Más sobre CRUCITA Y YO

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“Crucita y yo” es una novela que escribí hace años y en la que se cuenta la vida de dos hermanas, Nastasia y Crucita, que se llevan veinte años; como su madre se ha muerto, Nastasia hace de madre de Crucita. En el trozo que pongo más abajo aparecen algunos personajes, como el Rockero, el Rockero solitario, también conocido como Monticola solitarius, que es el novio de Nastasia y quien, por lo tanto, representa el papel de padre de Crucita, o Quimera, una señora cubana que hace de chacha para todo y cuidó de la niña mientras fue pequeña.

La novela tiene 650 páginas, y, por lo que yo sé, se lee de un tirón, o la gente la lee de un tirón y luego me dice, ¡pero qué burro eres, macho…!, porque a todo el mundo le gusta mucho y se lo pasan en grande con las aventuras de esta elementa, de la que en la contraportada se dice lo siguiente:

Crucita, niña rizosa, poetisa, trigueña, ojizarca…; esto es lo que se dice de Crucita, pero además se dice: chavala espectacular, parlanchina a más no poder y señalada por el dedo del Cosmos, que no es cosa que se vea todos los días. Ser privilegiado, en suma, cuyas andanzas son largas y enrevesadas, sí, muy aparatosas y teatrales, y movidas…

Crucita, a quien también se conoció como Maricruz (que es nombre de gallina), o como rubia, bella durmiente, niña pequeña, especie de maciza y otros muchos adjetivos del mismo tenor, nació de unos seres que se querían; vivió a cuerpo de rey toda su vida; se reprodujo, aunque no sin dificultades, y enfiló el camino hacia adelante con la satisfacción del deber cumplido…

¿Aún me escuchan…? Pues les voy a decir más. Palabras acabadas en culo hay muchísimas, casi todas de cuatro sílabas, y las principales son, báculo, cenáculo, pináculo y tabernáculo; vernáculo, espiráculo y oráculo; o bien, espectáculo, habitáculo, tentáculo y obstáculo

Pero me dejo de rollos y pongo un trozo de este escrito, un monólogo de la niña cuando tenía cuatro años. Ahí va:

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En la época que cuento vivíamos en una casa muy grande. No tanto como la del pueblo, la de los abuelos, pero sí bastante buena. Ocupábamos casi una planta entera de un lujoso edificio, la planta alta, la de arriba del todo. El edificio era tan bueno que tenía hasta jardineras de cemento llenas de flores, y en uno de los lados vivíamos Maná, Quimera y yo, y en el otro Maná tenía instalada su oficina. A mí, al principio, no me dejaban entrar en él, pero luego empecé a ver por la terraza que algunas gentes se aposentaban en ella, al otro lado. Como había un plástico medio transparente en mitad, algo se veía, algo se intuía, y una vez vi a uno de corbata, ¡qué raro es eso!, mucha gente lleva corbata y yo no sé por qué..., pero mis investigaciones no duraron mucho porque un día llegaron unos señores con aparatos y ladrillos y cambiaron el plástico por una pared. Lo hicieron muy rápido, pero Quimera se enfadó porque manchaban. ¿Manchaban? La verdad es que no mancharon casi nada, pero Quimera, así y todo, se enfadó un poco.

–Y ahora, ¿quién limpia esto...? Quita, niña, quita, que te vas poner hecha unos zorros. ¡Ay, Dios mío!

... y otras veces, cuando está algo cansada porque revuelvo mucho, ¡claro, qué voy a hacer!, es ley de vida, lo que dice es,

–Niña, mi amor, vete a ver la televisión –pero esto sólo me lo dice Quimera, porque Maná no quiere que contemple la pantalla de los mil colores.

Cuando era pequeña lo que hizo fue abrir el aparato por detrás con un destornillador –nunca hagas eso, te puedes quedar pegada para siempre, me lo dijo una vez el Rockero, pero ella lo hizo– y quitó una de las piezas. Desde entonces allí sólo se veían rayas y los mil colores se convirtieron en unos diez o doce. A veces la encendía, pero me aburría en seguida. Yo le decía,

–Maná, lleva a arreglar la televisión.

–Pero si no tiene arreglo, mujer.

–¿Cómo no va a tener arreglo? Seguro que todas las cosas tienen arreglo.

–Pues esta no.

... y Monticola el Rockero, una tarde que estuvo en casa haciendo cigarros de los suyos, me dijo lo mismo.

–Me parece que ese asunto, en efecto, no tiene solución.

El Rockero, y esto lo sé desde pequeña, se expresa como un libro abierto.

–¿En efe qué...?

–En efecto, niña, en efecto. ¿Tú no sabes lo que es en efecto?

–No.

–Bueno, pues siéntate ahí y acábate el batido.

–¿El batido...? ¡Oye, si no es un batido, que es un plátano...!

–Bueno, pues da igual. Acábate el plátano.

