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Mis fotos en Panoramio, Google Earth y demás

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He subido a Panoramio un montón de fotos. Como muchos sabréis, este es el almacén en donde están las fotos que se ven en los mapas de Google y en Google Earth, y allí las encontraréis, pero si queréis verlas directamente podéis ir al enlace en el que aparecen todas, que es el siguiente:



Con algunas de ellas he hecho una especie de vídeo clip (o slideshow, vulgo pase de diapositivas) y lo he metido en YouTube, y para que no fuera tan viudo lo he acompañado con la Marcha turca de Mozart, página celebérrima. Si alguien quiere verlo (dura algo menos de tres minutos), la dirección es:


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Viernes, 17 de Junio de 2011 08:55 camargorain #. Fotografía No hay comentarios. Comentar.

Personajes de mis novelas

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Como ya he escrito muchas novelas, el otro día hice un inventario de los personajes.  Me salieron muchísimos, en vista de lo cual abrí una página y coloqué en ellos a los más sobresalientes. De algunos he puesto sus retratos, y pese a que cada cual se imagina sus caras de una manera (al leer el libro, me refiero), he dado aquí mi particular punto de vista sobre la cuestión. Muchas de estas fotos las tuve delante mientras escribía, y supongo que algo habrá quedado de tales imágenes en la escritura. Además, son mis hijos, puesto que los he creado casi de la nada; al principio sólo había un papel en blanco, y luego, con el paso del tiempo...

El enlace para ver esta página, “Personajes de mis novelas”, es el siguiente:

Personajes de mis novelas


Sobre estas líneas se puede ver a Nastasia y a Crucita, dos hermanas que se llevan veinte años y cuentan su vida con toda clase de pormenores en las novelas llamadas “La efímera vida de Nastasia” y “Crucita y yo”.

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Miércoles, 11 de Mayo de 2011 08:11 camargorain #. Novela en español No hay comentarios. Comentar.

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Arco iris sobre el Mediterráneo

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Hoy pongo una foto, y el título de la entrada ya dice lo que es. Estamos teniendo una primavera buenísima (ahora mismo estoy con 20º y 63% de humedad), y esta es mi manera de celebrarlo. Si alguien quiere ver más fotos puede ir a esta dirección:

Paseo por el planeta Tierra

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Lunes, 11 de Abril de 2011 19:25 camargorain #. Fotografía No hay comentarios. Comentar.

El siglo XX español en fotos

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Después de darle muchas vueltas (y lo que queda, pues falta bastante pulido) he colocado una página nueva en internet. Se trata de una recopilación de fotos hechas por mi abuelo, mi padre y yo. Entre los tres cubrimos el siglo entero, y me ha parecido que a alguien podría interesarle verlas.Son muchas, unas trescientas, o sea que hay que tomárselo con calma.
A guisa de explicación, copio alguna cosa que allí se dice:
Estas fotos no son nada del otro mundo (no aparecen en ellas personajes famosos, ni las situaciones que pintan han pasado a la historia), sino que más bien se trata de una recopilación de fotografías cotidianas (podríamos decirlo así) que describen unos tiempos en que semejante afición no era tan común como lo es hoy. Me imagino, sin embargo, que pese a su fragmentario estado y enormes lagunas, constituyen un mínimo retrato de cómo, en líneas generales, fueron las cosas durante los años que digo, algunos ya muy lejanos (etc.).

El enlace para verlo es: 

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Lunes, 07 de Marzo de 2011 08:54 camargorain #. Fotografía No hay comentarios. Comentar.

Episodio en el medievo

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Como sabe alguno de los que leen, resulta que un servidor ha escrito varias novelas (yo diría que voy por la decimocuarta, aunque esto sea difícil de explicar...), y de una de ellas, que transcurre a caballo de los siglos XII y XIII, traigo hoy un fragmento escogido: es cuando la chica liga con el protagonista, es decir, el principio de sus relaciones, que suele ser lo mejor. Además, no todo iban a ser páginas de ese Juan Evangelista que vivió trescientos años y del que tantas cosas he dicho... Bueno, pues semejante trozo dice así:

 

Nosotros continuamos con nuestra cómoda vida en aquel lugar apartado en el que tan pocos sucesos ocurrían, dedicados a las obras de reconstrucción de antiguas paredes y saliendo algunos días a cazar, ejercicio que nos divertía a Lope y a mí, pero yo permanecí en todo momento absorto por la cercana presencia de tantos y tan importantes recuerdos, y mientras me preguntaba cuáles iban a ser las consecuencias y de qué forma iban a desarrollarse los acontecimientos futuros, llegué a concluir que, de inexplicable manera, pocas cosas me importaban... excepto ella, a la que sólo había visto durante escasos días y con la que únicamente tuve ocasión de mantener una escueta conversación, tan extraños son los senderos que la vida nos lleva a recorrer, y aunque durante meses no supe nada de su paradero, recibí algunos mensajes, el primero de los cuales me lo trajo una mañana la señora Mayor, quien me dijo,

–Leonor dejó esto para ti antes de marcharse, y me encargó que te lo diera pasados unos días. Escóndelo donde mejor puedas, o quizá sea preferible que lo quemes.

