principio

Aldy, el tío Aldy, era hermano de mi padre, y digo era porque murió hace algunos años de una pancreatitis fulminante; descanse en paz. Mi tío Aldy era el mayor de cuatro hermanos y el más bestia de los cuatro. Mi tío Aldy y sus tres hermanos, mi padre, el tío Eduardo –que, además, era mi padrino– y el tío Juan, el pequeño, no trabajaron nunca porque no les hizo falta, pero ellos decían que si no lo habían hecho era porque estaba mal visto. Esta era la típica broma familiar, y cada vez que se traía a colación las carcajadas se oían tres o cuatro pisos por encima y por debajo. Los vecinos, cuando los había, no decían nada porque ya estaban acostumbrados.

Mi padre y sus tres hermanos heredaron tal cantidad de dinero de su padre, mi abuelo –aunque en realidad fue de su madre, mi abuela, quien a su vez lo había heredado de su padre, mi bisabuelo–, que se pasaron la vida dando tumbos a lo largo y ancho del planeta, y eso porque entonces todavía no habían comenzado los viajes siderales, que si los hubiera habido habrían dejado sus huellas por todo el Sistema Solar.

Mi abuelo era de Burgos, de un pueblo de Burgos que está por la parte de la Bureba. Eran dos hermanos, mi abuelo y una chavala; de mayor debió de ser una señora, pero en las escasas fotos que había en casa, fotos de los años treinta del pasado siglo, no pasaba de ser una chavala. De joven se casó con un argentino medio italiano y se fue a vivir a Argentina, de donde nunca volvió. Los que sí volvieron fueron sus descendientes, y hoy en día siguen haciéndolo, aunque yo ya no los veo mucho. Cuando yo era pequeño, un verano sí y otro también aparecían por casa unas señoras desconocidas, e incluso hijos suyos que eran de la edad de mi padre y mis tíos, con un hablar meloso, muy simpáticos todos, que decían que venían a conocer a la familia, de la que nosotros éramos los únicos miembros europeos. Debían de ser unos pastas, porque contaban que allí, en su tierra, en Argentina, en una provincia del norte que se llama Misiones, tenían una finca con plantaciones de té que para recorrerla había que ir en avioneta, y cuando venían reunían a todos los que podían, tíos, sobrinos, etc., y nos llevaban a comer a sitios fantásticos, Lhardy, el Ritz, sitios de esos, cerraban un comedor y organizaban un banquete pantagruélico. Esto lo hacían todos los veranos. Luego se iban a Viena, a Italia, a Praga, se hartaban de hacer turismo. En Navidad mandaban christmas y fotos del verano, de los banquetes, en donde salíamos todos.

De mi abuelo, aparte de estos recuerdos familiares, poco puedo decir. Era músico, pianista, tenía barba, comía alubias y merluza todos los días y daba conciertos, es todo lo que sé, aunque la vena musical se transmitió a sus descendientes porque en mi familia hubo unos cuantos músicos. El tío Juan pasó por una temporada en la que le dio por tocar la flauta, y tocaba bastante bien, y Pedrito, mi sobrino, fabricaba instrumentos; inventó un aparato que era medio guitarra y medio zanfoña, y lo tocaba a veces con los dedos y a veces incluso con arco. El Cacho Madera, mi hermano, también tocaba el piano, aunque en comisaría, y yo mismo estuve haciendo de hombre orquesta una temporada, pero de eso ya hablaremos cuando llegue el momento. De mi abuelo no me acuerdo en absoluto porque no llegué a tiempo de conocerle.

Mi abuela... De ella sí me acuerdo. Era colombiana, muy rara, negra arrubiada, medio india, medio criolla o medio cuarterona, nunca lo supe, nunca lo entendí, pero por lo visto es lo que en castellano se conoce como tentenelaire –o algo por el estilo–, por lo que en la familia todo el mundo la llamaba Tente y asunto concluido. Mi abuela Tente era impresionante. Había llegado a medir más de uno noventa, y de mayor, aunque no tanto, seguía siendo muy alta. De joven había jugado a un deporte entonces no muy conocido, el baloncesto, e incluso fue campeona de algo en cierta ocasión. Su padre, o sea, mi bisabuelo, era un ricacho colombiano que decía que había hecho todo su dinero con el café, aunque cuando se bebían muchas copas, como en la tarde de Navidad, sus nietos se caían por el suelo de risa con la historia del café y los cafetales, sacaban unas maracas y acababan cantando a voz en cuello aquella de, "cuando la tarde languidece y bajan las sombras...", o sea, la de Moliendo café, o si no la de, "ay mamá iné, ay mamá iné..., todo lo negro tomamo café". ¡Buenos eran mis tíos...! Mi abuela Tente, que era muy alta y tenía unos hablares muy dulces, cuando la cabreaban sacaba a relucir su genio y se liaba a dar gritos. Llamaba a sus hijos inútiles, chapetones y zarrapastrosos, amenazaba con desheredarlos, y una vez, precisamente en una de aquellas comidas navideñas, hizo venir a casa a las seis de la tarde a un notario y se lió a redactar un nuevo documento en el que testaba a favor de cierta secta que existía entonces y de la que no voy a decir el nombre para no dar pistas. El notario, por cierto, que tenía el bigote blanco, hacía unas reverencias... ¡Y luego dicen de los notarios!

Mi abuela Tente... Bueno, ya hablaremos luego de ella. Yo estaba contando la historia de su primogénito, mi tío Aldy, el hermano mayor de mi padre, pero ahora que lo pienso, tampoco era eso, me estoy expresando mal. La que estoy contando, en realidad, es mi historia, estoy empezando a contar mi historia, y mi historia, aunque resulte muy novelesco y como traído por los pelos, comenzó con un milenio, justo con el comienzo del tercer milenio según el cómputo occidental, porque yo nací –aunque ya digo que parece un poco rebuscado– un cuarto de hora después de que comenzara, sí, y bien medido, medido según las normas de nuestro habitual calendario gregoriano, ese que usamos todos los días. Lo de mi tío Aldy, que fue el causante de que yo naciera precisamente cuando nací, fue como sigue.

Mi tío Aldy sentía una gran afición por los animales. Su casa, un piso enorme con piscina en la terraza, estaba llena de gatos, de pájaros de todas clases, gorriones, palomas, perdices, unos en jaulas y otros sueltos, incluso tucanes y guacamayos multicolores, azules, verdes, rojos, guacamayos que volaban de un lado para otro, se posaban en las esquinas de los marcos de unos cuadros gigantescos que debían de valer un dineral y se peleaban continuamente; también de tortugas que vegetaban en el pasillo e iguanas enanas que se arrancaban las colas como si fueran lagartijas... Los perros los tenía en el campo, en varias fincas a las que a veces iba a cazar y en donde criaba faisanes, perdices, pollos, cerdos, venados y hasta bisontes. Sí, bisontes, bisontes que había traído de América del Norte, bisontes como los de las antiguas películas del oeste y a los que intentó cruzar con vacas, aunque, según creo recordar, sin mucho éxito, porque en los cruces el vástago es muy gordo y al salir desgracia a la madre. Los cerdos del tío Aldy, por su parte, no eran como los cerdos negros de Indefatigable, que sólo comen aguacates y cuyos jamones lo más seguro es que sepan a guacamole, no; los cerdos del tío Aldy eran cerdos granilleros, cerdos de verdad, cerdos negros criados en el campo a base de bellotas y castañas.

Y, por supuesto, caballos. Los caballos, como le sucede a tanta gente, fueron su pasión. Llegó a tener un hipódromo en una finca, un hipódromo reglamentario, y clínica, clínica para los caballos, con quirófano. El quirófano se lo trajeron de Alemania, y por lo que oí luego, cuando me hice mayor, llegaban caballos para operarse de todas partes. En una finca con hipódromo y quirófano, ya se pueden imaginar, las instalaciones eran de superlujo. Cada caballo tenía su casita –las llamaban boxes–, su cuidador, sus horas de paseo, su comida especial..., y para inaugurar semejante instalación organizó una fiesta que había de hacer época, una fiesta que debía ser recordada por los asistentes por los siglos de los siglos. Mi tío Aldy era un poco exagerado, desde luego, y bastante fantasma, pero por otro lado también hay que pensar que tenía dinero de sobra para permitírselo.