A mí siempre me ha parecido que los telediarios son el mayor acto de propaganda de los ricos. Allí salen unos señores repeinados representando el guión de los ricos. Los señores que salen son los locutores y los políticos, que también son locutores, locutores del punto de vista de los ricos, no hay más que oírlos. Yo empecé a darme cuenta de esto cuando era pequeña, muy pequeña, en cuanto oí diez o doce de aquellos telediarios.

–Maná.

–Qué.

–¿No te aburres?

–No, mujer. ¿Por qué?

–Pues por eso que dicen...

–Bueno, es que esto son cosas de mayores..., y baja los zapatos del sofá, niña.

Pero lo que digo no se para en los telediarios, el periódico parlante de los ricos, qué va. Ahora resulta que al recreo lo llaman no sé cómo, de una forma rarísima. Yo sólo tengo cuatro años, pero ya me parece que aquí alguien se ha vuelto loco, y si esto es así, cuando sea mayor, ¿qué pensaré? Yo quería tener un recreo como el de los niños de siempre, y un día se lo dije a Maná.

–Oye, Maná, que yo quiero tener un recreo como el de los niños de siempre. En ese colegio es un rollo...

–¿Por qué?

–Es que lo llaman no sé qué...

–¿Cómo lo llaman, mujer?

–Pues no sé... Mira, pero lo tengo aquí apuntado, en este papel –y le enseñé uno que nos habían dado en el colegio para que, a guisa de información, se lo diéramos a nuestros padres, y allí lo ponía.

–¿Qué pone aquí?

–¿Dónde?

–En lo grande.

–Pues pone, SEGMENTO DE OCIO.

–¿Ves? Eso decía yo... Oye, Maná...

–Qué.

–Que qué significa eso.

–¿Cuál?

–Pues lo de segmento no sé qué... –y Maná, porque yo creo que la estaba mareando, me dijo,

–Bueno, pues si quieres, no vayas más al colegio, ya buscaremos otro. Total, allí no os enseñan más que tonterías... –pero yo protesté.

–No, Maná, porque si no voy, ¿cómo aprenderé lo que significan las letras? –y ella me dijo,

–Pero tú, ¿para qué quieres saber lo que significan las letras? –y yo, la verdad, me quedé un poco atascada, pero al final dije,

–Pues... pa leer eso..., lo de eso... Es que no me acuerdo ya.

... de forma que fue Maná, bueno, y Quimera y Rosa y tantas otras personas, hasta el Rockero, quienes pasaron por allí y me explicaron lo que significan esos signos negros sobre fondo blanco. Lo que me dijo Rosa fue,

–Yo no me llamo Rosa. Me llamo Rosa Rose. ¿Lo entiendes? –y yo..., por supuesto que lo entendía.

También me dijo,

–La erre con la o... –y yo, contentísima, gritaba,

–¡Rrróooo! –y ellos se reían, claro, porque a todos nos gustan los niños que hacen monadas.

Luego decía,

–Y la ese con la a... –y yo me aceleraba.

–¡Sáaa...! –y todos gritaban.

–¡Eso, hija, eso! ¡Rrrró...!, ¡sáaaa...!

Menudas juergas nos trajimos con lo de las letras durante una temporada, el Rockero de los que más.

–O sea que quieres aprender a leer.

–Sí.

–Pues ya puedes empezar a comprarte libros.

–Me los compra Maná.

–¿Te los compra Maná?

–Sí, los que yo le digo.

–Ya, pero eso son libros de dibujos y tú necesitas libros de letras. ¿No te has fijado en que las letras son dibujos?

... y me hizo mirarlas con una lupa y la verdad es que sí, las letras son dibujos, son rayas y puntos. Las letras son sólo dibujos trazados por manos humanas y los perros no saben escribir... ¡Huy, qué risa!, no, ¡cómo van a saber...! Los perros no saben escribir ni creo que aprendan en la vida. ¿Y las gallinas...? Bueno, las gallinas a lo mejor sí pueden aprender.

–¿Tú podrías enseñar a leer a una gallina?

–Pues no sé, pero una vez vi en el circo a un caimán que cantaba canciones mexicanas.

–¿Síi...?

–Sí. Y a un mono que adivinaba el futuro.

–¿Síiiii...? ¿Tú vas al circo?

–Claro. ¿Tú no?

–No, yo no he ido nunca.

–¿Quieres que te lleve un día?

–Bueno, pero contigo, ¿eh? Tú también vas...

–Sí, mujer, claro. ¿Qué te creías, que me iba a quedar en la puerta? Vamos los dos como unos señores.

–Eso. Y llevamos a Maná, ¿eh?

–Hombre, por supuesto; y a Quimera, si quieres, también –y yo lo pensé un poco pero no me pareció lo más acertado.

–No, a Quimera mejor no.

–¿Por qué, mujer? Si seguro que le gustaba... –y yo lo pensé de nuevo.