–Sí, señora Mayor, haré como usted dice. Y le agradezco mucho que se interese por mí.

La señora Mayor, que se movía con viveza pese a su edad y aspecto, me hizo una caricia en la cara que al pronto me sobresaltó, aunque en seguida se encaminó hacia su lugar de procedencia a través de los campos, en donde la vi desaparecer.

A mí me faltó tiempo para encerrarme en el cuchitril que tenía en el mismo taller y abrir aquel mensaje que me llegaba desde un momento anterior en el tiempo, y en él, con una caligrafía que me recordó a la de Ermentrude, entre otras muchas cosas pude leer,

«¡Pobre encuentro ha sido el nuestro, que sólo duró un momento, y ni siquiera sé si fui capaz de expresar lo que acometí, así que me digo, Leonor, que crees en fantasmas del pasado..., ¡estás loca!, como siempre lo estuviste y tantas veces te dijeron cuando eras pequeña. Sin embargo, aún te diré lo que quiero contarte.

Mientras fui pequeña mi vida discurrió regalada, pero ahora, cuando en redondo me he negado a acatar las órdenes de mi padre, que por codicia pretende unirme a ese mentecato que conoces, mis familiares me envían una embajada tras otra para rogarme, incluso suplicarme, que ceda a las razones paternas, como si no supiera cuáles son los títulos que se ocultan tras el venturoso paisaje que me muestran...»

Escondí como mejor pude aquel acusador documento, que leí y releí en días posteriores, y al final, inquieto ante la idea de que pudiera llegar a manos de alguien, lo quemé con harto dolor de corazón, puesto que era lo único que de ella tenía. Sin embargo me dije, «te lo sabes de memoria, y las letras comienzan a desgastarse de tanto recorrer la vista sobre el papel. ¿No es esto una imprudencia que quizá dé al traste con sus ilusiones...?», y en lo más profundo de uno de los encinares que nos rodeaban, una tarde soleada le arrimé fuego y lo vi consumirse en mi mano. Luego lo recité una vez más, y estuve seguro de que nunca lo iba a olvidar.

–¿Qué saldrá de todo esto –me pregunté mientras regresaba–, y por qué ella se ha confiado a mí, en vez de hacerlo, por ejemplo, a su hermano...?

... pero tras considerarlo tuve que convenir en que quizá sus manejos fueran acertados, pues Lope, pese a ser mi amigo, dejaba mucho que desear en los puntos que tocaban a la discreción. Otras circunstancias adornaban a Yúsuf, y, por lo que parecía, a la señora Mayor, por lo que, al fin y al cabo, parecía que podía contar con algunos aliados en tan difícil trance.

Se sucedieron los días y las semanas sin que hubiera novedades, y al fin, un atardecer, cuando los braceros y peones de la obra se habían retirado a las alquerías, recibí la visita de la señora Mayor, quien me traía un nuevo mensaje. Aquel rezaba,

«Estoy en Toledo y voy a ir a Yebel. Haz lo que te indique quien tú sabes y encomendémonos a los Cielos.

Si los sellos de este mensaje están rotos, ello significa que mi padre está al tanto de lo sucedido, por lo que es preciso que te guardes.»

Yo interrogué con la mirada a la señora Mayor, y ella me dijo,

–No te preocupes. Nadie sabe nada y ella vendrá mañana. Yúsuf se llevará a cazar a Lope, y tú deberás estar en el gran claro del encinar por la tarde.

La señora Mayor me contempló con parsimonia.

–¿Entiendes lo que digo? ¿Conoces el lugar?

Yo me apresuré a asentir, y ella añadió,

–Vete sin que nadie te vea y llévate a Jacobo contigo. Él te avisará de los peligros.

Jacobo era uno de los alanos que teníamos con nosotros, del que Lope me había contado que había sido criado por Leonor, por lo que la indicación no carecía de sentido.

Yo me despedí de la señora Mayor, y al día siguiente por la tarde, nublada tarde, acompañado por el perro, armado hasta los dientes y procurando evitar los lugares descubiertos me acerqué caminando hasta el lugar que me había dicho.

El encinar era un extenso bosque que se levantaba dentro de la hacienda y no lejos de las casas, y el claro al que se refería, una despejada zona entre los árboles, pues de ella se extraían en otoño grandes cantidades de leña. Era asimismo un lugar agradable y a resguardo de quien por las cercanías pudiera encontrarse, pero al propio tiempo escenario perfecto para capturar a un incauto, que no otro papel me parecía a veces representar, pues aunque mis ganas de verla eran enormes, ello no conseguía apagar del todo mis recelos.

Oculto entre los árboles de la linde avizoré el lugar, que se mostraba tan desierto como lo estaban todos aquellos andurriales lejos de las tierras habitadas, que raramente veían transitar a alguien, y no percibí nada que despertara mis sospechas. El perro husmeaba las cuatro direcciones de los vientos, pero su interés no estaba en las personas sino en los animales salvajes.

Allí permanecimos, y un buen rato llevábamos cuando observé que el animal levantaba las orejas.

–¿Qué sucede, Jacobo?