El tío Aldy, que quería pasar a la historia como fuera, inauguró aquellas vastas instalaciones, para que nadie lo olvidara, en una fecha señalada, el 31 de diciembre del año 2000. El programa que había ideado era completísimo, y del público asistente no digamos nada. Vinieron varios políticos de renombre nacional, ministros, un portavoz parlamentario, el delegado del gobierno de la provincia, algunos alcaldes de los pueblos cercanos, tres o cuatro vedettes de todos los sexos –entre ellos, un cura que salía en la tele–, media docena de artistas adscritos a los diversos grupos de presión, otros cargos oficiales variados y, por supuesto, la familia en pleno, y todos ellos, como es lógico, acompañados de sus respectivas esposas, en su caso, o queridas y queridos, que de todo había.

A las once de la noche, dos horas antes del paso por el meridiano –porque el tío Aldy era muy meticuloso y tenía la finca prácticamente encima del meridiano de Greenwich, aunque aquello fuera un poco de casualidad–, hubo una recepción de invitados con bebidas, e, imagino, otras clases de drogas, en la descomunal casa de la finca. Luego un concierto en el que se iba a tocar la "Música para los Reales Fuegos Artificiales", acompañada, claro está, por los inevitables fuegos. A aquellos efectos había contratado a una orquesta que tocó la suite completa, sin dejar nada y haciendo las pausas como las escribió Haendel, y a una compañía que, encabezada por un francés con chistera, se iba a ocupar de lo de la pirotecnia. Acabada la música y los fuegos, una hora antes de lo de la medianoche oficial, los invitados entraban a cenar, pero, ¡sorpresa!, la cena iba a ser en una de las cuadras, la más grande, que aún no había sido habitada por los caballos. Los invitados e invitadas debían uncirse al pesebre con la cebilla –o como quiera que se llame a tal pieza–, y allí, amarrados como caballos, o como vacas, cenar; los camareros pasarían sirviendo a todo el mundo, etc. Así de bestia era mi tío Aldy. Sin embargo, tal proposición fue muy bien acogida por el público presente y nadie puso objeciones, más bien al contrario, aunque tampoco hay que perder de vista que el alcohol –y las otras drogas, como decíamos–, habría hecho su efecto.

 

(continuará)

 

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Viernes, 29 de Agosto de 2008 09:22 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Luna de miel

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Una de mis novelas, la que lleva por nombre "Crucita y yo" -lógica continuación de "La efímera vida de Nastasia"-, cuenta la vida de una niña que nunca fue mayor, lo cual es el colmo de las satisfacciones a las que cualquier mortal puede aspirar. Pero no sólo eso, no, que además podría escribir esto otro: 

Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca...; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: maciza espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas...

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido...

¿Aún me escuchan...? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo...


El texto en el que Crucita (que nunca fue mayor) habla de su luna de miel, es este:

... y en los días que siguieron, ¿quieren saber ustedes lo que sucedió? Pues que me fui con Atahualpa a ver en directo la noche de San Juan, la noche de San Juan de aquel año a una playa pequeñita y pedrera del norte de España, una desconocida playa del norte de España en una noche con luna.

En aquel lugar no había fiesta multitudinaria, no, que sólo eran quince o veinte entre chicos y chicas. Todos estaban allí, alrededor de la hoguera, pero sin hacerla mucho caso porque estaban muy ocupados ligando, y tampoco tenían música, la música fue la de las olas del mar. Yo me bañé in púribus, ¡cómo si no!, y Atahualpa también, y un perro que andaba por allí suelto y a su libre albedrío se bañó con nosotros e insistió en sacarnos del agua. ¿Pensará este perro que nos vamos a ahogar? Pues sí, así debía de ser, porque a mí me empujaba con el morro hacia la orilla y aullaba lastimeramente en la medida en que podía, aullaba un poco pero se callaba en seguida, en cuanto tragaba agua. Sin embargo, seguía imperturbable con su trajín de salvavidas, empujándonos y empujándonos mansamente..., y luego fuimos con unas toallas improvisadas a secarnos a la hoguera. La hoguera era una hoguera muy buena, con mucha brasa, para secarse perfecta, y nadie nos miró sino que nos dijeron adiós cuando nos fuimos, ¡hasta el año que viene!, ¡adiós! El perro, en un despiste de los de la hoguera, se comió unas cuantas chuletas que había preparadas en una parrilla al lado del fuego, pero no sucedió nada porque los que allí estaban no se dieron cuenta, se darían cuenta después y el perro se vino con nosotros. Se veía que nos había tomado apego y nos acompañó hasta el coche a buen paso y jadeando, y a partir de entonces Atahualpa y yo cantamos mucho juntos, a lo mejor por las reminiscencias de aquel perro tan listo. ¿Te llamabas Caruso en vez de Tutifruti? Pues otra cosa sería más difícil porque llevabas una chapa en el collar que así lo decía, aunque, ¿quién no cambia de nombre varias veces en esta vida?, pero a nosotros nos inspiraste, y en los días que siguieron cantamos muchísimo por los acantilados del norte, por las llanuras de Castilla la Vieja y los bosques y montañas de aquel mi país, cantamos de noche y cuando hubo luna llena, o casi, porque es difícil acertar.

–¿Qué es lo que es difícil acertar?

–Pues cuando es el día de la luna llena. Ayer parecía que sí pero hoy también. ¿Cuándo es luna llena? ¡Dímelo tú!

–Pero, Crucita, si siempre es luna llena. ¿No lo notas...?

Atahualpa tenía una furgoneta, una Wolkswagen vieja como las de las fotos antiguas, y nos pasamos el verano durmiendo en ella, aunque a veces también íbamos a hoteles, claro, ¿qué se pensaban ustedes?, nos teníamos que duchar, ¿no?, y otras nos bañábamos en pozas que encontrábamos, una vez en un lago fangoso, pero como era al atardecer no lo pudimos evitar, y fue tal nuestra ansia de soledad y purificación –sería para recuperar el tiempo perdido–, que buscamos los lugares más desiertos, los más apartados páramos y las mayores y más escabrosas quebradas del oeste de la provincia de Salamanca. Nos metimos por caminos y más caminos y un día no sabíamos ni en dónde estábamos, se lo tuvimos que preguntar a un señor.

–Sería un pastor.

–Bueno, sí, claro, era un pastor, pero eso da igual. Nos encaminó en la buena dirección y al cabo de un rato pasamos por un lugar muy despacio...

Era un lugar raro, sólo cuatro o cinco casas seguidas al borde del camino, y sin luz, no tenían farolas ni nada que se le pareciera. Nosotros íbamos por aquella carretera tan mala muy despacio y casi había anochecido, y al pasar yo vi algo en una de las casas, ¡para, para!, y Atahualpa paró, yo fui a ver y no me había confundido. Dentro de un oscurísimo portal de piedra brillaba la luz de un candil macilento, de un quinqué birria; yo al principio no me lo tomé en serio, pero me equivoqué, como tantas veces. ¡Jolín!, es que las cosas son difíciles, ¿quién es capaz de acertar a la primera? Eso no lo puede hacer nadie, ni mi hermana, que lo sabe todo... Pues la señora, la del candil, nos dio unas sopas de ajo que no se pueden describir. Estaban buenísimas, todas llenas de algo sutil que no era grasa ni huevo ni ajo ni jamón; debía de ser la legendaria esencia del famoso pan de azahar, de la que tanto se ha escrito y nadie sabe dónde está, y yo creo que ahora debería hablar de esto.