–¿Está sucio el circo?

–¿El circo...? Qué va, está limpísimo.

... pero si Crucita la parlanchina, que soy yo, comenzó hace poco su andadura, resulta que su hermana Anastasia no le va a la zaga. Ella nació hace cierto tiempo y ya ha corrido mucho por la superficie terrestre, pero tampoco se para en barras. Véanlo ustedes.

 

*        *         *

 

Un día tía Conchita me llamó y me dijo... Bueno, no, mejor lo voy a contar de esta otra forma: resulta que en el país de los ciegos el tuerto es el rey... Bueno, no, tampoco.

 

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(... y de tal forma continúa la historia durante muchas, muchísimas páginas y movidas de todo tipo...). FIN por hoy.

 

 

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Sábado, 17 de Octubre de 2009 12:22 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español. No hay comentarios. Comentar.

Fotos de España

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Hoy traigo el enlace de una página que he puesto en la red para los que les gusten las fotos y les guste nuestro país. Es mi punto de vista sobre el asunto, y espero que más de uno (y de una) lo pase bien contemplando esta avalancha.

 

Hay muchísimas ausencias, pero tampoco se puede abarcar todo. De todas formas, imagino que iré añadiendo cosas según surjan.

 

Son casi 500 fotos, así que es preciso tomarlo con calma, que ver muchas seguidas suele ser muy agobiante.

 

 

Fotos de España

 

 

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Sábado, 26 de Septiembre de 2009 17:25 Autor: camargorain. #. Tema: Fotografía. No hay comentarios. Comentar.

CURIOSIDADES DE LA VIDA

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CURIOSIDADES DE LA VIDA: una verdad contrastada con números

(Esto no es un trozo de una de mis novelas, pero da igual, sirve lo mismo).

Si en enero de 2005 hubieses invertido 1.000 euros en acciones de Nortel Networks, una empresa de las que llaman "gigantes del sector de las telecomunicaciones", hoy tendrías 59 euros.

Si hubieses preferido invertir esos 1.000 euros en acciones de Lucent Technologies, otro "gigante del sector de las telecomunicaciones", hoy tendrías 79 euros.

Ahora bien: si en enero de 2005 te hubieses gastado 1.000 euros en SIDRA (en la bebida, no en acciones), te la hubieses bebido toda y hubieras revendido solamente las botellas vacías, hoy tendrías 90 euros.

Conclusión: en eso que llaman actual escenario económico, pierdes menos dinero esperando sentado y bebiendo sidra todo el día.

(Extraído de un correo de un amigo, y lo traigo a este lugar porque es la pura verdad. Como se puede deducir de lo anterior, lo que dicen los banqueros, los políticos, etc., o sea, los que hacen como que nos gobiernan, acerca de las virtudes del trabajo, el crecimiento, el estado del bienestar y otras zarandajas con que intentan enredarnos, es mentira. Los números demuestran que es mejor no hacer nada, o, en todo caso, nada de lo que ellos aconsejan).

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Lunes, 07 de Septiembre de 2009 13:38 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español. No hay comentarios. Comentar.

Nastasia va con su madre a la playa (1979)

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Este es un trozo de la novela denominada "La efímera vida de Nastasia", que está algo después de la mitad del libro, más o menos. Como se supone que sucede en agosto, me parece buena ocasión para ponerlo.

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Aquel año aprobé todo, aprobé la reválida, hasta con buenas notas, y mi madre me dijo,

–¿Te acuerdas de lo que te prometí? ¿Quieres que nos vayamos tú y yo a ver el mar? –y el corazón me dio un vuelco.

–¿De verdad?

–Pues claro. No podremos ir mucho, pero unos días sí.

Mi madre me miró divertida y añadió,

–Pero no se lo digas a tu padre. Le decimos que nos vamos al pueblo y ya veremos lo que hacemos, ¿vale? –y así fue la cosa.

Primero estuvimos con los abuelos unos cuantos días, y luego, en autobús y en tren, nos fuimos a un pueblo que se llamaba La Antilla. No eran Las Antillas, ¡qué más hubiera querido yo!, que estaba deseosa de emigrar a cualquier sitio que me hubieran propuesto –aunque con mi madre al lado, claro está, de la que no me hubiera separado por nada del mundo–, pero aquel lugar al borde del Atlántico, con su mar azul, su enorme playa de blanca arena –aquella sí, y no la que había visto en mi viaje en vespa–, sus embarcaderos de madera, sus barquitos que iban a pescar todas las tardes y su perenne buen tiempo, me pareció el colmo de las maravillas, y los primeros días los pasé en la playa sin querer moverme de ella.

–Pero, mujer, que tenemos que comer...

... y yo, sin levantarme de la arena, decía,

–Ya, pero es que no tengo gana... ¿No quieres ir tú sola? –y ella se iba y volvía al cabo de un rato con bocadillos y cocacolas.