El perro, lejos de adoptar una actitud agresiva, comenzó a gemir y a mover el rabo.

–¡Ah, la has olido...!

Jacobo aulló lastimero y luego corrió silencioso siguiendo el sendero que nos había traído. Se escucharon ladridos de alegría, y un momento después, Leonor, sobre un hermoso caballo, apareció en el claro mirando a su alrededor.

Yo salí de mi escondrijo y ella vino a mi encuentro, descabalgó, contempló mi pertrechado aspecto y sonrió.

–¿Creías que era una trampa? Pero sí, que más vale estar prevenido...

El perro hacía toda clase de fiestas a Leonor, y ella se volvió hacia él.

–Jacobo, corre a vigilar... ¡Corre, corre! –y el perro, que en apariencia comprendía a la perfección lo que de él se esperaba, correteó por el claro y luego se internó silencioso en la espesura.

–Estamos solos –dijo ella–, y si alguien se acerca lo sabremos en seguida. Ven, vamos a sentarnos y escúchame, que te voy a contar qué es lo que me ha traído hasta este lugar.

Nos acercamos a donde surgían los primeros árboles y ella se sentó sobre un tronco caído. Durante un instante nos contemplamos, pero luego, tras pensarlo y mirando al infinito, comenzó a hablar.

–Nuestros antepasados –dijo cautelosa– vinieron de las lejanísimas llanuras de Asia, ese enorme lugar en donde nació la vida. Eran seres primitivos que, oleada tras oleada, subidos en sus rucios cochambrosos y persiguiendo el sol que se pone, poblaron la Tierra... Sólo les guiaba un afán, y éste es el de ir siempre más allá de los lugares que habían descubierto. Generación tras generación se desplazaron persiguiendo al Astro Rey, conquistando lo que encontraban y poblando los campos baldíos..., y yo, como ellos, quiero ir al más allá... No me satisface que me impongan lo que debo hacer, y se equivocan quienes piensan que voy a transigir con lo que ordene mi padre. En el convento me enseñaron a leer y a escribir, pero también que siempre hay que correr hacia el horizonte. Mi convento está en el Poitou, tierra de trovadores, y allí es costumbre cantar las hazañas imposibles...

Leonor se irguió y durante un momento me miró inquisitiva.

–Y ahora dime, ¿no seré yo capaz de escapar a esa pasión que mis familiares pretenden que escriba con mi sangre?

Leonor, como dije, se había sentado en un tronco caído, y yo, de pie ante ella, la contemplaba atónito. Mis recelos anteriores se habían desvanecido, porque lo que escuchaba... ¿Quién era capaz de hablar de aquella precisa manera...?, pues ni aun mis hermanitas, a las que yo tenía por impares..., y en ello estaba, cuando una inoportuna gota interrumpió mis admiraciones. La tarde aparecía nubosa e insegura, y de allí a un momento comenzó a llover y luego a diluviar. Gruesos goterones caían del cielo y producían ruido en la vegetación. Leonor se levantó presto y gritó,

–¡Llueve, llueve...! ¡Corre, ven...! –y tomándome de la mano me arrastró hacia la espesura.

A cubierto de grandes y frondosas encinas y mientras escuchábamos el fragor de la lluvia derramándose sobre las copas de los árboles encontramos un lugar en el que refugiarnos, y yo, caballerosamente, me despojé del capote que me cubría y protegí a aquella muchacha que de tan desusada forma se descubría ante mí. Leonor, sin embargo, me obligó a guarecerme a su lado, y de tal forma me encontré de repente casi abrazado a ella en la penumbra del bosque...

Pero no cesaron allí los memorables prodigios que aquel día me tenía reservados, pues cuando en tal actitud estábamos, no atreviéndome ni a respirar y con el corazón latiéndome desbocado, un enorme arco iris, que se mostraba entre nubes tormentosas que iban y venían y descubrían retazos del azul del cielo, apareció en lo más alto. Aquella magnífica y luminosa curva se extendía de horizonte a horizonte, y los lugares en que tocaba a la tierra, ¿señalaban la presencia de tesoros escondidos...? Así lo había oído decir, y el repentino espectáculo no tuvo otro efecto que el de confirmar tales presunciones.

Embebidos en la contemplación de la maravilla que nos regalaban los cielos transcurrieron los momentos. Yo la sentía a mi lado y no quería que concluyese el chubasco que de tal manera nos había hermanado, pero al fin, cuando el fenómeno cesó y el jarrear del agua disminuyó hasta convertirse en simple llovizna, las palabras acudieron a mi boca.

–¿Tu padre...? –acerté a decir.

–No te preocupes –dijo Leonor apretándose contra mí–, pues nadie sabe esto, y si acaso se enterara le diré que fui a visitar a la señora Mayor, que posee eficaces remedios que nadie conoce... Hasta aquí me han acompañado dos escuderos, pero son de mi confianza, pues con el dinero que les he dado están emborrachándose a sus anchas... mientras yo visito a la señora Mayor. ¡Por nada del mundo se atreverían a investigar lo que está sucediendo en ese chamizo...! Y mi padre está convencido de que mi salud no anda muy cabal, pues llevo casi un mes sin salir de mis aposentos y le he hablado de sangrías y otros sucesos para él catastróficos, lo que le tiene en vilo. Esta ha sido mi excusa para ir a Toledo, en donde están los mejores cirujanos del reino... ¡Qué estarán haciendo mis dueñas, que me creen en la consulta de un judío que no admite más que pacientes incurables!, pero le he comprado con buenos dineros y no abrirá la boca, pues aún me resta pagar lo convenido.