A lo mejor resulta que la materia íntima del pan de azahar es la quintaesencia encubierta de la sopa de ajo y reside en el pantano de Aldeadávila. En la cumbre de su presa se rodó el Doctor Zhivago, bueno, un trozo, cuando la hija de la chica habla con el comunista, al final, y eso es bastante poético, casi tanto como lo de los panes famosos. El pan de oro... Eso, ¡jo!, ese sí que es poético, ¡el pan de oro!, sí, pero también el pan de azúcar, el pan de pueblo y el pan comido, ¡jolín, en menudo lío me he metido...! Bueno, el pan candeal y el ázimo, el pan eucarístico, el de flor, el de molde, el de munición y el de pistola..., ¿pero adónde vas?, no, es que ya que he empezado..., aunque sólo me quedan el pedazo de pan, el de salvado, el fermentado, el francés, el integral, el que es como unas hostias y el nuestro de cada día; también contigo pan y cebolla. Fuera como fuese yo sólo puedo decir que aquellas fueron las mejores sopas de ajo que había comido nunca, y pensé, esto se lo tengo que contar al Rockero, a él seguro que le va a interesar, y por la noche, cuando estábamos allí, en mitad de aquellos inacabables yermos, dentro de la furgoneta y con todas las ventanas abiertas...

–Mejor, ¿no?

–¿Mejor qué?

–Pues que es mejor estar con las ventanillas abiertas. ¡Hace tan bueno...!

–Sí, eso sí; y se ven las estrellas...

–Sí, y los planetas.

–Es verdad; y los planetas...

–¿Tú sabes cuáles, de todos estos cuerpos luminosos, son planetas...? ¡Mira, ése es un planeta!

–¿Ese que brilla más?

–Sí, es Júpiter; Júpiter y su blanca luz... ¡Pero agárrame...! –porque nosotros habíamos salido afuera, mirábamos al sur, estábamos sentados en el suelo con la espalda apoyada en el parachoques y a mí se me ocurrió una nueva idea.

–Oye, ¿sabes lo que te digo? –y como lo debí de pronunciar con extraña voz, Atahualpa me miró temeroso.

–¡Ostras, a ver...!

–Pues que con mi anterior novio, el famoso Rafa, yo no sentía nada, me doy cuenta ahora... Era un asqueroso y todo lo hacía fatal; menos mal que lo metí en cintura, que si no, seguiría haciendo de las suyas... ¡Pero contigo me lo paso más bien...! Eso es lo que te quería decir, que contigo me lo paso más bien... –y Atahualpa me agarró por el hombro aún más fuerte y yo procuré arrebujarme y seguí.

–¿Y sabes otra cosa? Pues que yo lo atribuyo a fenómenos que suceden dentro de la cabeza. Prácticamente no hay que hacer esfuerzo alguno para conseguirlo. Todo es cuestión de dejarse llevar por esa gran fuerza, sí, como tú lo oyes, esa enorme fuerza a la que no sabemos qué nombre dar, o al menos nadie se lo ha puesto hasta ahora, que yo sepa, y que tiene algo que ver con la transmisión del pensamiento, ¿no? Tú me acaricias y yo noto algo mucho más grande que las simples caricias. Sucede un efecto multiplicativo que ya nos sucedía en casa del Rockero, en las Asturias, cuando éramos pequeños, ¿te acuerdas?, y lo que es un simple contacto se convierte en algo parecido a una erupción volcánica. ¡Oye, y no exagero lo más mínimo!, ¿eh?, todo lo contrario. En realidad me quedo muy corta porque una tampoco es capaz de explicarlo todo..., pero aquí me siento bien. Me encuentro como en mi época de niña feliz y despreocupada, que ya se me iba olvidando. Como la niña que creía que los protagonistas de los cuentos tenían la cara hecha de sopa de letras y hablaba con su perro, sí, y su padre la llevaba a los mercadillos de los pueblos veraniegos a comprarle zapatos fuertes para que no pudiera picarla la víbora de las arboledas, ¡qué difícil es eso...! En el campo nadie te ve, sólo los árboles y los pájaros. En la ciudad, sin embargo, mil y un ojos te observan. Tú crees que vas sola por aquella enorme calle, y desde un cuarto piso una mente tras unos prismáticos se hace su composición de lugar... Por eso insistí en venir a este sitio. Por un momento quise estar en comunión con los elementos de la Naturaleza que se me están escapando, el Sol, la Luna y las estrellas...

–¡Y los planetas!

–Eso, y los planetas... Y las nubes y las olas y las playas, y los árboles y las flores y los gnomos, y las hadas de las fuentes y los animales salvajes, los grandes y los pequeños, los ciervos, los jabalíes, las arañas y las pobres hormiguitas, que serán las únicas que queden después de una catástrofe con armas termonucleares..., porque, ¡qué maravilloso viaje fue aquel, mi luna de miel!

Durante más de mes y medio todo fue bien, pero luego, a mediados de agosto, en la fiesta del Tránsito, cuando inevitablemente el verano comienza a declinar, tuve una especie de repentino bajón, empecé a desvariar y luego a encontrarme mal y Atahualpa se asustó.

–¿Tú no sabes que yo tuve una amiga a la que le salió un alhelí en un ojo? ¡Y al tresabuelo de Monticola lo que le salió fue una fabe en un pie...!

–¿Qué tresabuelo fue ese? ¿El que mataba osos a pedradas?

–Pues puede. El Rockero no me lo ha dicho pero es casi seguro.

–¿Era el bisabuelo o el tresabuelo?

–No me acuerdo, pero la verdad es que da igual. Oye, y que las gallinas de Palmira eran tan calientes que ponían los huevos fritos, ¿eso tampoco lo sabes? Es que tú no sabes nada. Además, las bragas de las japonesas... –y me puse blanca por entero, los ojos me giraron y durante un segundo me quedé sin habla, una nube pasó por dentro de mi cabeza y Atahualpa me miró y se alarmó del todo.

–Oye, ¿qué te pasa?

–No sé. ¿Por qué?

–Te has puesto muy pálida...

–Ya..., sí..., no sé... –y me caí redonda sobre el asiento del coche, y cuando desperté, un rato después, él estaba muy asustado.

–Crucita, nos vamos.

–¿Adónde?

–Pues a casa, ¿adónde va a ser? Tú necesitas... –pero lo que yo necesitaba no lo sabía nadie, ni Atahualpa.

Palabras acabadas en can hay muchísimas, pero a nosotros, a los limitados mortales que poblamos este país, sólo nos suenan unas cuantas, las más usuales de las cuales son, astracán, can, cancán, edecán, huracán, tucán y volcán. ¿Y con anaconda? La anaconda es un bicho peligrosísimo, pero si se pone puede hacer maravillas. Por ejemplo, ...

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Jueves, 07 de Agosto de 2008 11:55 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español Hay 1 comentario.

Autorretrato de Juan Evangelista

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Juan Evangelista, personaje que vivió trescientos años y escribió cuatro libros en el final de su vida, fue también un buen dibujante. Hizo sus pinitos en la pintura mediado el siglo XVIII, con ocasión de su sonado romance con Marián, la soprano sevillana que pasó por Lima como integrante de una compañía musical (aventura narrada en el segundo de los libros citados, “Siglo de las luces”), y luego nunca abandonó su afición por los pinceles. Mucho más tarde, hacia 1850, mientras construía el Union Pacific, ferrocarril que había de atravesar las llanuras norteamericanas, inmerso como estuvo en las largas noches de ocio que le deparó la guerra de Nube Roja tuvo ocasión de ejercitarse en tal arte, y de aquella época data el autorretrato que traigo hoy a esta página. A la sazón tenía alrededor de cuarenta años.

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Viernes, 04 de Julio de 2008 21:54 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

El Cacho Madera se confiesa

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Este es un trozo de una de mis novelas, "Europa barroca". En ella se cuenta la vida de tres personajes: un blanco, Eduguá, que simboliza la sociedad maquinista (aunque reniega de ella, como hacemos todos); una negra que nació en la selva de una de las islas antillanas y da cuerpo a la parte de la Humanidad que no se muere de hambre porque la necesidad es la mejor consejera, y un cachalote del océano Atlántico, privilegiado ser que contempla los sucesos lejanos merced a sus facultades telepáticas. Los tres llegan a conocerse, aunque parezca difícil, y entre ellos se establece una verdadera amistad (lo que también puede parecer difícil).

El texto que pongo es un monólogo del Cacho Madera, hermano de Eduguá que medía más de dos metros y un día, andando por el monte, se pegó una galleta en moto que casi se lo lleva al huerto.