–¡Jo, mamá, qué buena eres! –y mi madre se reía.

–Pero, niña, ¿eres tonta...? ¡Come, venga, que estás en los huesos!

... y allí comíamos las dos tan contentas, y luego nos pasábamos toda la tarde bañándonos, dándonos crema y aprovechando los rayos de sol hasta el final, y si yo no quería salir de la playa era porque mi madre, al llegar, me compró un bikini, mi primer bikini, y estaba aprovechando para ponerme morena en condiciones, por la tripa y por todas partes, cosa que nunca había hecho.

Nosotras llegamos para pasar diez días, pero algo debió de suceder que yo no sabía, porque al cabo de una semana, un mediodía, ella me dijo,

–Ven conmigo, vamos a ver a un antiguo conocido tuyo –y fuimos a uno de aquellos bares que había en la playa en donde nos encontramos a Juanito, sí, el macizo de Europa, que me dijo,

–Pero, chavala, ¡cómo has crecido...! –porque hacía bastante que no nos veíamos y yo estaba muy grande, casi tanto como de mayor.

Él nos invitó a comer allí mismo, y durante la comida estuvieron hablando de negocios. Lo que Juanito quería era que mi madre se quedara a trabajar allí todo el verano.

–¿Todo el verano? No sé si podré... –y él pareció quedarse muy desilusionado.

–¿No? ¡Pues no sabes la faena que me haces! Bueno, si no puede ser, ya buscaré a alguien... –pero yo, que ya me veía pasando las vacaciones en aquel lugar paradisíaco, intenté animarla.

–Mamá, ¿por qué no te puedes quedar? Así nos quedamos las dos...

–Sí, pero es que no sé qué va a decir tu padre... Esto no estaba previsto... –y al final todo se arregló, o medio arregló, porque mi madre era de lo más hábil y persuasiva.

Estuvo hablando por teléfono con él varias veces y le convenció. Supongo que le diría que allí se ganaba bastante dinero, que para mi padre era un argumento definitivo, pero el caso fue que nos quedamos todo el verano, y yo, algunos días, estuve haciendo de camarera, sirviendo platos de mesa en mesa como uno más, sobre todo los fines de semana, que era cuando iba más gente. Los domingos iba tanta gente que se acababa todo lo que había en el bar, y los que trabajábamos, mi madre, la cocinera, los de la barra y los demás, acabábamos derrengados y a las nueve de la noche echábamos el cierre, poníamos un cartel en la puerta y nos íbamos.

Mi padre, no obstante, llamó varias veces para que volviéramos, y por lo visto llamaba cabreado, claro, pero mi madre le toreó durante una temporada.

–Le he dicho que hay muchísimo trabajo y que ahora no puedo ir, ¡estamos en plena temporada!, y que tú, pudiendo estar aquí, allí no pintas nada. Porque tú no querrás ir, ¿verdad? –y yo, sorprendida, exclamé,

–¿Yo...? ¡Ni hablar!

Luego dijo,

–Ya verás como aparece por aquí. Seguro que viene el fin de semana –y así fue.

Mi padre vino a ver qué sucedía y si era cierto lo que mi madre le había contado, porque se presentó un viernes por la tarde de sopetón y sin avisar, como si nos fuera a coger en alguna mentira. Seguro que él pensaba eso, pero mi madre, cuando llegó, estaba en el bar dando órdenes a diestro y siniestro y organizando todo para el fin de semana, y yo en la playa, aprovechando hasta el último momento, y se tuvo que callar. Vamos, callar tampoco. A mí me dijo,

–Estás demasiado morena. ¿Tú has visto esto...? Esta niña está negra como un tizón. ¿Tú no sabes que eso no es bueno?

... como si le importara algo lo que me sucediera a mí, y a mi madre la intentó convencer para que dejara todo y se volviera a casa, pero ella, muerta de risa y sin hacerle ningún caso –porque mi madre no se enfadaba nunca, ni aun con mi padre, que era muy pesado–, le dijo,

–Bueno, bueno, tranquilo. Ya ves que esto se acaba en septiembre y hasta entonces no puedo volver. ¿No dices que no trabajo nada y que todo lo que hago son tonterías? Pues mira, ahora estoy ganando tanto y cuanto –y como lo que dijo era bastante más de lo que él ganaba, se tuvo que callar.

Le sentó como un tiro y se puso a rutar, según costumbre, pero se calló, y aquella noche me mandaron a dormir a otro lado. Como en donde nos quedábamos no había sitio para los tres, le tuve que dejar la cama a mi padre e irme a casa de una señora. Era la que nos vendía las verduras para el bar, que vivía sola y me dio cobijo aquellas dos noches.

–Si no son más que dos noches, no hay inconveniente. Ya sabe usted que yo no hago estas cosas, pero una emergencia es una emergencia. Además..., ¡si el que viene es su marido...!