Ella se rió.

–Este viaje me ha salido caro, pero ¿qué importa? Es dinero de mi padre, y me ha servido para venir a verte...

Leonor me miró con chanza y añadió,

–Y para besarte –y uniendo la acción a la palabra se apoyó en mí y, en efecto, me besó suavemente.

Yo no pude decir una palabra, pues nada deseaba más y todo parecía suceder al compás de mis anhelos, aunque aún me pregunté si no habría un ballestero espiándonos en la sombra y con su arma a punto...

–Tenía enormes ganas de hacerlo –dijo ella tras rehacerse–. Ha sido la primera vez, y de esta forma te he dicho lo que deseaba.

Hubo un pausa obligada por el pasmo que sentía, y ella añadió,

–¿Me entiendes? Nuestros antepasados, aquellos que tras muchos esfuerzos llegaron desde las lejanas estepas de Asia, tropezaron con esa barrera infranqueable que es el océano, pero nosotros no tropezaremos con ella...

Yo, obligado por los impulsos del amor y la juventud, la apreté contra mí y la besé a mi vez. Luego Leonor dijo,

–Sí, te he dicho lo que quería decirte, y de la más expresiva manera posible. Ahora eres tú quien deberá ser cortés con las damas hablándoles de amor...

El amor cortés, el amor de los trovadores de las cortes europeas, por lo que yo sabía de mis lecturas en la academia y las antiquísimas indicaciones que sobre el asunto me había dado Ermentrude, era un amor a distancia en el que el amante nunca traspasaba los límites que impuso Platón, reduciéndose todo a un mero intercambio de palabras nacidas del ingenio y quedando a salvo las formas, que no de otra forma podía ser, pues solía establecerse entre las más altas damas y algunos criados, cual eran los trovadores. A Leonor, con todo, no parecía importarle aquello mucho, y se me ocurrió que, escondidos como estábamos en lo más profundo de un bosque, las formas eran lo de menos, puesto que sólo la naturaleza nos contemplaba. Sin embargo, no podía echar en saco roto aquellas palabras, pues inmediatamente después de que ella habló apareció un enorme arco iris, y me pregunté si una cosa tenía relación con la otra...

Luego las nubes que habían producido la tormenta se alejaron en dirección al horizonte y nosotros abandonamos nuestro refugio y volvimos al claro, en donde el caballo de Leonor triscaba con paciencia las hierbas que encontraba. Olía a tierra mojada, a musgo y a agua salada, y en el cielo distante las aves de presa dejaban oír sus gritos de alegría. El arco iris había desaparecido, pero entre las nubes que corrían por el cielo aparecieron rayos de sol que iluminaban la escena aquí y allá.

Yo no sabía qué decir, pues continuaba absorto ante lo acontecido, pero tampoco podía apartar la vista de aquella muchacha que los Hados habían puesto en mi camino de tan azarosa manera. Leonor era guapa, y me atraía como si dentro de su cuerpo contuviera la piedra imán de los antiguos, pero mi desconcierto era aún mayor y me impedía hablar e incluso pensar.

Durante un rato nos contemplamos en silencio, y al fin ella dijo,

–Tengo que irme. Vine a decirte algo que no podía callar, y ya lo hice; misión cumplida. Lo que suceda desde ahora, ¿quién podrá asegurarlo?, aunque tú seguramente me ayudarás... ¿Verdad que me ayudarás?

Yo asentí mudamente, aunque luego dije,

–Señorita Leonor... Haré lo que usted me diga, pero no veo cómo puedo ayudarla. Una sola palabra de su padre..., y si se enterara de lo que aquí ha sucedido...

–Sí, tienes razón, pero no se enterará. Ya he decidido cómo va a ser mi vida y poco me importa lo que he dejado atrás. Me iría contigo ahora mismo a descubrir qué es lo que hay más allá del océano, pero aún no ha llegado el momento.

Leonor bajó la voz.

–Antes de irnos, dime que harás lo que te diga.

Yo así se lo aseguré, y luego ella subió al caballo.

–Adiós. Guárdate y permanece prevenido. Yúsuf está de mi parte, pues sabe lo que sucede y ha asegurado que me va a ayudar. Tendréis noticias mías –y dando media vuelta y levantando la mano espoleó su montura hacia el lejano extremo del claro.

Jacobo apareció entre la vegetación, ladró persiguiendo al caballo y ella refrenó su recién iniciada carrera y le gritó,

–¡Vuelve, vuelve con él...! –y luego miró hacia donde yo permanecía, agitó la mano y se perdió entre la arboleda.

El perro, cuando llegó a mi lado, me contempló expectante.

–Jacobo, ¡en bonito lío nos hemos metido...!

Él ladró y me interrogó con la mirada.