Yo me llamo Cacho Madera y voy a seguir con mi historia. De pequeños éramos unos pastas porque nuestros padres eran unos ricachos, esto ya lo dije, lo he dicho varias veces, pero un día se mataron en un accidente de coche y de ahí en adelante todo empezó a ir mal. Primero la Universidad y el baloncesto; luego los abogados, que sonreían y nos invitaban a comer... Más tarde llegaron los amigos y todo cambió. El cuerpo no está hecho para maltratarlo, no, al cuerpo hay que cuidarlo mucho. Cuando uno es joven puede hacer locuras, pero debe ser con tiento.

Ahora estoy en el hospital con la monja. No sólo tengo una de esas enfermedades nuevas y misteriosas para las que no existe cura, sino que encima me he pegado una galleta en la moto y me he quedado medio paralítico. La monja me lava, el culo y lo demás, y yo aprovecho para correrme, o bueno, para intentarlo, porque no lo consigo nunca; tampoco es que tenga muchas fuerzas. Un día se lo dije y ella pegó toda clase de gritos y me lavó con agua bendita, y entonces el médico se enteró y le echó una buena bronca, la llamó santurrona y otros calificativos por el estilo. Luego la monja se fue acostumbrando, hacía bromas acerca de ello y al final incluso colaboraba, lo que no es raro pues hay casos de estos. Yo creo que las monjas que lavan a gente en los hospitales son personas como las demás, aunque a veces no lo parezcan, al menos por la indumentaria.

El guarro ya no viene nunca por aquí, por lo menos hace mucho que no viene, su mujer no le deja. ¿Tiene mujer el guarro? No, debe de ser sólo novia. Ahora no veo más que a la monja, ese pedazo de carne con ojos y manos. El guarro maneja un pontiac y no ha hecho ni la mitad de burradas que yo. Algunos de nosotros no lo han hecho mal, no, aunque otros... Bueno.

Yo me llamo Cacho Madera y estoy fatal, porca vida; para esto le hacen nacer a uno. Quise enrollarme con las máquinas, pero eso no sirve para nada. Nadie sabe cómo lo ha cogido, el bicho, el bisonte pequeñito que empuja. A lo mejor fue en un vaso de un bar, aunque no creo, dicen que así es imposible, pero el caso es que lo tengo dentro, y cuando me di con la cara de Paco Calambres ya lo tenía. Paco Calambres es buen tío.

Cuando me la di en la moto, iba por un camino de tierra de la sierra de Albarracín. Era primavera y llevaba casco. Yo siempre he sido precavido; no mucho, aunque sí lo suficiente. Como yo llevaba casco, el otro, Paco Calambres le dicen, me metió la frente por el trozo que falta del casco, el trozo por el que miras. Paco Calambres iba en una vespita vieja, pero así y todo debía ir a sesenta –yo iba a más, claro, yo no iba en una vespita–, y coincidimos en lo alto de una cuesta. Él venía y yo iba, o al revés, y ninguno pensaba que por allí fuera a andar alguien; los dos saltamos y nos encontramos en lo más alto...

El bicho me lo descubrieron en el hospital. El bicho es como un bisonte; pequeñito pero como un bisonte. Embiste poco a poco, se hace el remolón, empuja y empuja..., y el día en que llegue la estampida que sea lo que Dios quiera.

... y cuando llegamos arriba, sentí como si me hubiera tropezado con una pared.

Paco Calambres es buen tío, sí. Al principio venía a verme, luego menos, y ahora hace ya tiempo que no aparece. Me dejó un teléfono. Mira, cuando quieras me llamas aquí, tú y yo ya somos hermanos de sangre. Así y todo no se lo pegué, a pesar de lo de la sangre no se lo pegué, le hicieron todas las pruebas y dio negativo. (El teléfono lo paga Claudia, me parece). En su pueblo le tiraban piedras porque es hospiciano. Incluso el guardia le tiraba piedras, pero el guardia al final contrajo, y entonces Paco Calambres fue a la salida del acto y le devolvió las pedradas. Algunos invitados se enfadaron muchísimo, pero aquello no pasó de allí porque era día de fiesta y Paco Calambres ya era mayor, el guardia también, el guardia era mucho mayor que Paco Calambres, y al final tiraron a la novia al río con traje y todo, ceremonia que se sigue llevando a cabo en los pueblos.

Al principio no supe qué sucedía, me parecía que andaba entre nubes, sí, entre nieblas, porque no veía nada, aunque luego, al cabo de un rato, resultó que lo veía todo rojo, como en las discotecas, y aún más tarde oía voces celestiales, las de los espacios etéreos. Cuando empecé a acordarme de lo anterior me veía en moto, sí, iba sobre una moto, pero ahora oía voces celestiales y no entendía nada. Las nubes devinieron en rojas y por fin caí en la cuenta. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¡Si yo iba en moto...! Más tarde aún, de repente, vislumbré un paisaje rojo, un suelo rojo, una especie de retama roja, una mano roja, que era la mía... Estaba sentado en el suelo y tocándome la cabeza, ¡qué cabeza más dura tenía...! Claro, como que era el casco.

Yo quise enrollarme con las máquinas, pero cuando me di cuenta de que aquello no servía para nada, me pasé al budismo zen, eso fue antes de lo del hospital, y también estuve en la Iglesia Evangélica. A esta asociación me llevaron los gitanos. Cantábamos, y les coticé bastante, pero tampoco ha debido de servir para nada porque hace mucho que ninguno aparece por aquí para reconfortarme.

Lo del budismo zen, lo de sentarse a meditar, es un poco como lo que estaba contando. Estar sentado es buena postura para tocarse la cabeza, para intentar esclarecer cómo es la vida. A veces se ve todo rojo y a veces se ve todo verde. Cuando se ve verde es que tienes vía libre, el mundo es tuyo, no hay problema, y cuando se ve rojo, lo que a lo mejor sucede es que te has estrellado contra una pared o cualquier otro obstáculo. A lo mejor lo que ocurre es que estás en el suelo sentado con las piernas cruzadas y sin poderte levantar, ningún músculo te responde, los de los brazos mucho menos; no oyes; la sangre te chorrea por la cara, pero como de momento no sabes ni quién eres, no suele haber conflictos de ningún tipo, mucho menos mentales, y puedes hasta escuchar las voces del cielo. ¿Puedes hacer eso? Pues sí, o por lo menos oyes cánticos celestiales. ¿Era Sandy la que cantaba? Pudiera ser, porque lo primero que vi, y esta vez no era ya rojo sino que tenía como estrellitas en la frente, fue a Sandy que me miraba. Luego también vi a Pedro y escuché su voz de trueno, y luego a Claudia, que estaba sonriendo forzadamente... Lo que ocurrió fue que Pedro se marchó en seguida, porque como siempre está tan ocupado no estuvo mucho rato, pero las mujeres se quedaron a hacerme compañía y me explicaron algunas cosas.

Cuando me la di con Paco Calambres, cuando nos encontramos en lo alto de aquella cuesta de la sierra de Albarracín, cuando coincidimos en el espacio y el tiempo, puesto que ambos supuestos tienen que darse simultáneamente –si no, no sucede nada–, estuvimos un rato allí tirados. Yo me desperté antes, pero aquello tampoco sirvió de mucho porque lo veía todo rojo y escuchaba los citados cánticos celestiales. Luego él se despertó, y aunque no estaba muy bien –tenía un hombro roto y le salía sangre por todas partes– se dirigió a mí y dijo, ¿estás bien?, ¿te puedes levantar? Como yo sólo le miraba, y no contestaba, me preguntó, ¿tienes teléfono?, pero yo no tenía, hacía muchísimo que no lo llevaba, él tampoco, y todo esto sucedió en mitad de una sierra que no debía de venir ni en los mapas. A lo mejor estoy confundido y no era la sierra de Albarracín, a lo mejor eran los Montes Universales.