... y por la noche la señora me dijo,

–¿No quieres salir? Vete a dar una vuelta, mujer, que este es un sitio muy tranquilo –y yo, que no las tenía todas conmigo, salí después de cenar.

Anduve sola un rato por allí, me comí un helado y volví adonde iba a dormir, y la señora, que me estaba esperando, se interesó mucho por mi paseo nocturno. Me preguntó,

–¿Te ha gustado? Este pueblo es muy bonito, ¿verdad? Además, ahora hay mucha gente y está muy animado.

Eso fue el viernes, y el sábado repetí. Como había estado todo el día trabajando como una negra –observada por mi padre desde la barra, de la que no se separó ni un momento, porque la playa ni la pisó–, estaba muy cansada, pero por la noche volví a salir. Di otro paseo por el mismo sitio que la noche anterior y observé que la gente me miraba. Algunos hasta me dijeron cosas, pero no les hice caso porque no me gustaron, y en seguida volví a casa porque al día siguiente tenía que trabajar otra vez y aquello era bastante cansado, y al final mi padre se fue sin despedirse, clara señal de que se había ido cabreado; cogió el coche y desapareció. El domingo por la tarde, que estábamos las dos trabajando en el bar, mi madre, desde su mesa de control, me preguntó,

–¿No ha venido tu padre a despedirse? –y como yo, que pasaba por allí con una pila de platos sucios, negara con la cabeza, añadió–. Pues se ha debido de ir porque mañana por la mañana tenía que trabajar. ¡Paciencia, mujer! –y mi madre, en el fondo, lo decía un si es no es risueña; en realidad no se reía, pero sólo le faltaba hacerlo.

Así estuvimos todo lo que quedaba de verano, hasta septiembre. Cuando el bar se cerró nos fuimos unos días al pueblo, con los abuelos, y a mediados de aquel mes volvimos, las dos con gran pesar en el corazón, a nuestra casa de la gran ciudad, en donde Kraka nos esperaba como agua de mayo y con todo hecho un asco. No había barrido ni una sola vez, y por el baño y la cocina parecía que había pasado un ciclón. Ninguno de los objetos que contenían estaba en su sitio, pues la mayoría se aposentaban en las mesas, las sillas, el suelo y, sobre todo, el fregadero, que rebosaba, y no sólo de platos y toda clase de cacharros sucios, no, sino también de amplios cultivos de las más selectas variedades de hongos.

 

 

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Sábado, 15 de Agosto de 2009 17:29 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español. No hay comentarios. Comentar.

Referencia externa a Camargo Rain

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Hoy pongo la dirección de un señor que se refiere a uno de mis libros. Me hace gracia el texto que ha elegido, que está en "Las estaciones", una de mis novelas, y aún más gracia que me haya puesto el primero de la lista, lo que quizá indique que es lo que más le ha gustado, aunque suene un tanto inmodesto. Bueno, pues desde aquí se lo agradezco.

Este señor (Ángel Romero) está en Canarias, creo que en Tenerife, en donde mantiene algo relacionado con la informática, y las direcciones que se refieren a un servidor son

 

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/index.html

 

y

 

http://angelromero.es/literatoslulu.com/literatoslulu/camargo-rain/index.html

 

 

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Sábado, 01 de Agosto de 2009 18:17 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español. No hay comentarios. Comentar.

Una película veraniega

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Pues resulta que el otro día hice una película (una cosa mínima, vamos, que nadie se alarme) para que el personal pueda ver algunas de las fotos que he hecho durante el último año, y para amenizarla la monté sobre una música que, para los no iniciados (porque los enterados la reconocerán al instante) diré que es el tercer movimiento del concierto de don Antonio Vivaldi que se conoce como "El verano"; es decir, una de "Las cuatro estaciones". Este tercer movimiento se llama "La tormenta" (estival, se supone) y está escrito para orquesta de cuerda y bajo continuo. Ahora bien, yo me dije, lo voy a tocar con el teclado (un aparato eléctrico que suena como tú quieras) en plan clavecín, y dicho y hecho... Porque, aunque a alguno le extrañe, el que toca es un servidor (este renombrado Camargo Rain que sale por todas partes), y lo hice en casa, durante un rato libre, aunque la tuve que tocar varias veces, claro es, antes de hacerme a ella... (Y luego dicen que los músicos del barroco eran aburridos y no tenían marcha...; ya quisieran los de ahora).

 

Bueno, pues tras tan largo preámbulo, ahí va la peli, de la que tengo que decir que en you tube se ve bastante peor que en mi ordenata, pero qué le vamos a hacer, que la cosa no tiene remedio; lo que resta se puede suplir con la imaginación. El enlace es:

 

 

FOTOS DE OTROS MUNDOS

 

 

(Nota final: Castrojeriz se escribe con jota; perdón, pero ya era mucho lío cambiarlo y volver a subir la peli).

 

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Martes, 14 de Julio de 2009 09:13 Autor: camargorain. #. Tema: Fotografía. No hay comentarios. Comentar.