–Vámonos, vámonos a casa y que sea lo que Dios quiera.

 

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Sábado, 29 de Enero de 2011 13:53 camargorain #. Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Vida de un escritor

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Mi más que modesta carrera literaria es como la de tantos otros. Durante largo tiempo escribí aquí y allá: en los blocs del colegio, en los márgenes de los libros, en cuartillas de tela, en las paredes… Luego las cartas a las novias… Más tarde, sesudas disquisiciones acerca del sentido de la existencia (sobre todo cuando alguna novia se iba con otro) y no menos retóricas consideraciones sobre el devenir de los asuntos en general, en especial los susceptibles de arreglar el mundo. ¿Quién no ha recorrido ese camino hacia el oficio literario? Todos somos escritores.

Tiza, pluma, bolígrafo, vulgar resto de lápiz, anciano ordenador que me miras desde la vitrina de los recuerdos (era un 286)… Tales fueron las herramientas, y la abundancia de café, alcohol y otras hierbas y esas chicas a las que llamamos «inspiraciones».

Al fin, cuando pasan los años y retorna la soledad, esa soledad que nos abandonó durante la juventud, un buen día te ves reflejado en un escaparate y piensas, podría escribir algo… ¡Sí!, podría escribir algo en serio…

Yo me puse a la tarea a mediados de los años noventa del pasado siglo, y lo primero que parí, tras doce meses de ímprobos esfuerzos, frecuentes tientos a las sustancias que cité e innumerables vueltas adelante y atrás, fue un refrito de cosas anteriores (algunas muy anteriores) al que endosé el circunstancial nombre de Viaje al verano.

Tenía 240 páginas, que entonces me parecieron muchísimas, y contaba (y sigue contando) la historia de una noche de San Juan. ¡Qué orgulloso estaba yo de mi libro!, y durante mucho tiempo mi principal preocupación fue que no se borrara debido a algún accidente inverosímil. 

Tras un intento fallido de repetir la operación (es decir, organizar un nuevo refrito con las sobras), me dije, ¿y ahora qué? Se han ido tus amigos, Mariquita, el tío Pepe, Emilio el pasta, los piratas de las gafas de sol… Todos se fueron, allá se quedaron, en las páginas de un libro que se cerró: es preciso abrir otro.

Mi segunda novela (según una idea feliz que tuve uno de aquellos días en que no sabía escribir novelas) iba a tratar de la sicodélica odisea de un astronauta que se queda colgado en una órbita solar, no más de 200 páginas, y a ello me puse con todo ahínco, tarea que me entretuvo algo más de dos años. Al final tenía 900, y el astronauta sólo aparecía hacia la mitad y como un personaje secundario. ¡Eduguá, la negra y el cachalote!, inconfundibles seres de una fábula moderna y larguísima, coparon todo el espacio dedicado a expresarme, y todos hablaron en primera persona…

Con la tercera me volvió a suceder lo mismo (¡qué tiempos aquellos!), y es que una vez que hubimos sobrepasado el siglo y el milenio, una vez que hube acabado la redacción de aquel cuento ingente al que llamé Europa barroca, de nuevo me dije, y ahora, ¿qué?

Entonces nació Crucita y yo, lo que había de ser una novela costumbrista, galdosiana (por decirlo así), una novela cruda y muy actual. Aparecía una chica que desde el mismo limbo de los años sesenta conseguía asentarse en este planeta, y en sus más altas esferas… Baldío intento, como los anteriores. El resultado fue un monumental relato de 700 páginas, que, eso sí, conservó (y sigue conservando) el mismo título, y como era muy largo lo partí en dos, y de allí nacieron La efímera vida de Nastasia, polifacética muchacha de la Ínsula Barataria que murió joven y Crucita y yo.

¡Pues no hemos dicho nada…! Estamos hablando de 1800 páginas de texto, a razón de 350 (por término medio) palabras por página. En definitiva, una locura.

Aquello lo acabé mediado el 2003 (tengo motivos para recordarlo), pero antes de llevarlo a su término ya sabía cómo iba a continuar mi existencia: con la narración de la vida de un personaje tan peculiar como Juan Evangelista, niño diablo, hijo del cometa y lobo solitario. Desde entonces…, aquí me tienen ustedes, intentado dar fin a la vida de este personaje inacabable, personaje que vivió alguno más de trescientos años… 

Pero no se den por convencidos, pues mientras Juan Evangelista campa a sus anchas por la superficie del Universo Mundo (que él dice), puesto que las novelas nunca se escriben de un tirón, aún he tenido tiempo para concluir los Animales y otros fenómenos eléctricos, aquella narración que intenté infructuosamente llevar a buen puerto tras el Viaje al verano y tuve que dejar bailando debido a mis limitaciones. ¡Cinco o seis años después!

Aunque lo que digo tampoco es todo ni lo último que sucedió. ¿Quieren creerse que durante el verano de 2005, debido a la colisión con una nube de cervezas y otras sustancias, me saqué de la manga lo que al final iba a conocerse como Las estaciones? Pues créanselo, y si no, peor para quien esto lee.