Hay que reconocer que Paco Calambres estaba cachas. Con un hombro roto se las ingenió para levantarme del suelo, y eso que yo pesaba ciento veinte kilos. Me puso en pie y me dijo, haz un esfuerzo, tenemos que ir a que nos curen, por aquí no hay nadie, bueno, si tú no puedes, ya iré yo y traeré a alguien, y no sé cómo pero lo hice, aunque por el camino aún me caí varias veces, y al final de la mañana, después de andar muchísimo, llegamos a una carretera; no era una carretera buena, era de segunda fila, pero pasaban coches, por lo menos algunos. Yo, cuando vi la carretera, pensé que estábamos salvados y me senté en el borde a esperar. Paco Calambres se puso allí de pie a hacer gestos a los pocos coches que circulaban, sólo alguno de vez en cuando, pero no paró nadie, aunque resulte raro. Las personas nunca pensamos en el sufrimiento ajeno, no lo sentimos; pensamos que se va a manchar la tapicería del coche, por ejemplo. Eso a algunos no nos importa, pero a la mayoría sí y tampoco vamos a pensar todos igual. También pensamos en que tenemos prisa o el coche lleno y ya no cabe nadie más, pensamos muchas cosas, así que al cabo de un rato me dijo, aquí cerca hay una gasolinera, a ver si podemos llegar hasta ella, y me volvió a levantar, yo esta vez ya casi pude hacerlo, de forma que, agarrados y apoyándonos el uno en el otro, anduvimos unos cuantos kilómetros por aquella carretera hasta que llegamos a la gasolinera. Durante el trayecto pasaron más coches pero tampoco se detuvo nadie, ni siquiera para preguntar, y eso que yo iba disfrazado de motorista y cayéndome y Paco Calambres hizo toda clase de gestos con el brazo que le quedaba sano; alguno frenó un poco, sí, pero luego aceleró. La verdad es que no teníamos un aspecto muy presentable, pero así y todo. Si hubiera pasado algún motorista seguramente se habría detenido porque los de las motos suelen ser más corporativos, pero no pasó ninguno, y yo todo esto lo vi entre nubes de color púrpura, y si no juraba en hebreo era porque ni fuerzas para ello debía de tener.

Luego ya fue todo más fluido porque en las gasolineras no suele haber tapicerías. Al cabo de un buen rato aparecieron las ambulancias y los guardias y a nosotros nos trasladaron al hospital de la comarca, en donde acabó aquella aventura. También debería añadir que, después de lo sucedido, a ninguno nos sucedió nada. A mí me descubrieron el bisonte, pero eso no tuvo nada que ver con lo de los Montes Universales, porque cuando llegué al hospital ya lo tenía dentro.

Nuestra prima Beatriz salió la más puta de toda la familia. Esto de tener tan cerca lo que no te imaginas es una cosa que llama la atención. Además, ella no se corta, y en eso hace bien. Una vez le oí decir,

–A la mitad no les cobro, ya tengo yo suficiente dinero, ¿para qué les iba a cobrar? Así puedo elegir al que me dé la gana, aunque algunos días prefiero a los que no me gustan nada, a los más asquerosos. Cuando uno de esos te pone la mano encima tienes sensaciones que no se pueden explicar. Deberíais hacer la prueba alguna vez.

Beatriz respiró y nos contó lo de la monja.

–Te disfrazas de monja, y cuando llega el maromo, vamos, quiero decir el chorvo –en la literatura clásica se le conoce como "el cabrito"–, te haces un rato la estrecha y luego te desnudas delante de él. Cuanta más ropa lleves, mejor; así dura más el numerito. Al final te tienes que quedar en tanga, porque si te lo quitas todo es contraproducente. Luego, si quieres, lo puedes apalear; la mayoría se deja.

Beatriz siempre tuvo una imaginación desbordada, y todo esto lo dijo en una cena que organizó en una gran mesa redonda y a la que asistimos unos cuantos, y cuantas. Varias amigas suyas, Ana –que es su hermana, como recordarán–, Alison, el guarro y yo mismo. Las mujeres se rieron muchísimo, estuvieron toda la cena y la sobremesa riéndose, jaleándola y tirándole de la lengua, pero el guarro y yo nos escandalizamos no poco y pusimos toda clase de caras. Se ve que eso de ser mujer es una cosa bastante especial.

 

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Domingo, 25 de Mayo de 2008 12:34 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Lo que le sucedió a Juan Evangelista en el curso de uno de sus viajes

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Juan Evangelista, prolífico autor que hace hoy doscientos años se estaba reponiendo en Madrid y en un sofá de la herida que un mameluco le había hecho, ha contado muchas cosas en sus libros, y también algunas en los blogs que a tal efecto existen (blog1 y blog2), pero nunca había narrado lo que le sucedió cuando, hacia 1760, sobre poco más o menos, le contrataron para hacer una foto de las suyas (foto rara, por supuesto) a un personaje que debía permanecer oculto. Véase:

Una vez, hace más de doscientos años, cuando yo era un joven inexperto, me comisionaron para hacer una de mis fotos, fotos muy peculiares -según se decía en círculos- pero que tenían gran éxito. Se trataba de retratar a la querida del rey, ni más ni menos, que estaba apartada en un convento a la espera de la ocasión propicia. Pocos la habían visto, y aquello debía ser llevado a cabo en el mayor de los sigilos. Hice mis preparativos (las emulsiones, claro es, y ya pueden imaginar ustedes cómo eran las emulsiones del siglo XVIII...) y una buena mañana, escoltado por un edecán, me dirigí a tal lugar. Los escenarios que me propusieron me parecieron a propósito, y tras mucho pensarlo y repetidas mediciones fotométricas elegí la alberca, la alberca del convento. Luego hubimos de esperar a que atardeciera, pues ese asunto de las luces y las sombras... Al fin apareció ella y pude tomar aquellas fotos, de las que elegí una como definitiva... ¿Le gustaría a usted verla? Pues nada más sencillo: vaya a este enlace

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Sábado, 03 de Mayo de 2008 18:40 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

La escalera al cielo

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Coloco hoy este texto que está en uno de mis libros, el que se llama "Viaje al verano". Es una especie de cuentecito sobre la vida misma, como todo lo que se cuenta en mis libros.

Estos se pueden conseguir en una página que se llama "lulu.com" (la dirección exacta es http://lulu.com), en la que os gustará entrar porque ofrece la posibilidad de imprimir tu libro (el de cualquiera) a precio de coste (un libro de bolsillo normalito, o sea, de unas 250 páginas, por nueve euros; y con calidad de imprenta). En el lateral izquierdo de este blog podéis ver copias de los escaparates que tengo en esa página, en los que he puesto libros y fotos. También podéis echar una ojeada a mis otras páginas, algunas de cuyas direcciones están en el lateral derecho.

 

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LA ESCALERA AL CIELO

 

Joshua I, de apellido Sagan, sobrino del legendario exobotánico que nunca supo si era hombre o mujer, estaba montado en un globo de aluminio cuando se le ocurrió la idea: mirando hacia abajo las cosas se ven mejor. "¿Y por qué no...?", se dijo. Luego miró hacia arriba, y lo que pudo contemplar hubiera bastado para desanimar a cualquiera: miles y miles de estrellas centelleaban por todas partes. Joshua I no tenía ni idea de astronomía recreativa (ni de la otra), pero como a tantos a lo largo de la historia, no le hubiera importado subir al cielo. Cosa curiosa, por otra parte, en un intermediario, como era él.

Aquella noche se lo comentó a su compañera sentimental, porque Joshua I tenía compañera sentimental. Él no sabía que eso de tener compañera sentimental es una horterada de tomo y lomo, pero hay usos y costumbres que se extienden como la mala hierba. Le dijo,

–Me parece que sé cómo se puede hacer una escalera al cielo. ¡Menuda obra...!

Su compañera sentimental ni le contestó. Lo primero, que no estaba el horno para bollos con tanto viaje en globo y tanta historia, y lo segundo, que se encontraba mucho más interesada en una cosa que se veía en la televisión, una cosa toda llena de floripondios y lentejuelas como las de los viejos tiempos. Dio un suspiro y se recostó en el sofá del otro lado. ¡Qué tonterías había que oír! Una escalera al cielo... Para acabar de arreglarlo, recordó que ahora andaban diciendo por ahí que las máquinas iban a sustituir a las personas, ¡por Dios!