Cuento del gabardinoso y su perseguidor

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Puesto que este es un blog literario, es decir, dedicado a contar cuentos chinos, y puesto que el cuento que quería contaros hoy es bastante largo y ya lo tengo alojado en otro lugar, en vez del cuento os pongo la dirección, a la que no tenéis más que ir para leer el famosísimo

 

cuento del gabardinoso y su perseguidor

 

¡Ay, pobre gabardinoso!, que la vida le llevó por estrafalarios caminos, y pobre también el capitán del equipo de hockey de veteranos de la Real Sociedad de Tenis en su justiciera y dificultosa aventura..., aunque ahora que lo pienso, no sé por qué digo «pobre gabardinoso», ya que al final, y contra lo que pudiera esperarse, todo se resolvió a su entera satisfacción...

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Sábado, 13 de Junio de 2009 18:00 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español. No hay comentarios. Comentar.

Enlaces a mis películas

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Para los que queráis saber algo más acerca de estos libros que escribo, de los que en este blog he puesto algunos trozos, pongo ahora los enlaces a dos peliculitas (en plan vídeo clip) que he hecho y tratan de ellos. Son:

 

peli sobre Europa barroca

peli sobre los libros de Juan Evangelista

 

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Sábado, 16 de Mayo de 2009 17:39 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español. No hay comentarios. Comentar.

Desenterrando el tesoro

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Nueva página de la muy extraordinaria tetralogía de Juan Evangelista, personaje que nació en la Ciudad Rodrigo de 1680 y vivió alguno más de trescientos años (o sea, que se ha muerto antes de ayer, como quien dice). Y, claro, como vivió tanto tiempo le dio tiempo a recorrer el planeta Tierra en casi toda su extensión y estar presentes en una cantidad de movidas que no se imagina sino el que lea estos libros, libros de aventuras sin fin, por supuesto, y de los que se pueden tener cabal y cumplida noticia yendo a la siguiente dirección, en donde se intenta explicar lo inexplicable:

 

Tetralogía de Juan Evangelista

 

El fragmento que hoy traigo a esta página pertenece al tercero de los libros, el denominado "Era de las máquinas", que se desarrolla durante el siglo XIX.

 

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Mi único acompañante de los meses que cuento fue un viejo asno que hizo la mayor parte del trabajo, pues era él quien a duras penas arrastraba el mugriento carro en que me desplazaba y en cuyo interior se agolpaban baratijas sin fin que, para mayor disimulo, yo vendía en las alhóndigas y plazas de los lugares que atravesaba durante los largos días de camino. La caridad de las gentes del campo me dio cuartel en aquellas tierras extrañas que mediaban entre la ciudad de París y la renombrada región de Champagne, puesto que durante los viajes me permitían guarecerme de las inclemencias y dormir en cuadras y portalones. Con el correr de las mañanas y de pueblo en pueblo me dejaba caer por los lugares de reunión, y luego, una vez finalizado el mercado y cuando los labriegos recogían sus pertenencias, acudía a las tabernas y daba en ellas nuevas muestras de mis habilidades, mientras los parroquianos, ignorantes de lo que acontecía, me arrojaban monedas de cobre que yo recogía dando muestras de agradecimiento... Al fin, llegado con los días a mi meta, los bosques que rodeaban la casa de Champagne, simulando seguir el camino me internaba en lo más profundo de los bosques, y tras una noche de trabajo apartando piedras y volviéndolas a colocar, habiendo provisto mi oculta bolsa daba media vuelta y emprendía el camino de regreso.

El nombre de guerra que adopté para tal lance fue el de Pascual Bailón, como en anterior asiento me conocieron los monjes en el convento de Úbeda, y ocasiones sobradas tuve para demostrarlo, pues uno de mis fuertes eran los embustes, las leyendas medievales y los cuentos chinos, los pretendidos malabarismos, los trampantojos y los groseros juegos de magia que había almacenado en el magín durante más de cien años. Cuando en ello era rechazado y grupos de desenvueltos mozos pretendían tomarme a chacota o apedrearme, que de todo hubo, me convertía en santón, en humilde anacoreta, en dulce e inofensivo eremita venido de la lejana Bohemia, que bien a las claras lo mostraba en la luenga barba que me dejaba crecer y en mi desmesurado hábito, y no se extrañen por ello, pues hubiera llevado hasta el gorro frigio si necesario hubiera sido, pero entonces ya no era moda entre los paisanos y me contenté con lucir ostentosamente la tricolor, que era algo que respetaban todas las facciones. Mis discursos, por otra parte..., había que escucharlos. Acompañado de una campanilla, la flauta en la diestra, la mirada punzante, el atabal cruzado en la espalda..., clamaba cuando me convenía y con chillona voz acerca de la hora Prima, de la hora Sexta, de los sagrados árboles de la libertad de época anterior, del sistema métrico decimal –entonces en ciernes, pero del que tenía ciertas nociones por mis abundantes lecturas–, y hasta de los cuatro jinetes del Apocalipsis, por lo que con el tiempo llegaron a conocerme en la mayor parte de los establecimientos del camino y mi presencia celebrada en plazas y mercados cuando en ellas hacía aparición.