 

*        *         *

 

Aquí me tienen. Nos contempla Juan Evangelista y sus trescientos años (Edad de las tinieblas, Siglo de las luces y lo que está por llegar, que no será parvo) pidiendo paso. También Hannah la marciana y los mutantes de Cita en la llanura (un western futurista) descontentos de su suerte, y yo mismo –o mi otro yo–, que desde el lado contrario del espejo me grita, «la labor comercial, la labor comercial…». 

 

*        *        * 

 

Nunca oí tanta música…

(ni mejor música, a lo que muchos contribuyeron, aunque citaré tan sólo al gran amigo de todas las personas, Johann Sebastian Bach)

… como durante los años que ha durado esta etapa de escritor, y a ello estoy agradecido. El imbuirte de músicas reestructura la cabeza de una forma que resulta muy difícil de explicar. Deberíais hacer la prueba alguna vez, aunque, eso sí, hay que ser muy constante y porfiado. Es media vida, o una vida entera.

 

 

Saludos de Camargo Rain.

 

 

 

*        *        * 

 

 

Nota final: lo anterior lo escribí para un blog, probablemente hacia el principio de 2006, es decir, hace ya cinco años. Por pura casualidad lo he encontrado en donde menos lo esperaba, y aunque durante estos cinco años han sucedido muchas cosas (literarias y de las otras), no me ha parecido mal traerlo de nuevo a colación por si alguien se siente retratado o deriva en enseñanza para quienes quieran tomar nota. De paso os dejo un par de enlaces que os llevan a explicaciones de parecido tenor:

 

Mis novelas en cinemascope y technicolor

 

Cómo escribí diez novelas en diez años

 

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Sábado, 25 de Diciembre de 2010 17:55 camargorain #. Novela en español No hay comentarios. Comentar.

La aventura de las luces azules

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Hablo hoy de La aventura de las luces azules, cuya próxima edición (en inglés; tiene gracia la cosa...) está cercana, y cuya portada preside estas líneas.

Se trata de una novela de aventuras, pero de aventurales actuales, sí, y reales, muy reales; no tiene nada que ver con esas cosas que veo que editan ahora, en las que se trasluce que quien lo ha escrito no sabe una palabra de nada; no dígamos ya de física, de la que los autores no suelen saber ni lo más elemental, y así, claro, no hay forma. Además, está protagonizada por seres bienintencionados, pues ¿qué decir del cachalote de la mancha blanca en la frente, que nos transportará a los cuatrocientos confines de la mar océana, o de la negra, que pasó quince de sus años en el fondo de ese mismo mar?

La primera parte de este libro se puede ver en internet: se llama Europa barroca, y podéis echarle una ojeada en el enlace anterior. Quizá a algunos les extrañe el título, pero esto no es para sorprenderse, pues ¿no fue la Europa del barroco la que puso en marcha la maquinaria que nos devolverá a las estrellas?

Si queréis leer algunos capítulos, trozos más o menos desperdigados pero que pueden dar una idea del tono general, aquí os dejo otros vínculos:

 El principio

 La negra a los once años

 Yo no soy una foca que está en una placa de hielo

 Concierto marítimo

 

 

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Lunes, 15 de Noviembre de 2010 12:49 camargorain #. Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Niñas en la playa

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Niñas en la playa..., ¡qué buen asunto!, ¿verdad? La verdad es que acerca de ello se podrían escribir libros enteros. Yo no he llegado a tanto, pero en mis novelas aparecen muchas niñas en las playas del mundo, que es una combinación perfecta y resulta de lo más literaria, y para que lo comprobéis, a continuación pongo algunos ejemplos. Son trozos entresacados de mis libros, y si alguien está de humor, los puede leer.

 

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Esto lo cuenta Juan Evangelista –aquel que vivió trescientos años– en la «Era de las máquinas», uno de los cuatro libros que escribió en el declinar de su vida y en el que habla de los sucesos que le tocó vivir durante el siglo XIX.

 

[...]

–Así es –dijo su madre–, y ya va siendo hora de que os bauticéis en las aguas del mar.

–¿Que nos bauticemos...? –dijo Alessandra–. ¡Si ya nos han bautizado!

Su madre la miró con guasa.

–No. Quiero decir que os sumerjáis en su seno.

–¿Que nos metamos en el mar...? –dijo Alessandra con estupor, pero Harriet la interrumpió.

–¡Sí, sí...! –casi gritó–. ¡Venga...! Pero ¿vestidas?

–No, mujer, vestidas no. Tenéis que quitaros los vestidos, claro...

... así que ellas, tras un montón de remilgos y dentro de sus almidonadas e historiadísimas ropas interiores, acompañadas de su madre, su abuela, la institutriz y un séquito de criadas que portaban toda clase de telas, se sumergieron en la gélidas aguas del océano Atlántico..., del que inmediatamente salieron amoratadas.

–¡Ayyyy...!, ¡mamá...! –y envueltas en toallas fueron conducidas ante el fuego que nos habíamos ocupado de encender, y allí, sacando fuerzas de flaqueza y no queriendo en su orgullo dar muestras de aterimiento, mientras tosían y temblaban como azogadas el agua les manaba por todas partes, tales fueron la cantidad de lágrimas y mocos que salieron de sus cuerpos.