La compañera sentimental de Joshua I lo había comentado una vez con una amiga.

–¿Tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I era medio boba.

–¿Cómo dices...?

La amiga de la compañera sentimental de Joshua I estaba mucho más interesada en la boda del príncipe Ruperto.

–No, que si tú crees que eso de que las máquinas van a sustituirnos puede ser verdad...

–¡Ay, Jesús, qué barbaridad!

Joshua I, desde que tuvo la idea, no paraba. Él tenía, por oscuras razones de las que nunca hablaba a nadie, mucha mano con el gobierno regional. Se dedicaba a las contratas, y a veces, cuando escaseaba el trabajo, hacía de intermediario. Los jueves por la noche solía acudir a unas reuniones medio secretas que se celebraban en una casa de lenocinio electrónico que había en las afueras, justo al lado del nudo que comunicaba las autopistas, y a las que también solían acudir algunos subsecretarios. Una vez le habían presentado a un ministro, pero a él le gustaban más los subsecretarios. Eran, ¿cómo diría...?, más dúctiles.

–Don Carlos..., qué..., ¡vaya moza que llevaba usted el otro día!

Don Carlos, que llegaba directamente del Congreso Regional, le dedicó una amplia sonrisa al pasar. Era simpático aquel Joshua I, se fijaba en todo, pensó, habría que darle algo aquel semestre... Sí, tendría que hablar con su secretario.

Joshua I, en realidad, estaba haciendo méritos, que era lo suyo. Pagaba cuentas de botellas que ascendían a cantidades astronómicas, y si la cosa se terciaba, también algún polvo electrónico extra; todo servía. Eso sí, cuando aparecía por el ministerio se prodigaban las sonrisas y apretones de mano; hasta los ujieres habían oído hablar de él. Aquella mañana se animó a entrarle al ayudante del subsecretario, un zascandil con ojos de mochuelo que le había chuleado una historia con una rubia más bien basta dos semanas antes.

–Eso que usted me cuenta... –le había contestado mirándole fijamente–, nos interesa, sí, nos interesa. ¿Y cuánto ha dicho usted que...?

–Unos trescientos millones, don Ferrari. Los estudios preliminares, unos trescientos millones.

Aquello de don Ferrari no era ningún apodo despectivo, como pudiera parecer; Joshua I no era tan tonto como para tener una metedura de pata de semejante calibre. La especie había sido alimentada por el propio don Ferrari, quien, en el cenit de sus borracheras, solía recordar a quien quisiera oírle que él, cuando joven, había tenido un Ferrari. (Y dos Porsches, añadía, uno rojo y otro azul). Luego los más cercanos comenzaron a conocerle por aquel nombre, y el apodo tomó carta de naturaleza pública. Aunque sólo dejaba usarlo a los allegados, Joshua I lo era, ¡vaya si lo era!, y por el cariz que estaba tomando el asunto, interesaba que siguiera siéndolo.

Al ayudante del subsecretario le entró una cierta aprensión. Como no tenía ni la más remota idea de lo que era un ascensor espacial, preguntó cautelosamente,

–¿Puedo hablar de esto con el ministro?

A Joshua I se le abrieron las puertas del cielo.

–Por Dios, don Ferrari... ¡Usted mismo!

La siguiente vez que se vieron fue en el reflexólogo. El ayudante del subsecretario estaba radiante.

–¡Muy bien, don Joshua, muy bien! ¡El ministro está muy contento! Ha dicho que cree que esto puede llevarnos lejos...

A continuación los acontecimientos se precipitaron, no era para menos. Primero fue una comisión de servicios la que se encargó de todo, y luego los periódicos, sobre todo los de casa, empezaron a hablar del asunto. Por fin, el Gobierno Mundial tomó cartas en el asunto, pero para entonces el ministro, el subsecretario, el ayudante del subsecretario y Joshua I habían creado una sociedad fantasma que construía chalets de dos plantas y operaba desde las Malabares. Joshua I había soñado a veces con dirigir la faraónica obra, que para algo era aparejador, pero bueno, se conformaba. En el intermedio hubo una época difícil porque un escandalillo político creado por la oposición (¡aquellos hijos de perra!) amenazó con hacer saltar al gobierno, pero el ministro, que después de tantos años se las sabía todas, contrató los servicios de una agencia de publicidad que puso las cosas en su sitio. El colíder de la oposición salió escaldado de aquella, vaya si salió... Tardaría años en olvidarlo, y eso si su carrera política no se arruinaba definitivamente.

–Ahora... ¡a vivir! –le dijo el ayudante del subsecretario una vez que se lo encontró en "La gata muónica", la casa de lenocinio electrónico donde Joshua I volvió a pagar aquella noche, aunque entonces ya no le importaba como antes.

–Bueno –pensó–. Todo sea por San Dieciséis por ciento.

La compañera sentimental de Joshua I, al final, estaba hasta interesada.

–Y, ¿tú crees que esto nos llevará lejos?

Joshua I, ya lo dijimos, seguía sin tener ni idea de astronomía recreativa, ni de la otra; lo suyo eran las comisiones. ¡Quién se lo iba a haber dicho a él! ¡Tantos años de intermediario y sin haberse dado cuenta de lo de las comisiones...!

El Gobierno Mundial era extremadamente activo. Lo primero que hizo fue preparar a lo que desde antiguo se conocía como "opinión pública". El "Hollywood del siglo XXI", ahora sito en algún lugar de Extremo Oriente, se encargó de ello. Lo que se acabó conociendo como "Saga de los planetas" fue una serie de seis películas en 3D que, durante lustros, ostentaron el record de recaudación. Además, Mariquilla S., aquella actriz mexicana, comenzó allí su meteórica carrera... Luego derogó unas leyes que le impedían tomar unas patentes como propias –sí, aquel hilo de diamante era el material adecuado...– por lo que el descubridor puso el grito en el cielo, pero un país africano, que casualmente era el mayor productor de diamantes, se encargó de hacerle entrar en razón, y por último hubo que buscar el lugar adecuado. No podía estar en el ecuador debido al efecto coriolis, ni en cualquiera de los polos por razones obvias, pero al final se encontró una solución a gusto de casi todos: lo instalarían en la línea de cambio de fecha, a unos veintisiete grados de latitud sur, cerca de las islas Samoa. Aquello quedaba en mitad del Pacífico, y así, si había un accidente... Joshua I fue una vez a ver las obras y se llevó con él a su compañera sentimental, que por aquel entonces había criado unos muslos que parecían jamones.

–Papá, papá –decía entusiasmado el hijo que habían tenido unos años antes–, ¿y tú crees que eso aguantará?

Joshua I miró a su hijo. No se podía negar que hablaba igual que su madre, pero, en cuanto a lo suyo, Joshua I no se hacía muchas ilusiones. Las mujeres, ¡eran tan falsas...!

De todas formas, el niño tenía razón. A Joshua I, que depositaba una confianza ilimitada –como buen técnico que era– en las obras de ingeniería, se le humedecieron un poco los ojos cuando lo pensó. Sí, aquella línea azul que subía hacia las estrellas y se perdía a lo lejos era realmente impresionante... ¡Y pensar que él había sido el descubridor...! Joshua I durmió aquella noche a pierna suelta en el Gran Holiday Hilton de Samoa y soñó que le ponían una condecoración con una cinta azul y muchos dorados y piedras de colorines.

El Presidente del Gobierno Mundial, un chino medio calvo que se echaba el único mechón de atrás hacia adelante, lo inauguró unos años después. Aunque escasamente llegaba a la media centena parecía un viejecillo, pero es que aquello del poder, ¡quemaba tanto...!

–... este gran paso de la Humanidad... (y bla bla bla) –dijo con su voz ligeramente cascada, y durante algunos meses la Humanidad se dedicó a celebrarlo.

¡Qué otra cosa iban a hacer, ahora que el trabajo, el inmemorial castigo bíblico, estaba casi desapareciendo...! Luego el ascensor espacial se convirtió en un objeto de uso cotidiano, y con el transcurrir del tiempo la gente llegó a olvidar que durante muchos siglos aquel había sido uno de sus sueños más perseguidos. 