Realicé de esta guisa dos o tres viajes haciendo acopio de lo que allí me llevaba, el oro escondido, excursiones nocturnas entre bosques que nunca me depararon ninguna sorpresa, pero durante la que juzgaba que iba a ser la última tuve un inopinado encuentro que no acabó mal por pura casualidad.

Un atardecer, al llegar al lugar en que estaban enterradas las monedas, descubrí con sorpresa en el barro huellas recientes de lo que me pareció un perro, y no me confundí, pues aquella misma noche, cuando tras varias horas de trabajo me disponía a cerrar el túmulo, oí detrás de mí un sonido inconfundible. ¡Era el familiar gruñido de Sansón!, que, quién sabe cómo, había dado conmigo.

Me volví como un rayo y vi que sus llameantes ojos me observaban desde la linde de los árboles; la lengua le colgaba de la boca agitada. Le silbé amigablemente, pero el perro gruñó de nuevo y levantó tierra con las patas como si se dispusiera a atacarme. Yo, con movimientos lentos y sin perderle de vista, tomé del suelo la espuerta de grueso cuero que utilizaba para cargar las monedas y me la enrollé en el brazo como pude. Luego tenté el arma que llevaba en la cintura...

El perro dudaba sobre qué hacer, pues seguramente no confiaba en sus fuerzas, de forma que le azucé simulando emprender la huida, y en cuanto le di la espalda noté que corría en mi dirección. Me volví, y cuando tras un par de brincos saltó sobre mí rugiendo sordamente, dejé que clavara los dientes en el brazo en el que me había enrollado el cuero, y cuando él creía que me tenía preso y comenzaba a revolverse, enarbolando un afilado cuchillo de cocina que solía portar por lo que pudiera suceder..., con la mano que me quedaba libre se lo clavé en el vientre. El mordisco se aflojó al instante, y el perro, herido hasta lo más profundo, exhaló un hondo gruñido y rodó entre las hierbas agitando las patas al aire; al fin, tras un último y sonoro estertor, se derrumbó inmóvil, aparentemente muerto.

A continuación me vi en la necesidad de esconderle, pues su cadáver resultaba muy acusador en aquel lugar, de forma que lo arrastré lejos, y como el cuerpo era pesado y yo no podía perder el tiempo porque pronto iba a amanecer, con una gran piedra atada precariamente al cuello acabé tirándolo al río en un lugar que me pareció adecuado, una poza que parecía ser de cierta profundidad y se enseñaba aguas arriba, en la que confiaba que los peces llevaran pronto a cabo su cometido.

¡Pobre Sansón, y en qué mala hora apareció en donde no debía!, pero él era ya un perro viejo y artrítico y poco pudo hacer ante mi cruel engaño, que sin duda no esperaba. Yo no hubiera querido hacerle mal, pero no me quedó más remedio que llevar a cabo lo que relaté, pues sus ladridos y correrías por el lugar podían haber puesto a sus amos sobre la pista de lo sucedido.

La mañana me cogió en el camino, saliendo de los últimos bosques, y en la entrada del pueblo detuve mi alocada huida y simulé estar durmiendo debajo del carro. Los niños que me descubrieron me despertaron con gritos alusivos a mi nueva circunstancia, ¡Pascual Bailón!, ¡ha venido San Pascual Bailón!, y aquel día no lo dediqué a recorrer el mercado y las tabernas, como había hecho en viajes anteriores, sino a huir avizorando con los dos ojos las personas que encontraba a mi paso, pues quién podía saber si alguien me iba a reconocer...

Nada de ello sucedió, y con mi preciada carga escondida bajo las desbaratadas tablas del carro procuré alejarme cuanto antes de aquella región, a la que esperaba no tener que volver jamás. Al fin, al caer la noche, cuando me vi lejos, entre las personas absolutamente desconocidas de la posada en que me alojaron, con un vaso de vino en las manos respiré con un alivio como pocas veces recordaba haber sentido.

¡Ay, los franceses! ¡Si ellos supieran a quién habían socorrido y lo que ante sus narices había tenido lugar!, porque, como he contado, durante casi un año mi presencia fue harto conocida y celebrada en la región de que procedía Isabelle, ¡aquí llega Pascual Bailón!, bohemio arrojado de su país por el opresor absolutismo que lo gobierna y camina junto al destartalado carro en el que porta sus pretendidas riquezas de papel rizado, hilos de colores y cacharrería diversa, hacedor de largas y frecuentes caminatas a lomos de su borrico, entendido en juegos malabares y virtuoso en las difíciles artes de los sacamuelas y tañedores de caramillo...