Al fin, un buen rato después, cuando de nuevo se recompusieron y pudieron cesar en sus manifestaciones, lánguidamente extendidas sobre una enorme tela y muertas de risa, a una exhalaron,

–¡Ay, qué bien me encuentro...

... y es que el mar, como decía su madre, es uno de los mejores depurativos, aunque esté tan frío como el que ante nosotros se extendía.

[...]

 

---------------------------------------------

 

Esto lo dice Crucita en  «Crucita y yo», contándoselo a Palmira, su amiga del alma. 

 

[...] bajo los cuales había tenido la precaución de ponerme uno de esos tangas blancos que son la perdición de los hombres.

–¿Síii...?

–Desde luego. No sé qué ven pero no lo pueden aguantar, y si te lo pones en la playa no te digo nada, entonces sí que la armas; a mí se me ocurrió hacerlo una vez y no he vuelto a probar. [...]

 

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Esto lo dice Nastasia, protagonista de «La efímera vida de Nastasia», una vez que hizo un largo viaje en vespa (a los catorce años) para ver el mar.

 

[...]

No sé ni lo que tardé, pero tampoco debió de ser tanto porque llegué al lugar al que me dirigía cuando aún era de noche. De pronto, tras muchísimas curvas, muchísimos camiones y muchísimas rayas blancas, la mayoría muy despintadas y difíciles de seguir, lo vi. Un letrero muy grande así lo decía, «PLAYA», y hacia allá me fui, bordeando un río que no llevaba agua, sólo charcos y basura, y no había coches ni nada. Todo estaba desierto y silencioso porque eran las horas que preceden al amanecer, y a esa hora, conforme se va corriendo el arco de sombra sobre el planeta Tierra, los seres vivos están en el momento alfa, no hay más que ver a las gallinas –bueno, y a los hombres, por lo menos a algunos–, y tras unos cuantos kilómetros más llegué a mi destino, ¡al fin! La carretera se acababa en una gran explanada iluminada por algunas farolas, y sin transición comenzaba la arena. Más allá, en la oscuridad, estaría el mar...

Había una barandilla de piedra invadida a trechos por la arena amontonada, y algunos difusos edificios cercanos, pero ninguno tenía luces y pensé que quizá se debiera a la hora. Yo paré la moto y me bajé de ella. Me quité el casco, que parecía habérseme quedado pegado a la cabeza, y de inmediato sentí una enorme sed y una gran impotencia, porque por allí no había nada de donde beber..., aunque, ¿quizá sí lo había? A lo lejos, pegado a la barandilla, vi algo que me llamó la atención, y corriendo como pude fui hasta allí. Era un grifo de los que, para lavarse los pies, a cada trecho suele haber en algunos paseos marítimos; yo nunca había visto uno, pero eso daba igual, me lo imaginé al momento. Apreté el grifo pero sólo salió un poquitín, un chorrito, y cuando la probé resultó que sabía fatal. Sin embargo, tenía tanta sed que a pesar del asco que me dio bebí un poco y se me pasó, y luego ya empecé a encontrarme algo mejor..., y después, tras dos o tres tragos más, volví a donde tenía la moto y me senté a su lado.

¿Qué hacer? A lo lejos se oía un leve ruido que atribuí a las olas del mar, pero lo poco que podía ver de playa estaba muy oscuro y no me atreví a aventurarme en las tinieblas. Aún era noche cerrada, pero yo sabía que en seguida iba a comenzar a amanecer, así que se me ocurrió recostarme en la playa tal cual. Me eché con el abrigo, que era muy aislante, al lado de la moto, y estuve intentando dormir. Cerré los ojos sobre el duro suelo –porque aquella arena era muy rara, estaba como dura. ¿Serían así las arenas de todas las playas? Muy otras eran mis noticias...– pero no lo conseguí; entre la pastilla, el frío y el cansancio, no podía dormir. Oía el manso mar a lo lejos, muy tenuemente, y así estuve un rato, acordándome de mi madre, que seguramente estaría soñando en aquel paraíso del que me había hablado, y de mi cama..., aunque algo amodorrada sí debí de quedarme porque de repente me desperté sobresaltada, muy molesta y sudorosa.

Abrí los ojos, y lo que vi fue un páramo de tierra marrón y asquerosa, o sea, como sucia, que me resultó muy diferente de las que yo había visto en los libros. No tenía ninguna clase de árboles en la orilla sino muchas casas, bloques muy altos y todos vacíos. No había nadie y todas las casas tenían las persianas cerradas –se veía que no era la época de las vacaciones–, de forma que me puse en pie, y poco a poco, mirando a mis desiertos alrededores, llegué hasta la orilla. Allí estaba el mar, sí, el mar que me había llevado a hacer aquel largo viaje, pero no se parecía en nada a lo que yo pensaba, en nada. El agua no era azul, como yo había visto en las películas, no, nada de eso, ni había olas ni viento ni gritones pájaros marinos sobre ellas; no había nada de lo que yo pensaba. Todo era gris y estaba sucio y muy quieto, como muerto. Aquello no parecía el mar sino un lago muerto. ¿Sería el mar Muerto...? Bueno, a lo mejor me había equivocado de camino y aquel era el mar Muerto..., y tampoco había amanecido un día radiante, aspecto del que yo tenía nociones por la literatura, sino que empezó a haber una luz acorde con el terreno, con el escenario, con el cielo, una luz así como grisácea y que no contribuyó en absoluto a animarme, aunque a pesar de todo paseé un poco por la orilla.