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Sábado, 15 de Marzo de 2008 18:55 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

A mí no me desvirgó mi padre...

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 Hace tiempo escribí una novela que se llamaba "Crucita y yo", pero como al final era muy larga, la partí en dos. La segunda conservó el nombre original, y a la primera la llamé "La efímera vida de Nastasiapolifacetica muchacha de la Ínsula Barataria que murió joven", en la que la chica que da nombre al libro cuenta su vida desde el principio hasta que cumple veinte años. El texto que sigue es una de tantas aventuras que allí se narran.

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A mí no me desvirgó mi padre...

¿Ya dije que a mí no me desvirgó mi padre porque no le dejó mi madre? Bueno, pues si no lo dije antes, lo digo ahora: a mí no me desvirgó mi padre porque no le dejó mi madre, que si no..., porque él lo intentó, bien lo sabe Dios, o lo medio intentó, pero una vez más mi ángel guardián, o sea, mi madre, apareció en el momento oportuno y le chafó la operación. Además, aquello fue con premeditación, porque aunque el día en que sucedió estaba borracho, llevaba tiempo pensándolo, eso lo sé seguro, y con nocturnidad, y de la alevosía no voy a decir nada porque no estoy segura de lo que significa, pero seguramente también; allí concurrió todo.

Era por la noche, como a las diez, y yo estaba a punto de meterme en la ducha cuando se oyó la puerta de la calle, mi padre, evidentemente, porque mi madre solía cerrar de otra forma, y luego unos pasos misteriosos, unos pasos raros... Yo pensé que a lo mejor había entrado alguien y abrí un poco, lo justo para mirar, con tan mala suerte que en aquel momento él pasaba por allí tambaleándose. Mejor dicho, él estaba ante la puerta con una expresión rarísima, una expresión que nunca le había visto. Venía como una cuba, y aunque solía beber bastante, cubatas y todo eso, no era de los que se les nota. Sin embargo, aquella vez fue diferente. Me miró de medio lado, empujó la puerta de un manotazo, la abrió del todo y, balbuceando con una extraña y aguardentosa voz, me dijo, a ver..., qué estás haciendo... Se vino hasta mí con rápidos pasos, me agarró por una muñeca, y yo, pasmada, intenté soltarme, pero con tan mala suerte que lo único que conseguí fue que me retorciera el brazo.

–¡Ayyy...! –chillé–, ¿qué haces...? –pero el no me soltó, todo lo contrario.

De repente me encontré cara a la pared e inmovilizada y sólo tuve un segundo para pensarlo, porque, acto seguido y antes de que pudiera hacer o decir nada, con la mano que le quedaba libre me bajó de un tirón las bragas por detrás, no digo más. Yo me quedé tan sorprendida que pegué un grito. Intenté volverme, o sea, darme media vuelta, pero él no me dejó. Como me tenía agarrada por la muñeca sólo pude darme un cuarto de vuelta y forcejear, y él gritó, ¡estate quieta...!, y con las mismas me dio un azote bastante fuerte en todo el culo.

Yo me quedé helada; vamos, que me quedé paralizada. En la vida me había sucedido algo semejante, y mucho menos con mi padre. De acuerdo en que él era una bestia, y se comportaba conmigo de la forma más grosera posible, pero aquello era distinto. Estaba fuera de sí y había perdido por completo el control, bastaba con verle. No podía ni articular y se tambaleaba, y además me echó una mano al cuello, me agarró con fuerza por el cuello, por detrás, y me hizo daño, tanto que chillé histéricamente, ¡ayyy...!, ¡suéltame...!, pero claro, entre unas cosas y otras resulta que yo estaba pegada a él, y al apoyarse noté en el sitio justo..., ¿se imaginan ustedes lo que noté? Pues sí, eso fue. Entonces yo creí llegada mi última hora y me dije, las tijeras de las uñas, ¿dónde están las tijeras de las uñas?, porque las tijeras de las uñas eran unas tijeras curvas que conocía desde que nací, unas tijeras pequeñitas y medio oxidadas que siempre estaban en un cestito en una de las baldas, lo que seguramente sucede en muchas casas. También había unas limas y otros adminículos para estos menesteres, todos muy viejos, pero a mi cabeza vinieron las tijeras, las tijeras curvas, las tijeras curvas y como muy a propósito para metérselas a alguien sabe Dios por dónde, por donde pudiera... Sin embargo, era tal mi ofuscamiento que aquella idea, tal como me vino, se fue. Ni me atreví ni me dio tiempo a hacer nada. Yo sólo quería salir de aquella marea ascendente que amenazaba con ahogarme y empecé a dar tirones y a contorsionarme, y como el suelo estaba mojado, me caí, y él encima. Ya no digo que se tirara, no, pero era tal la confusión que se cayó, y claro, como el cuarto de baño era pequeño, se me cayó encima. Sin embargo, yo había conseguido soltarme y me puse a manotear sin saber ni lo que hacía...

La situación era desesperada, calculen ustedes. Yo allí, tirada por el suelo y con el culo al aire, forcejeando, pataleando y chillando como una condenada. ¡La ola gigante me había alcanzado, una de esas olas gigantes y asesinas...! Cuando viene la ola no se puede hacer nada, sólo encaramarte al lugar más alto que tengas a mano, y si tienes suerte la ola pasa por debajo y ni te toca. Si tienes una montaña cerca, lo mejor es subir a ella; lo más seguro es que hasta allí no sea capaz de llegar la ola gigante y asesina... Yo tenía que subir a algún lado, sí, pero en mi ofuscamiento no sabía cómo hacerlo..., y entonces, de repente, se oyeron nuevos ruidos.

Se oyó la puerta de la calle cerrarse y otros ruidos por el pasillo, pasos acelerados que culminaron con la entrada de mi madre en donde estábamos. Entonces los gritos se redoblaron, y aunque yo, desde mi nube, no entendí casi nada de lo que se dijo, dos palabras sí se quedaron por allí flotando como si rebotaran en las paredes. Estas dos palabras eran, hijoputa y niña.

–¡Hijoputa!, ¡niña...!, ¡hijoputa!, ¡niña...! –era como si tuvieran eco.

Luego abrí los ojos y vi la cara de mi padre que, histéricamente y como si le estuvieran haciendo mucho daño, se retiraba de mí, se elevaba, se alejaba..., porque mi madre le había agarrado por los pelos y le estaba levantando a pulso, o a tirones, y que te levanten por los pelos a tirones, más estando borracho y babeando, no debe de ser una situación envidiable. Total, que le debió de hacer tanto daño, o que se le revolvieron las tripas aún más de lo que ya las traía revueltas, que, ¡plas!, soltó una vomitona monumental que me cayó encima entera, un poco en la cara pero casi todo lo demás en el cuello y zonas colindantes, y de allí se escurrió al suelo. Yo solté un berrido como no oyeran los siglos. Cerré los ojos y la marea de antes me cubrió por completo, aquella vez sí que casi me ahogo.

Yo tosí, escupí, rugí..., ¿qué más podría decir...? Los líquidos de mi cuerpo se convulsionaron de tal manera que me pareció que me hinchaba y elevaba... Sin embargo, el que se elevaba era él. Hacia allá arriba se iba su cara descompuesta, su cara irreconocible. Se levantaba más y más y yo pude al fin respirar, pero no sin tan mala fortuna que tragara alguna de aquellas miasmas que sobre mí había arrojado, y que me supiera a rayos, de suerte que, aterrorizada, me incorporé demasiado deprisa y me golpeé con el canto del lavabo, que por allí cerca me aguardaba, quedándome por un momento aturdida y confusa.

Luego se oyeron más golpes, portazos, gritos lejanos, en fin, todo lo que a ustedes se les ocurra, y al cabo de un momento entró mi madre muy apresurada en el baño, en donde yo, balbuceando, moqueando y tosiendo como si me ahogara, intentaba vanamente ponerme del todo en pie, pero ella me ayudó y me dijo,

–Métete a la ducha, venga –y cuando lo conseguí me regó de arriba abajo.