Aquella bien pudo haber sido una exacta definición de mi persona entre los paisanos de la Champagne, y muchos así lo creyeron, pues las apariencias resultan a veces incuestionables y pocos poseen el discernimiento para desenmascararlas..., pero había que ver también a Juan Evangelista en París, ocupante de una de las mejores y más soleadas boardillas que al Sena se asomaban, lobo solitario que en los atardeceres entra pulcramente vestido en los cafés, aquellos cafés que antaño –aunque tampoco muchos años atrás– fueron nido de revolucionarios jacobinos y hoy apacibles salones en donde se discute sin alzar la voz sobre la conveniencia del Directorio o del Imperio... Sí, Juan Evangelista, perulero renombrado, quizás agente enmascarado de alguna sociedad del casi extinto imperio español o foráneo que trabaja para los odiados ingleses, pues tales son sus opiniones; rico atildado, desde luego, y amigo de sus amigos, como siempre lo fue, aunque pertenezcan al país de los franceses... Juan Evangelista, además, que se disfraza para entrar en las instituciones crediticias, pues sus artes de disimulo no se restringen a las correrías campestres sino que se extienden a las respetables casas de cambios que a pocos aceptan, tocado de levitón, sombrero y bigote postizo, él, que nunca fue amigo de faramallas pero ahora convertido a los nuevos usos por mor del correr de los tiempos y las circunstancias, de las que tantas y tan diferentes pudo ver...

 

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Miércoles, 15 de Abril de 2009 10:32 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español. No hay comentarios. Comentar.

La moderna picaresca

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Algunos ejemplos de la moderna picaresca que acompaña a los concursos convocados por organismos públicos y no tan públicos.

 

Ejemplo 1- el de una conocida editorial.

Cuando yo comenzaba a escribir tuve noticias de uno de esos concursos que hay en el mundo editorial, y como entonces era totalmente novato y había escrito una novela de la que pensaba que era el no va más, me apresuré a hacer cuatro copias (cuatro pedían, nada menos) y enviarlas a la dirección que allí se decía. Sin embargo, al empaquetarlas, me llegó un soplo venido de lo alto que me dijo: intercala un pelo entre las páginas y observemos qué sucede.

No sé cómo se me ocurrió aquello, puesto que entonces era por completo ignorante de los turbios manejos de determinadas instituciones (quizá había oído campanas...), pero el caso fue que así lo hice. Me arranqué unos cuantos cabellos de mi enmarañada cabellera y los coloqué cuidadosamente cogiendo bastantes páginas por la parte de abajo y bien pegados con Pritt, pegamento, como se sabe, muy endeble y sólo a propósito para papel.

Pues bien, cuando al cabo de varios meses reclamé mis libros, y bien que me costó que me los devolvieran, observé que los pelos seguían religiosamente en su sitio; es decir, que nadie los había abierto, ni siquiera hojeado, pues los citados apéndices capilares hubieran volado.

 

Ejemplo 2- Concurso de fotos convocado por la consejería de Cultura de cierta comunidad autónoma.

Ídem del lienzo me sucedió en un concurso de fotos. Las envié dentro de un gran sobre de Ilford, y bien pegado (el sobre) con cinta de embalar, y para que no hubiera duda, en ella escribí con un grueso rotulador mi nombre. Cuando me las devolvieron comprobé que la cinta de embalar seguía intacta y en su sitio, y nadie había abierto el sobre.

 

Ejemplo 3- Concurso de fotos en un ayuntamiento.

Dado lo antedicho, habrá quien piense que nadie me ha dado nunca un premio... Pues nada más lejos de la realidad, puesto que he ganado alguno de estos concursos, todos de la misma manera, y como para muestra basta un botón contaré lo que me sucedió en cierto ayuntamiento que había convocado un premio menor dentro del ramo de la fotografía.

Cierto día me telefoneó un conocido, concejal del antedicho organismo, y me dijo, oye, no tendrás por ahí alguna foto..., porque vamos a dar un premio y había pensado que... Tú pon tu nombre por ahí que ya me ocuparé yo de todo, y del premio no te preocupes; no es mucho, pero para una buena cena ya nos dará.

Y, en efecto, sucedió como el edil me había dicho. Al poco tiempo me enviaron una historiada carta con muchos membretes y matasellos, en la que se me anunciaba que yo había sido el afortunado ganador de tal y cual (y esto y lo otro), y que podía pasar a recoger el premio etc., etc., etc.

La cena tuvo lugar al poco tiempo, y el concejal, por decirlo ya todo, no se cortó ni un pelo: pidió angulas, aunque se las darían congeladas, puesto que era en junio.

 

MORALEJA: en este mundo del que hablamos, el que no tiene padrinos, no se bautiza.

 

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Miércoles, 01 de Abril de 2009 11:55 Autor: camargorain. #. Tema: Novela en español. No hay comentarios. Comentar.


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