–Mar, ¡qué feo eres y qué sucio estás! Estás tan sucio como tu playa o esa explanada a la que he llegado. Todo está desarreglado y descompuesto. Tus olas son ridículas y antes he visto un pez muerto en tus orillas...

Yo le miré.

–¡Mar!, ¿por qué me has hecho esto?

... pero el mar no me contestó. Yo estaba allí, como tonta, mirándole otra vez.

–¡Mar!, ¿eres tú?

... pero el mar seguía mudo y desinteresado, aunque al final se dignara hablar.

–¿Qué quieres que te diga, boba niña, que te has dejado engañar por los libros? ¿De qué protestas? Tus mayores me hicieron esto, y ahora te quejas... Vuelve a tu casa y no digas a nadie que me has visto en este estado –y como me empezara a entrar miedo de tener aquellos pensamientos, di media vuelta y salí corriendo y no paré hasta llegar a la moto.

–¡Jo, moto!, el mar no me hace caso. ¿Tú te vas a portar bien? ¿Me devolverás a casa...?

Así que después de ver aquella plomiza agua y quedarme totalmente desilusionada, dado que súbitamente me pegó el bajón y empecé a encontrarme bastante mal, triste y desamparada y con mucho sueño, [...]

 

--------------------------------------

 

Y esto es algo de lo que se narra en el «Viaje al verano».

 

[...]

El guateque siguió hasta altas horas, y la mayoría –de los mayores, claro está– agarró un pedo de campeonato. Para recuperarse un poco, allí, ya se sabe, no hay que tomar pastillas ni nada de eso; basta con bañarse un ratito en las olas tumultuosas.

–Bueno, me siento como si tuviera veinte años.

–¿Veinte años...? Yo me siento como si tuviera dos.

Sí, y es que esto de las olas delParaíso...

La pirata, Mariquita, la Pepi, Laura y Chiquita del Paraná, que se habían hecho muy amigas, por eso de despejarse se bañaron desnudas.

–Si quieres te dejo un traje de baño.

–¿A mí...? Na, a mí no me hace falta. A mí me encanta esto de...

... y luego fueron a secarse a una de las hogueras.

Antes de amanecer, como aquella noche había fuegos artificiales celestes, se subieron a una de las dunas para verlos mejor. Los fuegos artificiales del Cielo no son como los de aquí, sino más bien como una lluvia de meteoros, fenómeno conocido vulgarmente como «lluvia de estrellas». Los fuegos artificiales del Cielo no salen del suelo sino que vienen de arriba, de muy arriba, de muy lejos, y a una frecuencia de unos diez por segundo. Son unos fuegos como Dios manda, una cosa seria.

–¡Haaaala...!

–¡Miiiira...!

–¡Aaaaahhh...!

Los fuegos artificiales del Cielo son tan bonitos, tan abracadabrantes, que todos acabaron aplaudiendo.

–¡Pero qué bien...!

–¡Sí...!

[...]

 

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Lunes, 04 de Octubre de 2010 11:52 camargorain #. Novela en español No hay comentarios. Comentar.

Fotógrafo de bodas

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El personaje (ficticio, por supuesto) de Camargo Rain, aporreador de teclados (el del piano y este del ordenador), así como escritor de novelas y cuentos chinos y cuyas habilidades literarias han quedado –para bien o para mal– de sobra evidenciadas en este y otros blogs, no es baraja de un solo palo, sino que al modo del doctor Jekyll y míster Hyde presenta alguna otra vertiente. Por ejemplo, la de fotógrafo.

 

Pues sí, que ese ha sido uno de sus principales oficios y para el cual utiliza el nombre (asimismo ficticio) de Ramón López-Alonso. Y como Camargo Rain, o sea, Ramón López-Alonso, tiene galería fotográfica en internet y muestras sin fin, os dejo aquí el enlace, que es seguro que interesará a aquellos a los que les gusta la fotografía, que son abundantes en este planeta nuestro. La dirección de marras es:

 

Ramón López-Alonso, fotógrafo

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Lunes, 06 de Septiembre de 2010 18:30 camargorain #. Fotografía No hay comentarios. Comentar.

Página de cocina de Camargo Rain

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He puesto en la red una página dedicada a la cocina, en la que se pueden encontrar recetas con fotos como la de arriba, un cuenco de salmorejo. La dirección es

 

La cocina española de siempre

 

Espero que os guste y la encontréis de utilidad.

 

Otros enlaces que a lo mejor os interesan son los siguientes:

 

FOTOS DE ESPAÑA

Mis novelas en cinemascope y technicolor

HISTORIA DEL CINE PARA IGNORANTES

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Lunes, 16 de Agosto de 2010 13:37 camargorain #. Historias de la cocina No hay comentarios. Comentar.


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