El agua debía de estar fría, pero de eso no me di cuenta. Yo noté el agua que me quitaba la mierda, que se la llevaba hasta el desagüe, y por un momento estuve quieta, aunque balbuciente...

Pocas veces había oído chillar a mi madre, que habitualmente se comportaba de la manera más exquisita, incluso en situaciones que no lo merecían, pero aquella vez lo hizo por todas las anteriores, y es que las circunstancias no eran para menos.

Yo había oído un berrido que no comprendí, vamos, sí, entendí dos palabras, hijoputa y niña, y lo demás lo supongo. Luego asistí a un terremoto del que no salí descalabrada por pura casualidad, y como colofón me encontré sumergida en una considerable inundación de jugos gástricos ajenos, imagínense ustedes, ¡como para no gritar...!, y todo esto sucedió cuando yo acababa de cumplir los trece años, la mejor edad, según muchos hombres, entre ellos mi padre, pero lo que cuento –algo más común de lo que puede parecer a simple vista, según me he enterado después–, tampoco me parece tan raro porque mi padre se cogía unas cogorzas considerables, esta era una de sus facetas más características, y yo, a la edad que dije, tenía un culo como un balón de fútbol, más o menos, sobre todo por lo redondo, aunque seguramente también por las patadas que me había llevado precisamente de él. La naturaleza es sabia y nos defiende, crea capas de grasa acolchada en los lugares adecuados..., y con lo que a mi padre le gustó siempre eso del fútbol...

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Viernes, 15 de Febrero de 2008 17:03 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.

De cómo, tras empezar a lo tonto, llegué a escribir diez libros

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 En este blog voy a hablar de mis aventuras literarias y de fotos, de fotos en general, y para que no todo se vaya en letras (que también son dibujos), os pongo una foto. Ya sé que hay gente que piensa que esto no son fotos, pero no les hagáis caso: son fotos, os lo digo yo, que las he fabricado con ayuda de las máquinas. La que se puede ver aquí mismo es una vista del fortificado lugar de Peñíscola, localidad que, como muchos sabéis, está en la mediterránea costa de Castellón (España).

Como presentación escribiré una especie de biografía de la parte de mi vida rodeado de libros. Ahí va: 

Mi modesta carrera literaria es como la de tantos otros. Durante largo tiempo escribí aquí y allá: en los blocs del colegio, en los márgenes de los libros, en cuartillas de tela, en las paredes… Luego las cartas a las novias… Más tarde, sesudas disquisiciones acerca del sentido de la existencia (sobre todo cuando alguna novia se iba con otro) y no menos retóricas consideraciones sobre el devenir de los asuntos en general, en especial los susceptibles de arreglar el mundo. ¿Quién no ha recorrido ese camino hacia el oficio literario? Todos somos escritores.

Tiza, pluma, bolígrafo, vulgar resto de lápiz, anciano ordenador que me miras desde la vitrina de los recuerdos (era un 286)… Tales fueron las herramientas, y la abundancia de café, alcohol y otras hierbas y esas chicas a las que llamamos “inspiración”.

Al fin, cuando pasan los años y retorna la soledad, esa soledad que nos abandonó durante la juventud, un buen día te ves reflejado en un escaparate y piensas, podría escribir algo… ¡Sí!, podría escribir algo en serio…

Yo me puse a la tarea a mediados de los años noventa del pasado siglo, y lo primero que parí, tras doce meses de ímprobos esfuerzos, frecuentes tientos a las sustancias que cité e innumerables vueltas adelante y atrás, fue un refrito de cosas anteriores (algunas muy anteriores) al que endosé el circunstancial nombre de “Viaje al verano“.

Tenía 240 páginas, que entonces me parecieron muchísimas, y contaba (y sigue contando) la historia de una noche de San Juan. ¡Qué orgulloso estaba yo de mi libro!, y durante mucho tiempo mi principal preocupación fue que no se borrara debido a algún accidente inverosímil. 

Tras un intento fallido de repetir la operación (es decir, organizar un nuevo refrito con las sobras), me dije, ¿y ahora qué? Se han ido tus amigos, Mariquita, el tío Pepe, Emilio el pasta, los piratas de las gafas de sol… Todos se fueron, allá se quedaron, en las páginas de un libro que se cerró: es preciso abrir otro.

Mi segunda novela (según una idea feliz que tuve uno de aquellos días en que no sabía escribir novelas) iba a tratar de la sicodélica odisea de un astronauta que se queda colgado en una órbita solar, no más de 200 páginas, y a ello me puse con todo ahínco, tarea que me entretuvo algo más de dos años. Al final tenía 900, y el astronauta sólo aparecía hacia la mitad y como un personaje secundario. ¡Eduguá, la negra y el cachalote!, inconfundibles seres de una fábula moderna y larguísima, coparon todo el espacio dedicado a expresarme, y todos hablaron en primera persona…

Con la tercera me volvió a suceder lo mismo (¡qué tiempos aquellos!), y es que una vez que hubimos sobrepasado el siglo y el milenio, una vez que hube acabado la redacción de aquel cuento ingente al que llamé “Europa barroca“, de nuevo me dije, y ahora, ¿qué?

Entonces nació “Crucita y yo“, lo que había de ser una novela costumbrista, galdosiana (por decirlo así), una novela cruda y muy actual. Aparecía una chica que desde el mismo limo de los años sesenta conseguía asentarse en este planeta, y en sus más altas esferas… Baldío intento, como los anteriores. El resultado fue un monumental relato de 700 páginas, que, eso sí, conservó (y sigue conservando) el mismo título. Lo partí en dos, y de allí nacieron “La efímera vida de Nastasia, polifacética muchacha de la Ínsula Barataria que murió joven” y “Crucita y yo“.

¡Pues no hemos dicho nada…! Estamos hablando de 1800 páginas de texto, a razón de 350 (por término medio) palabras por página. En definitiva, una locura.

Aquello lo acabé mediado el 2003 (tengo motivos para recordarlo), pero antes de llevarlo a su término ya sabía cómo iba a continuar mi existencia: con la narración de la vida de un personaje tan peculiar como Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario. Desde entonces…, aquí me tienen ustedes, intentado dar fin a la vida de este personaje inacabable, personaje que vivió alguno más de trescientos años… 

Pero no se den por convencidos, pues mientras Juan Evangelista campa a sus anchas por la superficie del Universo Mundo (que él dice), puesto que las novelas nunca se escriben de un tirón, aún he tenido tiempo para concluir los “Animales y otros fenómenos eléctricos“, aquella narración que intenté infructuosamente llevar a buen puerto tras el “Viaje al verano” y tuve que dejar bailando debido a mis limitaciones. ¡Cinco o seis años después!

Aunque lo que digo tampoco es todo ni lo último que sucedió. ¿Quieren creerse que en el verano de 2005, debido a la colisión con una nube de cervezas y otras sustancias, me saqué de la manga lo que al final iba a conocerse como “Las estaciones“? Pues créanselo, y si no, peor para quien esto lee.

  *        *         * 

Aquí me tienen. Nos contempla Juan Evangelista y sus trescientos años (”Edad de las tinieblas“, “Siglo de las luces” y lo que está por llegar, que no será parvo) pidiendo paso. También “Hannah la marciana” y los mutantes de “Cita en la llanura” (un western futurista) descontentos de su suerte, y yo mismo –o mi otro yo–, que desde el lado contrario del espejo me dice, “la labor comercial, la labor comercial…”. 

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Nunca oí tanta música…

(ni mejor música, a lo que muchos contribuyeron, aunque citaré tan sólo al gran amigo de todas las personas, Johann Sebastian Bach)

… como durante los años que ha durado esta etapa de escritor, y a ello estoy agradecido. La cabeza se reestructura de una forma que resulta muy difícil de explicar. Deberíais hacer la prueba alguna vez, aunque, eso sí, hay que ser muy constante y porfiado. Es media vida, o una vida entera.a

Saludos de Camargo Rain.

Jueves, 20 de Diciembre de 2007 16:48 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español No hay comentarios. Comentar.


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